El caos que nos une (Lo que nos une 1) 96
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Elise

Los días pasan demasiado rápido.

Echo de menos a Nora y a Linux, sí, pero no puedo negar que desearía quedarme un poco más.

No estoy preparada para volver.

Berlín me ha devuelto algo que creía perdido: la capacidad de respirar sin la agonía que me producía la culpa o las responsabilidades; la posibilidad de ser yo misma, con el recuerdo de papá acompañándome de alguna manera, pero no como un peso, sino como parte de mi identidad y de mis raíces.

Por fin puedo decir que vuelvo a sentirme viva.

Y lo estoy logrando en la mejor compañía.

Con Markus.

Por primera vez comprendo lo que supone amar de verdad a otra persona.

A pesar del miedo inicial a abrirme por completo, dejarme llevar me ha hecho inmensamente feliz.

Estamos en la cama, el uno enredado en los brazos del otro, tranquilos. No obstante, ambos sabemos que las horas ya saben a despedida, porque mañana regreso a Londres y a la realidad de los kilómetros que nos separan.

Fuera nieva, pero la casa sigue sumida en un ambiente cálido, silencioso y perfecto.

Markus me repasa los dedos de las manos con los suyos, como si yo fuera una obra de arte digna de admirar, y me dejo hacer, sintiéndome inmensamente relajada.

—Estos días han sido como un sueño hecho realidad —confieso.

—No sabes cuánto me alegra escuchar algo así.

—Aunque me preocupa haber idealizado la vida en esta ciudad.

—¿A qué te refieres?

—A que creo que necesitaba esto, así, tal y como ha sido, con sus momentos buenos y malos. Pero, claro, aquí no tengo una rutina monótona, y tal vez por eso lo he vivido con tanta intensidad. Porque todo era nuevo y emocionante.

—Yo pienso que ha sido mejor porque estábamos juntos. Y que así será si decides quedarte.

—Puede ser… —admito, rumiando la idea—. La verdad es que no quiero irme.

—Pues no te vayas. Así de simple.

—Ojalá fuera tan sencillo.

—Lo es. El problema es que nosotros somos expertos en complicar las cosas.

Busco sus ojos, deseando colgarme de nuevo de su mirada plateada, y pienso que tal vez ese gris tan mágico acabe convirtiéndose en mi nuevo color favorito.

—Te quiero. —Se me quiebra la voz, pero, aun así, lo repito, más firme—: Te quiero como jamás creí que pudiera llegar a querer a alguien.

Es la primera vez que me atrevo a ponerlo en palabras.

Una lágrima desciende por mi mejilla, y él acerca despacio su rostro hasta atraparla entre sus labios, depositando a cambio un beso tan suave que parece un suspiro.

Vuelve a mirarme.

—Elise… —me acaricia la mejilla, contemplándome como si fuera lo más preciado del mundo—, eres mi paz, mi felicidad y mi prioridad.

Solo tú has sido capaz de entrar en mi vida para iluminarla y devolverles el color a mis días.

Significas todo para mí. Y deseo vivir lo que me quede de existencia a tu lado.

—Markus… —Las emociones me invaden.

—No solo te quiero —añade—. Te adoro… y te amo. Y, si me lo permites, pienso hacerte la mujer más feliz del universo.

Sonrío tanto que casi me duele.

—Con una condición —digo.

—¿Qué condición? —Parece sorprendido.

—Que me dejes convertirte también en el hombre más feliz y afortunado que pueda existir.

Sonríe.

—Trato hecho.

Y después me besa como solo él sabe hacerlo; nuestras lenguas se encuentran en ese particular baile que da como resultado toda una noche de confesiones y promesas, acompañadas de caricias y abrazos entre las sábanas.

Hasta que, en algún punto, me quedo dormida en el refugio que supone su cuerpo contra el mío.