El capitán del que no debía enamorarme Capítulo veintidós
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Capítulo veintidós

Jack

Mason se ajustó la corbata por cuarta vez y seguía pareciendo un hombre obligado a asistir a su propio juicio.

—¿Torcida?

—Sí.

Lo intentó de nuevo.

—¿Ahora?

—Peor.

—Podrías ayudar.

—Estoy ayudando.

—Estás sentado.

—Exacto.

Mason me miró fijamente a través del espejo del vestuario.

La recepción de la Fundación Guardians ocupaba el salón principal del estadio esa noche.

Patrocinadores, empresarios, exjugadores, donantes y gente que probablemente no sabía explicar qué era el fuera de juego, pero firmaba cheques lo suficientemente grandes como para que nadie se lo preguntara.

Ya había hecho tres entrevistas, posado para una sesión de fotos y aguantado a un ejecutivo explicándome durante casi veinte minutos por qué el logo de su empresa tenía que aparecer más grande en las campañas del año siguiente.

La noche ni siquiera había empezado de verdad.

—¿Mejor? —preguntó Mason.

Miré.

—No.

—Que te jodan.

Se rindió y se volvió hacia mí.

—¿Dónde está la fotógrafa?

Cogí mi chaqueta.

—Trabajando.

Mason sonrió.

—Qué rápido has contestado.

—Porque sé dónde está.

—Por supuesto.

Me puse la chaqueta.

—¿No tienes un amigo de la universidad que vigilar?

—Está en el bar.

—Entonces alguien debería estar allí.

—Tengo fe.

—Ese es el problema.

La puerta se abrió.

Sara entró.

Mason silbó.

—Bennett.

—Reed.

Dio una vuelta delante de él.

—Tienes la corbata torcida.

Mason cerró los ojos.

—Odio a esta familia.

Sara se rio.

Llevaba el vestido negro.

Recordé a Kate sentada en mi cama diciéndome que Sara había elegido ese color.

Llevaba el pelo recogido, dejando el cuello al descubierto. Era evidente que se había esmerado más de lo habitual en los eventos de la fundación.

—Estás estupenda —dije.

Sara se detuvo.

Luego sonrió.

—Gracias.

Mason me señaló.

—Lo ha dicho sin que nadie se lo pidiera. Eso vale más.

Sara le dio un golpe en el brazo.

—Ve a vigilar a tu amigo antes de que haga algo que acabe en las noticias.

—Es una posibilidad muy real.

Mason se fue.

Sara se alisó el vestido a la altura de la cintura.

—¿De verdad me queda bien?

—Sí.

Me estudió un segundo antes de volver a sonreír.

Ahora podía verlo.

No porque hubiera aparecido esa noche.

Sino porque Kate me había enseñado dónde mirar.

—¿Listo? —preguntó Sara.

Asentí.

Kate estaba cerca del escenario cuando entramos.

Reconocí primero la cámara.

Luego a ella.

Pantalones negros, camisa clara, pelo recogido en un moño bajo que ya empezaba a soltarse en la nuca.

Rachel estaba a su lado señalando algo en el programa.

Kate levantó la vista.

Me encontró.

Luego vio a Sara a mi lado.

La cámara volvió a subir.

Sara me tocó el brazo.

—Tengo que encontrar a mi padre antes de que me invente otro trabajo.

—Buena suerte.

—Si no vuelvo, es que me ha tragado una reunión de la junta.

Se alejó.

Mason apareció con dos copas de champán.

Cogí una.

—Podrías disimular mejor.

—¿El qué?

—Nada.

Bebió.

—Me gustan mis dientes.

Kate pasó a unos metros, fotografiando a un grupo de patrocinadores.

El móvil me vibró.

Lo miré.

Tu corbata queda mejor que la de Mason.

Sonreí.

¿Eso fue un cumplido?

Observación técnica.

Estás preciosa.

Kate revisó el móvil cerca de una columna.

Lo leyó.

Lo guardó.

Unos segundos después:

Estoy trabajando.

Yo también.

Alzó la vista.

Sostenía una copa de champán mientras Mason contaba una historia a mi lado.

Enarcó una ceja.

Agotador.

Guardé el móvil.

Alfred dio el discurso de apertura.

Helena lloró.

Sara fingió no darse cuenta y le acercó discretamente un pañuelo a su madre.

El evento financiaba programas deportivos en escuelas públicas y actividades para niños que pasaban largas temporadas en hospitales.

Ya había vivido noches como esta muchas veces.

Fotos.

Autógrafos.

Conversaciones con donantes.

Preguntas sobre la temporada, los playoffs y el retiro de gente convencida de que los treinta eran una edad provecta para cualquiera que se calzara unos patines.

Kate se movía por el salón, y a veces desaparecía durante varios minutos.

Cada vez que volvía, mis ojos buscaban la cámara casi por instinto.

Entre la cena y la subasta, Alfred me llamó.

—Jack. Ven aquí.

Helena estaba sentada a una mesa con Sara.

Junto a ellas estaba Frank Donnelly, miembro de la junta directiva y amigo de Alfred desde hacía décadas.

Frank tenía la costumbre de decir en voz alta lo que cualquier persona sensata se guardaría para sí.

—¡Capitán!

—Frank.

Me estrechó la mano.

—Siéntate un minuto.

—Tengo que pasar por otra mesa.

—Un minuto.

Alfred señaló la silla vacía.

Me senté.

Kate estaba fotografiando la subasta a unos metros, detrás de Frank.

—¿Tu padre sigue yendo a los partidos? —preguntó Alfred.

—Cuando puede.

—Dale recuerdos de mi parte.

Frank dio un sorbo al vino.

—Lo que yo quiero saber es cuándo vas a dejar de hacer esperar a esta chica.

Sara se quedó inmóvil.

Helena lo miró.

Frank señaló a Sara con la copa.

—Nueve años mirando a este hombre y todavía necesita subtítulos.

Se me encogió el estómago.

Sara cerró los ojos un segundo.

Alfred intentó cortarlo.

—Frank, déjalo.

—Estoy bromeando.

—Lo sé —dijo Sara—. Sigue siendo vergonzoso.

Frank por fin se dio cuenta de que nadie se reía.

Levantó una mano.

—Vale. Vale.

Helena cambió de tema demasiado rápido.

Apenas la oí.

Miré por encima del hombro de Frank.

Kate había bajado la cámara, pegándola al cuerpo.

No estaba disparando.

Nuestras miradas se cruzaron.

Apartó la vista y se dirigió hacia Rachel.

Me levanté.

—Tengo que trabajar.

Sara me agarró la muñeca.

—Jack.

Bajé la vista.

Tenía la cara roja.

—Ignóralo. Habla demasiado.

—Siempre lo ha hecho.

Sara me soltó.

—Hablaremos después.

Asentí.

Pasé los siguientes veinte minutos haciéndome fotos con los ganadores de la subasta.

Un jersey firmado.

Entradas.

Cena con jugadores.

Que usaran mi nombre como premio todavía me resultaba extraño.

Kate se mantuvo ocupada en el lado opuesto del salón.

Cuando por fin pasó cerca de mí, la llamé.

—Kate.

Se detuvo.

—Hola.

Voz profesional.

—¿Tienes un minuto?

—Ahora no. Tengo que terminar esto.

Hizo ademán de irse.

—Escuchaste a Frank.

Se quedó quieta, de espaldas a mí, unos segundos.

—Difícil no hacerlo.

—No sabía que habían sido nueve años.

Se volvió.

—Jack…

Rachel la llamó desde el otro extremo del salón.

Kate miró.

—Luego.

Y se fue.

Me quedé donde estaba.

Nueve años.

El recuerdo volvió poco a poco.

Mi primer año en Chicago.

Tenía veintiún años.

Otro evento de la fundación.

Me había equivocado de pasillo buscando un baño y abrí una puerta cerca de las antiguas salas de prensa.

Sara estaba sentada en el suelo, descalza, respirando demasiado rápido.

Sabía que era la hija de Alfred porque alguien me la había señalado antes esa noche.

Le pregunté si necesitaba ayuda.

Dijo que no.

Me senté a unos metros de ella de todas formas.

Le di agua.

Le conté que me había perdido en el estadio tres veces durante mi primer mes.

Se rio cuando admití que una vez había entrado en un cuarto de mantenimiento creyendo que era una salida.

Me quedé hasta que su respiración se normalizó.

Después Sara me indicó el camino de vuelta.

Para mí, eso había sido todo.

Una chica asustada en un pasillo.

Había olvidado la mitad de aquella noche.

Por lo visto, ella no.

El evento terminó pasada la medianoche.

Mason se fue con su amigo de la universidad, que había derramado vino sobre un exjugador, había insultado sin querer a un patrocinador y, no sé cómo, había convencido a una mujer de sesenta años para que bailara.

Una actuación impresionante.

Sara se fue con Helena.

Alfred seguía hablando cerca de la entrada.

Busqué a Kate.

Rachel dijo que estaba guardando el equipo.

Esperé.

Diez minutos.

Casi quince.

Me vibró el móvil.

¿Sigues aquí?

Sí.

Unos segundos después:

Sección 112.

Fui.

Las luces principales estaban apagadas.

Solo quedaban las de mantenimiento, que teñían el hielo de un gris apagado.

Kate estaba sentada en la tercera fila.

Su cámara descansaba en el asiento de al lado.

Me senté dos sillas más allá.

Me miró.

—Puedes sentarte más cerca. Nadie nos está fotografiando.

Me cambié al asiento de al lado.

—Después del incidente del móvil robado en Oak Park, tengo problemas de confianza.

Kate soltó una risa breve.

—Todavía no me he recuperado.

—Yo tampoco.

Miramos la pista.

El personal de limpieza trabajaba a lo lejos, cerca de los túneles.

—Frank es un idiota —dije.

—Sara estaba muerta de vergüenza.

—Lo vi.

Kate apoyó las manos en las rodillas.

—Odia que la gente lo mencione delante de otros.

Me giré ligeramente hacia ella.

—¿Sabías que era desde que tenía diecinueve años?

—Sí.

—¿Aquella noche?

Kate me miró.

—¿La recuerdas?

—Ahora sí.

Se volvió hacia el hielo.

—Fue esa.

Me froté la nuca.

—Para mí no significó lo que significó para ella. Me quedé porque le estaba dando un ataque de pánico.

—Lo sé, Jack.

—Solo intento encajar las piezas.

Kate ajustó la correa de la cámara.

—Sus padres estaban pasando por un momento terrible. Sara pensaba que iban a separarse.

Hizo una pausa.

—Siempre había tenido una vida muy segura. De repente, no sabía qué iba a pasar en su propia casa.

Recordé el vestido azul.

La botella de agua.

Cómo había insistido en que no llamara a nadie.

—Y entonces aparecí yo.

—Te quedaste.

Kate me miró.

—Eso fue lo que le importó.

No dije nada.

—No pediste detalles. No fuiste corriendo a contárselo a Alfred. No insististe en sacarle una explicación. Te sentaste en aquel suelo y esperaste con ella.

Kate tocó el cierre de la cámara.

—Sara habla de aquella noche como si hubieras hecho algo enorme.

—Apenas la recuerdo.

—Ella sí.

Miré hacia la pista.

Nueve años.

—Mierda.

Kate no respondió.

—Ahora entiendo mejor por qué esto tiene tanto peso para ella.

—Sí.

—Pero sigo sin entenderlo todo desde tu lado.

Kate guardó silencio.

No insistí.

Al cabo de unos segundos, habló.

—Cuando conocí a Sara, tenía quince años.

Le bajó la voz.

—Mi madre llevaba años muerta, y mi casa no era precisamente un sitio donde quisiera estar.

Se apoyó los codos en las rodillas.

—Al principio, iba a casa de los Bennett después de clase e inventaba excusas para quedarme más rato. Helena siempre me preguntaba si quería cenar.