Epílogo
Elise
Hoy ha comenzado la primavera, y no sé si será el clima agradable, mi buen humor o la emoción de cumplir dos semanas exactas en mi nuevo trabajo, pero siento que todo está justo donde debe estar.
Cuando llego al ático y abro la puerta, Linux me recibe con su maullido de bienvenida, completamente adaptado a su nuevo hogar. Llevamos un mes y medio por aquí, pero mi gato se hizo con el lugar desde el minuto uno.
Por otro lado, tengo un estudio a treinta y cinco minutos en metro, en el que he pasado un total de cero noches. Markus ya lo había pronosticado, pero la decisión de contar con mi propio espacio me ayudó a ganar seguridad y a confirmar que todo lo que estaba haciendo era, de verdad, por mí.
—¡Amor, ya estoy en casa! —anuncio, siguiendo el sonido que llega desde la cocina.
Asomo la cabeza y veo a Markus entretenido frente a una sartén. Un delantal cubre la camisa blanca, que lleva arremangada, y sus inseparables tirantes. Se ha quitado la corbata, y la estampa me resulta total y absolutamente irresistible.
—Hola —me dice, sonriendo—. Perdona, estoy un poco liado.
Me acerco y le doy un beso rápido.
—Eso tiene una pinta fantástica.
—Gracias. Me estoy esforzando.
Me regala una de sus encantadoras sonrisas, con las que consigue que me derrita todavía un poco más.
—¿Qué tal ha ido el día? —pregunta mientras levanta la tapa de una cazuela baja, en la que se está cocinando un pescado y de la que emana un aroma que me hace la boca agua.
—Muy bien. Hay mucho trabajo, pero estoy entusiasmada. Cada día me gusta más lo que hago.
—Me alegra oír eso. —Se limpia las manos con un trapo y me rodea con los brazos—. Y ahora, además, tienes a tu novio preparándote la cena.
—No te merezco —respondo entre risas.
—No pienso discutir sobre quién merece a quién.
Me besa otra vez, y mi cuerpo reacciona como siempre que lo tengo cerca: en mi interior se aviva ese deseo que solo él es capaz de provocar.
—Será mejor que ponga la mesa o haga algo —comento, intentando serenarme.
—Ya está puesta —dice—. Pero puedes sacar de la nevera un par de cervezas de esas que tanto te gustan.
Cuando regreso al salón, me quedo sin palabras. La mesa está decorada con velas y flores, y la luz atenuada logra que el ambiente sea todavía más acogedor.
Mientras cenamos, charlamos de todo y de nada, como siempre hacemos, y nos animamos a planear el fin de semana.
Un paseo, viciarnos un poco a la Switch 2…
Fue el regalo que me hizo por mi treinta cumpleaños, la semana pasada, y desde entonces pasamos un ratito todas las noches picándonos el uno al otro con algún juego donde podamos participar en pareja.
Recogemos los platos y, después, Markus deja su cerveza sobre un posavasos en el piano de pared y se lanza a tocar distraídamente las primeras notas de Für Elise .
Me acerco y apoyo las manos en sus hombros.
—Cuando sufrí el accidente —me explica sin parar de tocar—, esta melodía sonaba en mi cabeza.
Me quedo quieta, escuchando.
—Nunca me lo habías contado.
—Supongo que traté de olvidarlo. Pero luego apareciste tú, y todo volvió a tener sentido. A veces, pienso que el destino me estaba susurrando tu nombre.
Deja de tocar y me invita a sentarme sobre sus piernas. Le rodeo el cuello con los brazos y él posa una mano en mi espalda.
Nos miramos en silencio.
—No lo considero ninguna locura. Yo también creo en esas señales —afirmo.
Él sonríe, pero hay una chispa de nerviosismo en su mirada.
—Elise, quiero estar solo contigo.
—Y yo contigo.
—Sé que quizás es pronto para dar un paso más, y que estás viviendo muchas cosas nuevas, pero… —se lleva una mano al bolsillo— quiero prometerte algo.
Saca una pequeña caja de terciopelo negro, y mi respiración se detiene unos segundos.
—Tranquila —añade en voz baja, abriendo el estuche.
En el interior hay un solitario, con un diamante engarzado que brilla casi tanto como sus ojos ahora mismo.
—No es una proposición de matrimonio. Sé que todavía necesitas tiempo para eso… —Hace una pausa—. Esto es más bien una promesa. Una forma de decirte que estoy aquí, que quiero seguir enfrentando a tu lado todo lo que venga. Y que sueño con escribir contigo un «para siempre».
Las lágrimas llenan mis ojos. No obstante, sonrío.
—Markus…, yo quiero el pack completo. Todo lo que me ofreces ahora, y todo lo que venga después. Y te digo que sí, como te diré que sí el día en que nos prometamos algo más. Te diré que sí todas las veces que me lo pidas. Porque ya no puedo imaginar mi vida sin ti. Así que, sí. A todo.
Extiendo la mano y él desliza el anillo en mi dedo anular.
Mientras entrelaza su mano con la mía, pienso en todo lo que he perdido… y en cuánto he ganado. Papá estaría feliz de verme así. Viviendo. Amando. Sonriendo. Volviendo a empezar.
—Me haces el hombre más feliz del mundo.
—Y tú a mí, la mujer más afortunada y amada del universo.
Nuestros labios se buscan sin remedio. El beso comienza suave, pero pronto nos dejamos llevar y se vuelve más apasionado. Nuestras lenguas se encuentran, sellando con ese gesto todo lo que nos hemos confesado. Una promesa de amor que soñamos que dure para siempre.