Capítulo 4
Adriana se acercó con paso lento, deteniéndose a unos centímetros de él. Cruzó los brazos sobre el pecho y lo miró con una sonrisa altanera.
—¿Qué pasa, jardinerito? ¿No puedes dormir? —soltó en tono burlón.
Mauricio no se movió. Se le quedó mirando fijamente, manteniendo una calma que a ella comenzaba a desesperarle.
Sin pedirle permiso, Adriana se sentó a su lado en la banca de madera.
Estiró la mano de golpe y le arrebató el grueso libro que él sostenía.
Lo examinó bajo la luz del farol, hojeando las páginas con desdén.
—Guau, estudias leyes... —comentó, alzando una ceja—. Mira tú, sí que piensas en grande.
Mauricio siguió en silencio. Cerró la libreta que tenía a la mano y se limitó a observarla, analizando cada uno de sus movimientos. Al ver que no obtenía la reacción enojada que buscaba, Adriana bufó con fastidio y le devolvió el libro de mala gana.
—¿Qué? ¿No me digas que ya no hablas? ¿Qué pasa, se te acabó el tiempo? ¿O es que solo hablas por horas? —lo provocó, soltando una risita cínica.
Mauricio exhaló un suspiro pausado. No parecía intimidado en lo más mínimo por la presencia de la nieta de los patrones.
—No es eso —respondió él con su característica voz varonil y serena—. Es solo que no tengo ganas de hablar. Tengo que estudiar.
Adriana rodó los ojos y se recostó contra el respaldo de la banca, mirando hacia el cielo estrellado con una mueca de superioridad.
—Ha de ser feo que tu futuro dependa de estudiar —atacó sin filtros, buscando tocar una fibra sensible—. Mira, por ejemplo, yo. Yo no me preocupo por nada de eso. Yo ya tengo la vida resuelta.
Mauricio apretó ligeramente el libro entre sus manos. La miró de reojo, y aunque mantuvo la compostura, sus ojos reflejaron una chispa de firmeza inquebrantable.
—Sí, usted tiene la vida resuelta —admitió él con tono pausado pero contundente—. Pero las personas como yo tenemos que luchar por lo que queremos.
Mauricio se puso de pie, cerró su libro con firmeza y, sin decir una sola palabra más, le dio la espalda y caminó hacia su habitación en el área de servicio, dejándola completamente sola en la oscuridad del jardín.
Adriana se quedó estática en la banca, con la boca abierta de la indignación.
La rabia comenzó a recorrerle el cuerpo.
Ella siempre era el centro de atención a donde quiera que iba; los chicos en Chicago se derretían por una sola de sus miradas.
Que un empleado, el hijo de los sirvientes, la ignorara de esa manera la enfurecía por completo.
Jamás en su vida nadie la había tratado con tanta indiferencia como Mauricio.
Tras quedarse unos minutos rumiando su coraje bajo las estrellas, el cansancio finalmente la venció y regresó a su cuarto, donde se quedó dormida.
A la mañana siguiente, la rutina se repitió.
Al despertar y bajar a la planta principal, Adriana se encontró nuevamente sola.
Su familia seguía inmersa en sus propios asuntos.
De pronto, el timbre de su celular interrumpió el silencio de la casa.
Era una videollamada de su mejor amiga de Chicago, Victoria. Adriana contestó de inmediato.
—¡Hello! ¿Cómo estás? ¿Qué tal va la vida en México? —saludó Victoria desde el otro lado de la pantalla, con su tono superficial de siempre.
—Mal. Horrible —respondió Adriana, arrastrando las palabras y haciendo un gesto de total frustración.
—¿Qué pasó, Adri? —preguntó su amiga, extrañada por su tono.
—Es que aquí en México la vida es muy distinta, Victoria. Mis papás nunca están, no salgo a ningún lado... Estoy atrapada.
—Oye, Adri, apenas tienes un día allá, ¡cálmate! —rio Victoria, restándole importancia—. Tal vez luego te guste México.
—Ay, no, no lo creo —bufó Adriana, rodando los ojos—. Aparte, aquí no hay nada con qué divertirme. Es una pesadilla.
—Oye, amiga, te dejo porque tengo que hacer algo. ¡Bye, Adri! —se despidió Victoria apresuradamente antes de colgar la llamada.
Adriana se quedó mirando la pantalla en negro del celular.
El vacío de la enorme mansión volvió a caer sobre ella.
Dejó el teléfono sobre la mesa de la sala y comenzó a caminar de un lado a otro.
Tenía que idear algo. No pensaba quedarse sentada todo el día muriéndose de aburrimiento, así que se cruzó de brazos mientras pensaba seriamente qué podía hacer para entretenerse.
Adriana regresó al jardín y caminó decidida hacia el vivero.
Al entrar, el olor a tierra mojada la recibió de golpe, y allí estaba él.
Mauricio se encontraba acomodando unas macetas y cuidando las plantas exóticas con total dedicación.
Adriana lo observó por unos segundos antes de acercarse con su habitual paso altanero.
—Hola, jardinerito —soltó de manera condescendiente.
Mauricio levantó la mirada, interrumpiendo su labor. La observó con fijeza.
—Hola —le contestó de forma cortante, regresando de inmediato a lo que hacía.
Adriana se cruzó de brazos, molesta por su falta de interés.
—No te agrada mi presencia, ¿verdad? —lo provocó, buscando una reacción.
—¿Por qué no me agradaría? —respondió él sin mirarla, manteniendo su tono neutro.
—No lo sé, pero se te echa de ver que no te agrado —atacó ella, dando un paso al frente—. Pero pues ni modo, te aguantas. Porque yo vivo aquí y tú no. Tú eres solo un empleado, y yo soy la dueña.
Antes de que Mauricio pudiera responder a la humillación, las grandes puertas del vivero se abrieron y Angélica, la abuela de Adriana, entró al lugar con una sonrisa amable.
—¡Adriana, qué bueno que te veo por aquí! —exclamó la mujer, acercándose a ellos—. Ah, ya vi que conociste a Mauricio. Es el muchacho que me ayuda con mis plantas, las cuida sumamente bien.
—Sí, abuela, como sea... Eso no importa —interrumpió Adriana, restándole importancia con un gesto de la mano—. ¿Para qué me necesitabas?
—Mira, Adriana, vengo a decirte que ya tengo información de algunos colegios muy exclusivos aquí en México para ti...
Adriana soltó un bufido de frustración y rodó los ojos.
—¿Tú también, abuela? Ya les dije que yo no voy a estudiar aquí —reclamó, cruzándose de brazos.
—Adriana, tienes que estudiar. Ya es un hecho —sentenció su abuela con voz suave pero firme.
Desesperada por salirse con la suya, a Adriana se le ocurrió una idea rápida. Miró las plantas y luego a su abuela, intentando usar su lado más manipulador.
—¡No, yo no quiero! Es más... ¿sabes qué? Te ayudo con tus plantas. Ándale, abuela, me quedo aquí contigo a cuidarlas. Pero convence a mis papás de que no me manden a estudiar, ¡anda, por favor!
Mauricio, que seguía limpiando una hoja a unos metros de distancia, tuvo que contener una sonrisa irónica al escuchar el obvio e infantil chantaje de la joven.
La abuela Angélica suspiró y miró a su nieta con una mezcla de cariño y desaprobación.
—Mira, Adriana, si quieres ayudarme con mis plantas puedes hacerlo, pero será solo porque te nace, no para convencerme de algo que no va a suceder. Tú vas a estudiar y ya. La decisión está tomada.
La respuesta de su abuela cayó como un balde de agua fría sobre el orgullo de Adriana. Furiosa por haber sido rechazada, y más aún frente a Mauricio, les dedicó una mirada llena de rabia a ambos, dio la vuelta y salió pisando fuerte del vivero, bufando del coraje.