El capricho de la heredera Capítulo 2
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Capítulo 2

A la mañana siguiente, los cálidos rayos del sol que se filtraban por el balcón despertaron a Adriana.

Se estiró perezosamente entre las sábanas de seda y, tras un largo suspiro de fastidio por estar en ese lugar, se vistió con un conjunto casual pero sumamente costoso.

Al bajar a la planta principal, la imponente mansión se encontraba inusualmente silenciosa.

Una de las sirvientas, al verla descender las escaleras con cara de pocos amigos, se acercó tímidamente para darle el reporte del día.

Fue así como Adriana se enteró de que su padre y su abuelo habían salido elegantísimos desde muy temprano rumbo a la empresa familiar de aduanas para revisar los negocios.

Su madre se había marchado con ellos para ponerse al tanto de algunos asuntos, mientras que su abuela Angélica ya iba en camino a un exclusivo club privado para tomar el té con sus amigas de la alta sociedad.

Adriana estaba completamente sola en la propiedad.

Bueno, a solas con las decenas de empleados que trabajaban allí, a los cuales decidió ignorar olímpicamente.

Aprovechando la soledad, pensó que era el momento perfecto para explorar.

A pesar de que solía visitar esa mansión durante las vacaciones, la realidad era que jamás se había interesado por conocer toda la propiedad.

Siempre se la pasaba metida en su propia burbuja, saliendo a plazas comerciales lujosas o encerrada en las habitaciones principales.

Comenzó a recorrer los pasillos del primer piso, admirando las pinturas costosas y las esculturas de diseñador con aire aburrido.

Luego, caminó hacia las áreas que nunca antes le había importado pisar: la enorme biblioteca privada de su abuelo, que desprendía un penetrante olor a libros viejos y madera; los pasillos ocultos que conectaban con las cocinas, y finalmente,

las grandes puertas de cristal que daban hacia los gigantescos jardines traseros y el área de mantenimiento de los autos.

La casa era un verdadero laberinto de ricos, y ella caminaba con la barbilla en alto y paso firme, como si fuera la dueña absoluta de cada rincón.

Lo que Adriana no imaginaba era que, en uno de esos sitios que jamás había explorado, estaba a punto de cruzarse con la persona que pondría su mundo de cabeza.

Al abrir las puertas de cristal del jardín, el terreno inmenso se extendió ante ella, pero lo que de verdad llamó su atención fue una estructura imponente al fondo: un enorme vivero cerrado, hecho de cristal y herrería negra, repleto de las plantas exóticas que su abuela coleccionaba.

Adriana entró al lugar, disfrutando por un instante del olor a tierra mojada y flores frescas.

Caminó con paso lento entre los senderos de piedra hasta que, de espaldas a ella, divisó a un hombre.

Llevaba unos jeans oscuros y una playera sencilla que dejaba al descubierto unos brazos bien formados por el trabajo diario.

El joven estaba completamente concentrado anotando algo en una libreta mientras revisaba unas plantas.

No se trataba del típico empleado mayor de la casa; era joven, alto y se movía con una seguridad desbordante.

Con una sonrisa altanera, Adriana se cruzó de brazos y caminó hacia él con pasos lentos y ruidosos, dispuesta a imponer su presencia.

—¿Y tú qué? ¿Eres el jardinero? —soltó en tono burlón, examinándolo de arriba abajo con evidente desprecio.

El chico se dio la vuelta de inmediato. Adriana se quedó un segundo sin aire al ver su rostro.

Tenía unas facciones muy marcadas, una mirada fija y penetrante, y una expresión seria que no cambió ni un poco al verla.

Él la miró con confusión, pero sobre todo, con molestia por haber interrumpido su espacio.

—¿Tú qué haces aquí? —le preguntó él con una voz varonil y cortante, ignorando por completo la burla—. Nadie puede entrar a esta área del vivero sin permiso. Aparte... ¿cómo entraste a esta casa?

Adriana soltó una carcajada falsa y escandalosa, burlándose descaradamente de su pregunta.

¿Quién se creía ese tipo para cuestionarla en la propiedad de su propia familia?

—Yo entro a donde a mí se me dé la gana —respondió dando un paso al frente con prepotencia—.

Esta casa es de mis abuelos, pero algún día será mía.

Así que mejor bájale a tu tono. ¿Y tú quién eres? ¿Sí eres el jardinero o qué?

El chico enarcó una ceja, mirándola con una mezcla de fastidio y diversión, como si toda aquella arrogancia no le hiciera el más mínimo efecto.

—Ah... —articuló con voz pausada—, con que tú eres Adriana, la nieta de los señores.

—Sí, tontito, yo soy Adriana —respondió ella con una sonrisa despectiva, rodando los ojos—. Así que dime tú quién eres de una vez.

Mauricio cerró su libreta con parsimonia. Con total educación y sin dejarse intimidar por los malos modos de la joven, dio un paso hacia ella y extendió su mano derecha.

—Soy Mauricio —se presentó.

Adriana se quedó mirando la mano extendida como si tuviera una enfermedad contagiosa. Por supuesto, ni loca pensaba saludarlo de mano. Al notar el desprecio, Mauricio bajó la mano lentamente, pero sus ojos oscuros se entrecerraron, analizándola con severidad.

—Soy Mauricio, el hijo de Genaro y de Estela —añadió con voz firme, sin una pizca de vergüenza por los oficios de sus padres.

—Ah, el hijo de los empleados —soltó Adriana con una risita burlona, cruzándose de brazos—. Y me imagino que sí eres el jardinero. Un empleado más de esta casa.

—No, yo no soy el jardinero —respondió él, manteniendo la compostura—. Pero le ayudo a tu abuela a anotar cosas de sus plantas.

—De su abuela dirás —lo interrumpió ella de golpe, dando un paso al frente para marcar territorio—. Porque a mí me hablas de usted y con respeto. Que tú y yo no somos iguales

Mauricio guardó silencio un segundo, asimilando las palabras. Lejos de enojarse, una sonrisa ladina e irónica apareció en sus labios.

—De acuerdo. De su abuela —corrigió, acentuando la palabra con calma—. Y respondiendo a su pregunta: sí, ella me deja entrar aquí. Como yo le ayudo con el cuidado del vivero, yo sí tengo permitido el acceso.

—Mmm... —lo interrumpió Adriana, haciendo una mueca con los labios mientras caminaba alrededor de él para examinarlo—. ¿Y tú qué empleado eres? ¿Qué haces exactamente aquí en la casa?

—Ayudo cuando se necesita —respondió él, guardándose el bolígrafo en el bolsillo de la playera—. Puedo ser el chofer si mi papá está ocupado, o ayudo a su abuela con sus plantas. Hago de todo un poco.

Adriana se detuvo frente a él y solté una risita despectiva, negando con la cabeza.

—O sea, que no haces nada y te pagan —atacó sin filtros, buscando herir su orgullo.

Mauricio se encogió de hombros, sosteniéndole la mirada fija a los ojos sin perder los papeles.

—Sí. Me pagan un poquito por lo que hago —admitió con total tranquilidad.

—Pues yo no te pagaría nada por hacer nada —soltó ella con prepotencia, dándole la espalda para demostrarle que la conversación ya no le interesaba y que ella tenía el poder absoluto.

Adriana se dio la vuelta pisando fuerte y salió del vivero sin despedirse. Detrás de ella, Mauricio se quedó apretando los puños con la mandíbula tensa, completamente indignado. Definitivamente, pensó que Adriana era la persona más insoportable que había conocido en toda su vida.

A la hora de la comida, el ambiente en la mansión cambió radicalmente.

El padre, el abuelo y la madre de Adriana ya habían regresado de la empresa, y su abuela Angélica acababa de llegar de su té.

Todos se sentaron en el imponente comedor de madera.

Los empleados comenzaron a servir los platos con elegancia, pero en cuanto colocaron el de Adriana frente a ella, la joven arrugué la nariz con total asco.

—¿Qué es esta comida? —preguntó en voz alta, mirando el plato con desprecio.

—Es sopa de remolacha, señorita —contestó Estela, la cocinera y madre de Mauricio, con un tono amable y sumiso mientras sostenía la bandeja.

—Pues yo no quiero esto. Así que llévatela y tráeme otra cosa —le ordené sin mirarla, empujando el plato hacia el centro de la mesa.

—Adriana, no seas así. Come —la reprendió su madre, mirándola con desaprobación por su mala educación.

—No, déjala. Tráele otra cosa —intervino su abuela Angélica de inmediato, consintiéndola como siempre—. Queremos que la niña esté contenta.

Estela asintió con una reverencia, tomó el plato y se retiró hacia la cocina para prepararle un sándwich a toda prisa.

Al cruzar las puertas batientes de la cocina, el ambiente era muy diferente.

Allí estaba su hijo Mauricio, comiendo algo ligero, y también Sandra, otra de las sirvientas de la casa.

Sandra llevaba meses secretamente enamorada de Mauricio, suspirando por él cada vez que lo veía, pero él ni siquiera se fijaba en ella; su única meta era estudiar y superarse.