Capítulo 3
Mauricio vio a su madre entrar apurada y comenzar a sacar pan, jamón y queso de la nevera.
—¿Por qué preparas un sándwich, mamá? —preguntó Mauricio, extrañado.
—Es que la señorita Adriana no quería la sopa de remolacha —respondió Estela, suspirando mientras untaba la mayonesa—. Tengo que hacerle otra cosa rápido.
Mauricio dejó su vaso sobre la mesa, con la mandíbula tensa del coraje.
—Como que esa Adriana es algo especial, ¿no? No sé... es muy sangrona —soltó él, recordando el pésimo trato que le había dado en el vivero esa misma mañana.
—Mauricio, ya deja eso —lo calló su mamá en un susurro protector—. Es la nieta de los patrones, no busques problemas.
—Yo solo digo lo que pienso, mamá. En la mañana la conocí en el jardín y eso me pareció: una sangrona.
—¡Basta ya, no digas más! —sentenció Estela, cortando la conversación para evitar que los patrones escucharan—. Sandra, ya quedó el sándwich. Llévale esto a la señorita, por favor.
—Sí, señora Estela —respondió Sandra de inmediato. Tomó el plato y salió de la cocina rumbo al comedor, dejando a Mauricio con el ceño fruncido.
Sandra entró al comedor a paso rápido y colocó el plato con el sándwich frente a Adriana. La joven le di un mordisco de mala gana, ignorando su presencia. En ese momento, su madre rompió el silencio de la mesa, mirándola fijamente.
—Adriana, ya es hora de que hablemos de esto. ¿Ya sabes en qué colegio vas a estudiar aquí en México?
Adriana dejó el sándwich en el plato de golpe, sintiendo cómo la sangre le hervía.
—¿Estudiar? ¿Yo? ¿Aquí en México? —encajó, mirando a su madre con total incredulidad—. No, mamá. Estás muy equivocada. Yo no pienso estudiar en este país.
Su padre intervino de inmediato, dejando sus cubiertos sobre la mesa con un golpe seco. Su tono no admitía réplicas.
—Tienes que estudiar, hija. No es una opción. —¡Es que yo no quiero estudiar aquí! —exclamó la joven, subiendo la voz sin importarle el respeto—. Aquí no hay colegios prestigiosos como los que tenía en Chicago. ¡No me voy a rebajar!
—Como sea, vas a estudiar, Adriana. Y la discusión se acabó —sentenció su padre, inflexible.
Furiosa, Adriana se puso de pie arrastrando la silla con fuerza. Les dediqué una última mirada de desprecio a todos, dio la vuelta y caminé a paso firme hacia las escaleras para encerrarse en su habitación.
—¡Adriana, regresa aquí! ¡Esto todavía no ha terminado! —escuchó el grito de su padre resonar por toda la planta baja.
—Ya, déjala en paz —intervino la voz suave pero firme de su abuela Angélica, intentando calmar las aguas.
—Es que tiene que entender que debe estudiar, mamá. No puede hacer lo que quiera —replicó el padre de Adriana, notablemente frustrado.
—Sí, hijo, tienes razón, pero déjala por ahora en paz —insistió la abuela con tono protector—. No sacamos nada con pelear. Yo misma me voy a encargar de buscar colegios exclusivos que le puedan gustar.
Mientras tanto, detrás de las puertas batientes de la cocina, Sandra se había quedado estática, escuchando absolutamente toda la pelea familiar con un plato vacío en las manos. Al darse la vuelta, miró a Estela con indignación.
—Esa Adriana es una insoportable y muy caprichosa —susurró Sandra entre dientes, soltando el aire con molestia.
Estela la miró con severidad y le quitó el plato de las manos de inmediato, fulminándola con la mirada.
—¡Basta ya, Sandra! —le reclamó en un susurro firme—.
Cállate la boca. No deberías estar oliendo ni escuchando las pláticas de los patrones.
Muévete y ponte a trabajar.Las horas pasaron con una lentitud insoportable para Adriana.
La cena había sido un evento tenso y silencioso, y en cuanto tuvo oportunidad, se encerró nuevamente en su habitación.
Sin embargo, cuando la medianoche llegó y el silencio sepulcral se apoderó de la imponente mansión, ella seguía completamente despierta.
Dando vueltas en la enorme cama, Adriana miraba el techo con frustración.
Estaba de pésimo humor. La sola idea de tener que estudiar en México la enfurecía, pero más allá de la rabia, había algo que no quería admitirle a nadie: extrañaba su vida.
Extrañaba el ruido de Chicago, las luces de los rascacielos reflejándose en su ventana, las salidas nocturnas con sus amigos y la libertad que su burbuja de cristal le daba. El silencio de este lugar la asfixiaba.
Harta de dar vueltas, se puso de pie. Se colocó una bata de seda fina sobre el pijama y decidió salir a caminar para despejar la mente. Bajó las escaleras con sigilo, cuidando de no hacer ruido en los escalones de madera, y cruzó las mismas puertas de cristal que daban hacia los jardines traseros.
La noche estaba fresca y el jardín lucía completamente diferente bajo la luz de la luna; las sombras de los grandes árboles le daban un aire misterioso. Adriana caminó por los senderos de piedra, respirando el aire frío, intentando calmar la tormenta de pensamientos en su cabeza.
De repente, un destello de luz cerca del área de mantenimiento y los invernaderos llamó su atención.
Adriana agudizó la mirada. Sentado en una banca de madera, bajo la luz tenue de un farol exterior, estaba Mauricio.
Llevaba una chamarra ligera y tenía una lámpara portátil iluminando un libro grueso de ingeniería que descansaba sobre sus piernas.
A pesar de la hora, parecía completamente concentrado, ajeno al resto del mundo.
Adriana detuvo sus pasos, debatiéndose entre dar la vuelta para no rebajarse a hablar con él, o acercarse para descargar un poco de la frustración que traía guardada. El orgullo y el aburrimiento ganaron la batalla.
Con paso firme y haciendo crujir la grava del camino a propósito, Adriana avanzó hacia él.
Mauricio, con el instinto alerta, levantó la mirada de inmediato.
Sus ojos oscuros chocaron con los de ella, y una chispa de sorpresa cruzó por su rostro antes de volver a su habitual expresión seria y calmada.