El capitán del que no debía enamorarme Capítulo veintiuno #2
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Capítulo veintiuno #2

—Entonces tengo unos cinco minutos.

—¿Para qué?

Jack se acercó a mí.

—Para esto.

Me besó.

Le agarré la camiseta por delante antes de recordar que se suponía que debía protestar.

Cuando se apartó, todavía la sujetaba.

—¿Cruzaste todo el estadio para eso?

—Sí.

—Muy eficiente.

—Soy el capitán. Tengo privilegios.

Me volví hacia el ordenador.

Jack se apoyó en el escritorio.

—¿Almuerzo con Sara?

Lo miré.

—¿Cómo lo sabes?

—Me mandó un mensaje sobre lo de mañana y dijo que estaba contigo.

—Ah.

Jack me observó un momento.

—Ha pasado algo.

—¿Por qué?

—Por cómo has dicho ese «ah».

—¿Ahora interpretas vocales?

—Algunas.

Cerré la carpeta que había estado organizando.

—Me ha conseguido una reunión con Northline.

Jack se separó del escritorio.

—¿Northline Sports?

Asentí.

—El jueves.

Sonrió de inmediato.

—Kate, eso es enorme.

—Es solo una conversación.

—Con la directora de fotografía de Northline.

—Sigue siendo una conversación.

—Una conversación importante.

Intenté no sonreír.

—Sara conoció a Elena en un evento y le envió mi portafolio.

Jack asintió despacio.

—Y habló con Rachel para saber cuándo estarías libre.

Hizo una mueca.

—¿Sin decírtelo?

—Sin decírmelo.

Miré la pantalla.

—Estoy feliz e irritada al mismo tiempo.

—Suena razonable.

—Dijo que Elena me contactó por el trabajo.

—Y así fue.

Alcé la vista.

—¿Ensayasteis eso vosotros dos?

—No.

Jack me tocó los dedos.

—Pero ambos podemos tener razón sobre lo mismo.

Intenté aceptar la frase sin buscar un problema oculto en ella.

—Gracias.

Se oyeron pasos en el pasillo.

Aparté la mano.

Jack retrocedió.

La puerta se abrió.

Rachel entró con dos cafés.

Su mirada fue de Jack a mí.

—¿Me perdí algo?

—Vine a preguntar sobre mañana —dijo él.

Sin vacilación.

Rachel dejó un café frente a mí.

—Está en el horario que te envié por correo.

—No lo leí.

—Eso sí me lo creo.

Jack sonrió.

—Gracias.

Luego se fue.

Rachel vio cerrarse la puerta.

—¿Cruzó el pabellón para preguntarte algo que recibió por correo?

El corazón se me aceleró.

Moví el ratón.

—Jugador.

Rachel tomó un sorbo.

—Claro.

Se sentó a mi lado.

El teléfono me vibró bajo el escritorio.

Por poco me muero.

Me mordí el labio.

Mientes mejor que yo.

Años de ruedas de prensa.

Bloqueé la pantalla antes de que Rachel pudiera mirar.

Jack apareció en mi apartamento esa noche con la cena en una mano y una caja de herramientas en la otra.

Miré la caja de herramientas.

—No.

—Tu armario está torcido.

—Funciona.

—Una puerta no cierra.

—No ha cerrado en años.

—Eso no mejora tu argumento.

Entró.

—Trajiste herramientas a una cita.

—También traje comida.

—Muy seductor.

—Espera a ver la bisagra.

Le quité el abrigo.

—¿De verdad sabes arreglar algo?

Jack se detuvo.

—Eso fue ofensivo.

—Contrataste a alguien para elegir tus cojines decorativos.

—No significa que sea inútil.

Veinte minutos después, los tornillos cubrían la encimera y Jack estaba agachado frente al armario.

Yo comía fideos directamente del recipiente.

La puerta estaba más torcida que antes.

—Mucho mejor.

—Cállate.

—Te estoy apoyando.

Jack dejó caer un tornillo.

Golpeó el suelo y desapareció.

—Genial.

Me agaché.

—Fue hacia tu lado.

—No lo veo.

—Cerca de tu rodilla.

Jack miró hacia abajo.

El tornillo se había enganchado en un pliegue de su pantalón.

Empecé a reírme.

—No lo hagas.

—Ni siquiera tengo que hacerlo.

—Sostén la puerta.

Dejé la comida y me arrodillé a su lado.

Sostuve la puerta del armario mientras Jack recolocaba la bisagra.

—Si esto se cae otra vez…

—No se caerá.

—Eso es exactamente lo que dijiste antes.

—Ahora tengo experiencia.

—Quince minutos.

—Suficiente.

Cuando terminó, cerró la puerta.

Perfectamente alineada.

Jack la abrió.

La cerró de nuevo.

Luego me miró con un nivel de satisfacción completamente desproporcionado para el logro.

—¿Ves?

—Has tardado media hora.

—Cierra.

—Felicidades.

Le besé la mejilla.

—¿Eso es todo?

—¿Qué esperabas?

—Un reconocimiento proporcional al trabajo.

Le besé en la boca.

Jack me sujetó por la cintura.

Yo todavía tenía el destornillador en la mano.

Lo miró.

—Deja eso en algún sitio antes de que acabe pasando el resto de la noche en Urgencias.

Lo lancé sobre la encimera.

—Mejor.

Volvimos a la comida.

Más tarde, me senté en el sofá con el portátil sobre las piernas mientras Jack veía un partido que no tenía nada que ver con los Guardians.

De vez en cuando comentaba alguna jugada.

Yo respondía sin levantar la vista.

Al cabo de unos veinte minutos, algo frío me tocó el tobillo.

Miré hacia abajo.

Tenía el pie metido debajo de mi pierna.

—Tienes el pie helado.

—Caliéntamelo.

—Ponte calcetines.

—Me da pereza.

Volví a lo que estaba editando.

No moví la pierna.

Antes de acostarme, fui a lavarme los dientes.

Abrí el armarito.

Mi cepillo de dientes estaba a un lado.

El azul de Jack, al otro.

Junto a él había un paquete pequeño de hilo dental que yo nunca había comprado.

Lo cogí.

—¿Jack?

Desde el dormitorio:

—¿Sí?

—¿También has traído hilo dental?

—Estaba de oferta.

Me eché a reír.

—Estás colonizando mi baño.

—Aprobaste el cepillo de dientes.

—El cepillo de dientes. No la expansión territorial.

El móvil vibró sobre el lavabo.

Sara.

Un mensaje de voz.

Le di a reproducir.

Su voz llenó el baño.

—Mañana no desaparezcas en el evento, ¿vale? Si me pongo nerviosa, me llevas a tomar algo, me recuerdas que soy una adulta y me impides decir algo estúpido a Jack. Ah, y mi madre quiere saber si vas a comer allí el domingo. Te quiero.

El mensaje terminó.

Me quedé quieta con el móvil en la mano.

Jack apareció en la puerta.

—¿Todo bien?

—Sara.

Miró el móvil.

No preguntó qué había dicho.

Volví a mirar el armarito abierto.

El cepillo de dientes azul estaba apoyado junto al mío.

Jack se dio cuenta.

—¿Quieres que lo quite?

Pasé el pulgar por el paquete de hilo dental.

—No.

Lo devolví a su sitio.

—Puedes dejarlo.

Cerré el armarito.

Jack apagó la luz del pasillo mientras yo cogía el móvil del lavabo.

El mensaje de voz de Sara seguía en la pantalla.

Sin contestar.