El caos que nos une (Lo que nos une 1) 101
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Markus

Han pasado apenas dos semanas desde que viajó a Berlín para pasar conmigo un par de días y, aunque hemos intentado coordinarnos para vernos, la distancia se me ha hecho insoportable. Ahora, al tenerla otra vez frente a mí, es como si todo volviera a cobrar sentido.

En cuanto me ve, Elise echa a correr en mi dirección. No me da tiempo a reaccionar, pues salta sobre mí, se aferra a mi cuello y me rodea la cintura con las piernas. Su risa contagiosa me envuelve, y la beso sin pensarlo, con la urgencia de quien ha esperado demasiado para poder hacerlo.

Cuando por fin la bajo al suelo, nos miramos con una sonrisa que no se borra. Y entonces sé que algo ha cambiado. Algo realmente importante. Pero intuyo que también algo muy bueno.

—¡No te lo vas a creer!

Abro los ojos, expectante.

—¡Te lo han dado! —adivino.

—¡SÍ! —exclama, riendo.

La alzo en volandas otra vez, girando con ella entre mis brazos.

—¡Eso es fantástico! —La beso—. ¡Sabía que lo conseguirías!

Nos quedamos frente a frente, aún riendo, ella con los ojos brillantes y yo, sin poder contener la felicidad que me embarga.

—Tenemos que celebrarlo. Y también hay que hablar de preparativos y muchas cosas —avisa.

—Hablaremos de lo que quieras, de lo que necesites y de lo que se te ocurra.

—Debo adelantarte que tal vez he reaccionado un poco… precipitadamente. —Coge aire y lo suelta—. He entregado mi carta de renuncia antes de venir a buscarte.

—Bueno, ha sido impulsivo, pero tienes la oferta de Max por escrito, ¿no?

—Sí. Recibí el e-mail con la oferta en firme de la responsable de Recursos Humanos; se lo envié firmado de vuelta y ella me contestó que ya lo había recibido.

—Bien, bien. Eso es importante.

—Y, además, estoy deseando embalar mis cosas y mudarme a Berlín.

—No sabes qué ganas tengo —le digo con toda la sinceridad del mundo.

—Y sé que me propusiste vivir juntos —añade—, pero no estoy segura de que sea lo más adecuado.

—¿Ah, no? —Eso me pilla por sorpresa.

—Me explico… Una parte de mí quiere, pero también necesito ir paso a paso. Nunca he vivido en pareja y, aunque cuando estamos juntos todo fluye, me da miedo cambiar tanto de golpe. Creo que alquilarme un estudio sería como tener… una especie de plan B.

—Sabes que vas a pasar la mayor parte del tiempo en casa.

—En tu casa.

—En nuestra casa.

Sonríe y pone los ojos en blanco, rendida.

—Bueno, sea como sea, vamos a probar la convivencia con Linux también. Y, si un día nos tiramos los platos a la cabeza, puedo huir a mi estudio. ¿Lo entiendes?

—Mi amor, no te imagino destrozándome la vajilla, y te prometo que yo tampoco lo haría.

—¡Ay! Es un ejemplo exagerado para que me entiendas…

—Te entiendo perfectamente. —Le acaricio la mejilla—. Y lo respeto. Si eso te hace sentir más cómoda, te ayudaré a buscar algo.

—Y, por este tipo de cosas, te quiero.

—Yo también te quiero. —Vuelvo a besarla—. Pero te advierto que dentro de unos meses, cuando veas que es un derroche, me darás la razón.

Resopla.

—En fin, ¿vamos? —sugiero—. Porque me parece genial todo lo que me has dicho hasta ahora, pero estoy deseando poder hablarlo en un lugar más tranquilo y aprovechar para hacer también otras… cosas.

Le guiño un ojo y ella se muerde el labio inferior, a sabiendas de lo que planeo.

—En ese caso…, vamos.

Agarro mi maleta y Elise toma la mano que me queda libre para poner rumbo hacia la parada de taxis.

Pienso que esta será la última vez que tengamos que reencontrarnos así, cruzando unas cuantas fronteras. Por fin la vida nos ha dado un respiro y la oportunidad de estar juntos.

Ese es el mayor regalo de San Valentín que podíamos tener.