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Elise
Son las tres de la madrugada y sigo dando vueltas en la cama. Linux, harto de tanto movimiento, me ha abandonado a mi suerte y ha ido a buscar su merecido descanso en otra parte. El sueño reparador del que disfruté en Alemania me resulta esquivo desde que volví a pisar Inglaterra.
Bajo a la cocina, donde el portátil descansa sobre la mesa. Me sirvo un vaso de agua y me siento frente a la pantalla.
En los últimos días he estado revisando ofertas de empleo en Berlín, pero obtener respuesta a alguna candidatura parece una misión imposible.
Buscar trabajo desde otro país es mucho más complicado de lo que imaginaba, y más aún siendo ciudadana británica, ya que necesito un visado que me permita trabajar en Alemania, y las empresas no suelen querer complicarse la vida.
Para más inri, a mi jefe no le hizo ninguna gracia que rechazara su propuesta de ascenso, y desde entonces siento que vivo en una especie de limbo. Williams no es tonto: sabe perfectamente que tengo la mira puesta en otro horizonte. Más concretamente, fuera de su oficina y del Reino Unido.
Resoplo, abatida.
Mis hombros se hunden bajo el peso de los pensamientos que me asolan una vez más.
Vuelvo a navegar por los mismos listados de siempre; muchos ya me los sé de memoria, pero aún conservo la esperanza de que, en algún momento, mi teléfono suene.