El capricho de la heredera Capítulo 1
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El capricho de la heredera

El capricho de la heredera

Por A. G. Verdin

© inepub.com

Capítulo 1

El piso de mi habitación parecía una explosión de marcas de diseñador.

Vestidos, blusas de seda y un par de tacones nuevos que apenas me había comprado ayer en la Magnificent Mile estaban esparcidos por la alfombra.

Me miré al espejo de cuerpo entero, acomodando el corte de un vestido negro que me quedaba impecable.

—No, este no —murmuré para mí misma, haciendo un gesto de fastidio—. Te ves gorda, Adriana. Qué horror.

Justo en ese momento, la puerta de mi habitación se abrió de golpe.

Ni siquiera se molestaron en tocar. Me di la vuelta furiosa, lista para gritarle a la empleada de servicio por su atrevimiento, pero me quedé helada al ver que era mi papá.

Venía con el traje gris de oficina, la corbata floja y una expresión en el rostro que nunca antes le había visto.

Parecía cansado, pero sobre todo, preocupado.

—Adriana, qué bueno que estás aquí. Necesitamos hablar. Siéntate —dijo con una seriedad que me puso los pelos de punta.

Yo ni siquiera me moví. Me crucé de brazos, mirándolo desde mi postura de hija única y consentida, acostumbrada a recibir siempre lo que quería.

—¿Qué pasa, papá? Estaba ocupada probándome ropa. Y dile a la sirvienta que suba a recoger todo este desastre, que para eso le pagamos —solté con total ligereza, restándole importancia a su tono.

Mi papá suspiró hondo, restregándose la cara con las manos. Cuando me miró, sus palabras cayeron como un balde de agua fría.

—No hay tiempo para eso, hija. Empaca solo lo esencial. Nos vamos de Chicago. Nos mudamos a México a vivir con tus abuelos.

Me quedé muda por dos segundos completos, procesando lo que acababa de escuchar. ¿México? ¿Dejar mi vida, mis amigas, mis tiendas y mi comodidad en Chicago para irme a vivir allá?

—¡¿Qué?! —el grito me salió del alma, agudo y lleno de rabia—. ¡Estás loco! ¡Yo no me voy a ir a ningún lado! ¡Mi vida está aquí!

—¡Nada de "estás loco", Adriana! ¡Nos vamos! —sentenció mi papá con una firmeza que me tomó por sorpresa—. Así que quítate eso y cámbiate de una vez. Nuestro avión sale esta misma noche para allá.

Antes de que pudiera gritarle o romper algo, mi papá se dio la vuelta y salió de la habitación, dejándome con las palabras atrapadas en la garganta.

A los pocos segundos, Marta, la sirvienta de la casa, entró temblando a mi cuarto cargando tres maletas enormes.

Sin pedirme permiso, comenzó a abrir mis cajones y a empacar todas mis cosas a toda prisa.

—¡Oye! ¡¿Quién te dio permiso de tocar mi ropa?! ¡Déjala ahí! —le grité, furiosa, pero ella ni siquiera me miró, demasiado asustada por las órdenes de mi papá—. ¡Eres una inútil! ¡Déjalo ya!

Al ver que la sirvienta no me hacía caso, salí pisando fuerte de mi habitación. Esto no podía estar pasando. Tenía que haber un error. Bajé las escaleras a toda prisa buscando a la única persona que siempre me cumplía todos mis caprichos.

—¡Mamá! ¡Mamá, por favor! —chillé, encontrándola en la sala mientras revisaba unos papeles—. Dime que lo que dice mi papá es una broma. No hay alguna manera de que yo no me vaya, ¿verdad? Me puedo quedar en un hotel, o en la casa de alguna de mis amigas... ¡Yo no puedo dejar Chicago!

Mi mamá levantó la vista. Esperaba ver en sus ojos la culpa o la compasión de siempre, pero solo encontré una frialdad que me congeló la sangre.

—No, Adriana. Nos vamos y no hay negociaciones —respondió con voz cortante, sin dejar espacio para mis berrinches—. La decisión ya está tomada. Así que sube, habla con tus amigas por teléfono y despídete de una vez. Nos vamos esta noche.

Abrí mi celular con las manos temblorosas de la rabia y busqué el grupo de WhatsApp con mis mejores amigas. Presioné el botón de nota de voz y les hablé en inglés, porque para mí el español solo se usaba para dar órdenes:

—Girls, I'm leaving —solté con la voz entrecortada por el coraje—. Me voy a México.

Las respuestas no tardaron ni dos segundos en inundar la pantalla. Todas estaban en shock.

"¿Qué? ¡No puede ser! ¿Es una broma, verdad?", "¡Adri, dime que estás jugando!"

—No, no es broma. Ya me voy hoy en la noche —les respondí en otro audio, conteniendo las lágrimas—. Mis papás ni siquiera me dieron tiempo de planear esto. Así que... adiós. Las adoro. Luego pienso volver, no me voy a quedar en ese lugar para siempre. Bye.

"¡Te vamos a extrañar mucho!", "¡Adiós, Adri!", "¡Esto es una pesadilla!", decían los últimos mensajes que alcancé a leer antes de bloquear la pantalla.

Subí de nuevo a mi habitación a cambiarme. Me puse un conjunto de pants de marca, unos tenis caros y ropa muy cómoda para viajar, pero con mucho estilo. Antes de cerrar el equipaje de mano, aparté todas mis joyas.

—¡Quítate de ahí! —le siseé a Marta, la sirvienta, empujándola levemente para que se hiciera a un lado—. Esto no lo toques. No voy a dejar que tus manos baratas arruinen mis diamantes.

Guardé las joyas yo misma en mi bolso de diseñador.

Cuando se llegó la hora de ir al aeropuerto, bajamos las maletas.

El avión privado de la familia ya nos esperaba en la pista, listo para el despegue.

Subí los escalones sin mirar atrás, me acomodé en el asiento de piel y me puse mis AirPods.

Subí el volumen de la música al máximo para aislarme del mundo; no quería hablar con mis papás, no quería saber nada del viaje, solo quería desaparecer.

Dormí y escuché música durante todo el trayecto.

Cuando las llantas del avión impactaron contra la pista, supe que mi pesadilla acababa de comenzar. Habíamos llegado al aeropuerto de México.

Al salir de la zona de vuelos privados, un hombre maduro vestido con un traje impecable ya nos estaba esperando. Era Genaro, el chofer de mis abuelos. En cuanto nos vio, caminó hacia nosotros con paso apresurado y una sonrisa sumisa.

—Buenas noches, señores. Señorita Adriana, un placer verla de nuevo —dijo Genaro, inclinando la cabeza con respeto mientras estiraba la mano para ayudarnos con las maletas.

Yo ni siquiera lo miré a los ojos. Me acomodé las gafas de sol sobre la cabeza y caminé de largo, dejándolo con la palabra en la boca.

—Muévete, Genaro. Hace demasiado calor aquí afuera y quiero llegar ya —dije con tono despectivo, subiéndome directamente a los asientos traseros del lujoso coche negro.

Mis papás saludaron a Genaro con más amabilidad, disculpándose con la mirada por mi actitud. Subieron al coche, Genaro arrancó el motor y salimos del aeropuerto rumbo a la enorme mansión de mis abuelos.

El coche cruzó las enormes rejas de seguridad y avanzó por el largo camino de piedra hasta detenerse frente a la fachada de la mansión. Era una propiedad gigantesca, imponente y elegantísima. En cuanto Genaro estacionó el auto, las grandes puertas de madera de la casa se abrieron.

A pesar de mi mal humor con el mundo, ver a mis abuelos me ablandó el corazón. Al final del día, ellos siempre me habían tratado como a una reina. Bajé del coche saltándome cualquier protocolo y corrí hacia ellos.

—¡Abuelos! —exclamé, envolviéndolos en un abrazo fuerte, aspirando ese aroma tan familiar que siempre tenían.

—¡Mi niña hermosa! Qué felicidad tan grande tenerte aquí —dijo mi abuelo, apretándome contra él mientras mi abuela me llenaba la cara de besos, con los ojos brillando de la emoción. Estaban verdaderamente felices de verme.

Nos guiaron de inmediato hacia el gran comedor.

Sabían perfectamente cómo ganarme: sobre la mesa ya nos esperaba una cena deliciosa de sushi, que es mi comida favorita en todo el universo.

Habían contratado a un chef exclusivo para que preparara los rollos exactamente como a mí me gustaban.

Cenamos entre risas, y por un momento olvidé el berrinche de Chicago, disfrutando de los lujos a los que estaba acostumbrada.

Al terminar de cenar, mi abuela me tomó de la mano con dulzura.

—Adriana, mi amor, queremos que estés lo más cómoda y feliz posible en esta casa. Ven con nosotros, vas a escoger tú misma la habitación que quieras para ti sola.

Los empleados ya habían subido mis maletas al segundo piso.

Recorrimos el pasillo principal llenos de habitaciones de huéspedes, todas enormes y lujosas, pero yo no me iba a conformar con cualquiera.

Caminé observando los detalles hasta que abrí las puertas dobles de la recámara principal de invitados.

Tenía una cama king size, un balcón privado con vista a los enormes jardines y un baño que parecía de hotel de cinco estrellas.

—Esta —dije, señalando el cuarto con una sonrisa de suficiencia—. Esta es la mejor para mí. Quiero esta habitación.

Mis abuelos sonrieron, complaciendo de inmediato mi petición, felices de ver que empezaba a adaptarme a la casa.

Me tiré sobre la enorme cama king size y, gracias al cansancio del viaje, me quedé profundamente dormida en cuestión de minutos, envuelta en las sábanas de seda.