El caos que nos une (Lo que nos une 1) 99
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Elise

—Hola. —La saludo alzando las cejas y dejando sobre su lado del mostrador uno de los dos cafés que he traído.

—¡Hola! —Sonríe y alza la bebida frente a mí, para brindar—. Y muchas gracias.

—¿Por qué se supone que chocamos los vasos?

—Porque la zorra robótica no me acompaña hoy, y eso siempre es motivo de celebración.

—¿Te la has cargado?

—¡Por supuesto que no! Eso me lo reservo para mis mejores sueños… Sé que romperla acarrearía consecuencias.

—¿Y qué demonios ha pasado con ella? ¿Williams por fin ha entrado en razón?

—No. Todavía más increíble: está intentando vendérsela al hermano de tu novio.

—¿Max está aquí?

—Sí. Y, por cierto, me preguntó por ti.

—Oh, bueno, antes de que se vaya dile que quiero saludarlo.

—Descuida.

Me acomodo en mi escritorio y adelanto las pocas tareas que tengo en mi lista.

Me frustra pensar que mi jefe me está dejando al margen, pero lo entiendo.

Si da por hecho que tarde o temprano me iré, yo tampoco me cargaría con responsabilidades que luego tal vez no pueda desarrollar del todo.

Aunque, a este ritmo, no voy a salir de Londres en la vida…

Las horas avanzan y vuelvo a navegar por las páginas de empleo. En un momento dado escucho cierto revuelo y veo bajar a Roger, acompañado de tres compañeros más y de Williams, con Max. Otros dos están metiendo a Nora 2.0 en el ascensor; supongo que la llevan de vuelta a la recepción.

Me mantengo donde estoy, como una mera espectadora, aunque Max me guiña un ojo a lo lejos cuando me divisa.

Yo le sonrío. No tardo en recibir una notificación de la Nora humana, en la que me dice que el «hermano divertido» quiere verme.

Cuando me levanto, Williams y los demás van de regreso a sus sitios, aunque no parecen de muy buen humor.

No supone ninguna novedad que Max no vaya a comprar robots de esos, pero mi jefe prefería vivir en la inopia.

Al asomarme a la recepción, Max anda tirando de una larga guirnalda de farolillos con forma de corazón, en tonos rosas, blancos y rojos, que salen de una caja de Amazon.

—Falta más de un mes y ya estoy con esta mierda —protesta Nora, organizando pegatinas de cupidos con flechas de purpurina, y sin importarle lo más mínimo que Max la escuche.

—¿Por qué vuestro jefe es tan… excéntrico? —pregunta él, entretenido con el contenido de los paquetes.

—Por increíble que parezca, San Valentín es una de sus festividades favoritas —le explico con un suspiro resignado.

—Me da grima. —Suelta los farolillos.

—Ya somos dos —dice Nora, cruzándose de brazos.

Max sonríe.

—¿Tú no lo celebras? —le pregunta.

—¿Celebrar el amor? —Arquea una ceja—. No, gracias. Tal y como está el mercado sentimental, prefiero entregarme a los romances literarios. Al menos los personajes de ficción no te la juegan a la primera de cambio.

—Detecto cierto rencor —comenta Max, conteniendo una carcajada.

—Tiene sus motivos —añado yo.

Max me lanza una mirada curiosa, pero luego vuelve a centrarse en Nora.

—Por cierto, todavía no me has devuelto mi chaqueta.

Ella le sostiene la mirada, ladeando la cabeza con gesto imperturbable.

—Si me hubieras avisado de que venías, te la habría traído.

—Lo habría hecho… si tuviera tu número.

—¡Ja! Tal vez en un universo paralelo en el que me dé por coleccionar problemas.

Él se ríe y yo pongo los ojos en blanco. ¡No puede ser!

De pronto, escuchamos un chasquido metálico, seguido de un chirrido.

—No, no, no… —dice Nora en voz baja.

Nora 2.0 se ha enredado con un cable y da un giro torpe sobre sí misma antes de estrellarse contra el mostrador.

La bandeja de tres pisos, con notificaciones y carpetas, sale despedida, junto con la nueva planta de Nora.

—¡NOOO! —grita mi amiga, lanzándose para salvarla (a la planta, no a la robot).

Sin embargo, la Nora mecánica intenta incorporarse y empeora la situación. Cuanto más se mueve, más aplasta el macetero, dejando en la moqueta un rastro de tierra, hojas y una mancha verde que sin duda perseguirá a la humana en sus peores pesadillas.

Max es el primero en reaccionar y acudir al rescate. Levanta a Nora 2.0 y, después, se agacha junto a una espantada Nora para evaluar los daños de la planta.

—Lo siento. —Se muestra sincero.

—Para una que no se me estaba muriendo… —susurra ella, contemplando el desastre.

Yo no tengo corazón para recordarle que solo llevaba dos días con esa.

—Encontrarás a otra —le digo en cambio.

Nora se vuelve lentamente hacia la robot, con un brillo asesino en los ojos. Por un instante, temo que realmente vaya a arrancarle un brazo, o la cabeza, o la tablet que lleva pegada al pecho.

—Te juro —le dice entre dientes— que algún día te pondré a la venta en eBay por una mísera libra.

—Incorrecto. Ese no es mi valor —responde Nora 2.0 con su voz robótica y alegre.

Nora se queda helada un segundo, hasta que…

—¡AAAH! —Se abalanza sobre ella, totalmente fuera de sí, pero Max se interpone y arrastra a Nora 2.0 hacia los ascensores.

—¿Qué haces? —pregunto, siguiéndolo con la mirada.

—¿Aquí hay cámaras? —Él mira en derredor mientras presiona el botón de llamada.

—No —respondemos Nora y yo al unísono.

—Perfecto.

Las puertas se abren y Max empuja a Nora 2.0 en el interior, antes de pulsar la tecla de la planta baja.

—¿Otra vez aquí? —protesta la robot mientras desaparece detrás de las hojas metálicas.

—¿Intentas convertirte en una especie de héroe? —Nora parece divertida.

—Bueno, tampoco es para tanto. —Max se pasa la mano por el pelo y le dedica una sonrisa—. Así estarás libre de esa cosa un rato más.

El teléfono suena, y Nora se coloca su auricular de diadema para contestar la llamada. Max aprovecha para dirigirse a mí.

—Tenemos que hablar.

—Vale… ¿De qué se trata?

—Ven. —Mira a Nora y nos hacemos a un lado para que no nos escuchen.

—Me tienes intrigada.

—Tengo la solución a todos nuestros problemas.

—¿Nuestros?

—Sí. Por el escaso entusiasmo con el que John se refirió a ti esta mañana, intuyo que has rechazado su oferta.

—¿Sabes lo de la oferta? —Me quedo sin respiración.

—Así que sí te la hizo… Digamos que lo deduje de lo que escuché en la Ópera.

—¡Ah! —Creo que me he puesto nerviosa.

—El caso, Elise… Vamos al grano, por favor.

—Mira su reloj—. Sé que tú no quieres trabajar para Markus.

No por orgullo, sino porque no quieres líos ni favoritismos.

Y, la verdad, eso dice mucho de ti, y te respeto por ello.

No eliges el camino fácil, pero eso no quita que los dos estéis insoportables por estar distanciados, cuando lo que deseáis es estar juntos.

—¿Y acaso tienes una solución mágica que vaya a arreglarlo todo? —pregunto, cruzándome de brazos.

—Pues… resulta que yo estoy buscando a alguien como tú.

Parece tan tranquilo que tardo un par de segundos en procesarlo.

—¿Cómo dices?

—En mi empresa tenemos una vacante en la que encajarías perfectamente. Tiene que ver con simuladores de diferentes tipos de vehículos. Creo que incluso te puede resultar divertido.

—Eso suena interesante —reconozco, emocionándome por momentos.

Se mete las manos en los bolsillos.

—Pero tendrás que ganártelo —avisa—. Te pasaré el enlace de la web, para que te registres y presentes tu candidatura. Debe ser hoy mismo.

—¿Hablas en serio?

—Muy en serio. Ya están haciendo entrevistas, pero pediré que te incluyan en el proceso cuanto antes. Si lo pasas con éxito, mi empresa tramitará el visado y podrás empezar a trabajar en Berlín sin problema.

—Max, yo… —Busco las palabras idóneas—. No sé ni qué decir… Muchas gracias.

—No me las des. Primero demuestra que estás más que capacitada para el puesto, porque no te voy a dar facilidades. Luego ya hablaremos.

—Vale. —Asiento, pensando en hacerle algunos retoques a mi currículum.

—Ah, y otra cosa. —Ladea una sonrisa—. En mi empresa, si te encargan dar una charla o asistir a una feria, no vale vomitar en una papelera para librarte.

—¿Perdón?

—Tendrás que ir a terapia. —Lo dice tan serio que tardo un segundo en darme cuenta de que no está bromeando—. Me tomo la libertad de pedírtelo como cuñado preocupado que soy.

—Eh… —Parpadeo, pero no dudo cuando Markus aparece en mi mente—. Está bien. Lo haré.

Y, en cuanto lo digo, me sorprende lo segura que suena mi voz. Mi sueño es estar junto a Markus, y haré cuanto esté en mi mano por conseguirlo. Aunque eso suponga tener que afrontar mis traumas para intentar superarlos.

Escuchamos la campanita que indica la llegada del ascensor. Nora se quita el auricular, y todos miramos expectantes hacia las puertas.

—Hola —saluda una compañera, algo confusa por la situación.

—Buenos días —saluda Nora con una sonrisa espléndida, mientras la otra se pierde en el interior de la oficina.

Los tres nos miramos al comprobar que no hay ni rastro de Nora 2.0. Mi amiga parece particularmente feliz.

Lo que no sabemos es que la androide aparecerá mañana en el garaje.