100
Elise
Este fin de semana, aprovechando que es San Valentín, Markus va a venir a Londres para pasar unos días conmigo.
Es viernes a mediodía y ando concentrada en un artículo que Williams me ha pedido para la web de la empresa, acerca del futuro de la realidad virtual y sus aplicaciones en la aviación.
Para eso he quedado. Ahora redacto posts y textos varios que me mantengan ocupada, en lugar de echar mano al producto y afrontar retos interesantes.
Mientras busco sinónimos en Google para cambiar una palabra del documento, mi móvil comienza a vibrar sobre la mesa. En la pantalla aparece un número alemán que no tengo guardado.
Respiro hondo.
Podría ser cualquiera de las ofertas de trabajo a las que me he estado inscribiendo día sí y día también, ¿quién sabe? Lo que no esperaba es que fuera nada más y nada menos que la responsable de Recursos Humanos de Schröder Automobilwerke, la empresa que dirige Max.
Su voz suena amable y profesional cuando me da la enhorabuena por haber superado el proceso de selección.
¡¿QUÉÉÉ?!
Me obligo a mantener la compostura porque estoy en la oficina y mi jefe merodea por los pasillos, pero dentro de mí siento una explosión de alegría difícil de disimular. Querría saltar, gritar o llamar a Nora para celebrarlo; sin embargo, me limito a asentir y tomar notas.
Cuando cuelgo, me quedo mirando el teléfono con una sonrisa que no puedo borrar. No es solo que por fin vaya a poder mudarme a Alemania. Es mucho más que eso.
Durante años me he aferrado a Londres como si esta ciudad fuera una especie de salvavidas, a pesar de que se había convertido en mi jaula.
Cada lugar representaba un eco de la tediosa rutina que me mantenía inmóvil y atrapada, dando los mismos pasos una y otra vez, consumida siempre por la angustia, las preocupaciones y, finalmente, el dolor.
Ahora, por primera vez, siento que todo cambia.
No porque vaya a estar más cerca de Markus, algo que sin duda hace que se me ensanche el corazón, sino porque esta vez puedo elegir. Desde que empecé a seguir a mi corazón, soy más feliz y me siento mejor conmigo misma.
Yo lo he buscado, lo he trabajado, lo he conseguido… escuchando mis deseos más profundos.
Es mi oportunidad de empezar de cero y de descubrir quién soy fuera de los límites que me impuse cuando todo parecía derrumbarse y me obligué a conformarme con lo seguro.
Y, sí, la idea me asusta tanto como me emociona. Pero esta vez el miedo también me recuerda que estoy viva, que vuelvo a estar en movimiento y que voy a evolucionar de una manera u otra al atreverme a dar un gran salto fuera de mi zona de confort.
Por supuesto, un minuto después de colgar ya estoy en la recepción, donde Nora lucha por abrir una caja de cartón.
—¡Tengo noticias!
Deja lo que está haciendo, me mira y abre mucho los ojos.
—¡Nooo! —Se levanta y se acerca para cogerme las manos—. ¿Otra entrevista? ¿Algo confirmado?
—Me marcho a Berlín. ¡Tengo trabajo!
—¡AAAH! —Ella grita de alegría y me abraza—. Joder, te voy a echar mucho de menos.
Sin querer, ambas lloramos de emoción y también por la tristeza que nos causa separarnos.
Comparto todos los detalles con mi amiga y, después de divagar, hacer planes que tal vez nunca se materialicen e ilusionarnos juntas, me siento sobre su escritorio, al lado de la caja semiabierta.
—¿Qué es eso? —pregunto con curiosidad.
—Me lo ha enviado Max —responde. Ella también parece intrigada.
Cuando saca el contenido, nos quedamos mirando el sonriente cactus de ganchillo, de cuyas ramas, que asemejan brazos, brotan flores de colores idénticas a las que coronan su cabeza.
—¿Te ha hecho un regalo precisamente hoy, en San Valentín?
—No creo que tenga nada que ver una cosa con la otra… —alega ella. Lee la nota que lo acompaña antes de tendérmela para que yo también la vea.
Este no se marchita.
Y sus espinas no hacen daño.
Max
—¿Te está tirando los trastos con un cactus de peluche?
Creo que sigo flipando. Nora hace oídos sordos mientras levanta la seudoplanta y la observa mejor.
—Es la cosa más rara que me han regalado nunca… —murmura, sonriendo.
Y yo sé lo que significa esa sonrisa, aunque ella jamás vaya a reconocerlo.
Vuelvo a mirar la tarjeta, esta vez por ambos lados, y descubro un número de teléfono en el reverso.
—¿Vas a escribirle? —pregunto.
—Por supuesto que no. —Deposita la planta sobre la mesa y me quita el papel de las manos.
—¿Segura? Siempre dices que te parece divertido. —Intento picarla.
—Elise, no pienso caer en su trampa para conseguir mi teléfono solo porque me ha regalado esto —repone, tajante.
Finjo no darle más importancia; sin embargo, cuando voy de vuelta a mi sitio, veo la forma en que acomoda el cactus con cuidado junto a sus cosas.
No va a escribirle. Pero algo me dice que esta historia… no ha terminado aquí.
Ver a mi amiga contenta me hace todavía más feliz, aunque al mismo tiempo se me encoge el corazón por todos los cambios que se avecinan.
Al sentarme de nuevo ante la que ha sido mi mesa durante años, ojeo mi entorno con una sonrisa que no puedo borrar de mi rostro.
Trato de grabar en mi memoria el ruido de la oficina, los teclados repiqueteando y algún que otro teléfono sonando en la lejanía, mientras yo permanezco en silencio, dejándome invadir por la sensación más vertiginosa e increíble que he experimentado en años.
La libertad de elegir mi propio camino. Porque, para mí, el mundo entero ha cambiado, aunque los demás no sean conscientes de ello.