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Elise
La noche ha caído ya hace rato sobre la ciudad y Markus conduce en silencio, con ambas manos en el volante y la mirada fija en la carretera. Yo no puedo dejar de mirar a mi alrededor tratando de evadir mis pensamientos. Es Nochebuena. Y, por primera vez en mi vida, no voy a pasarla con papá.
Respiro hondo y me obligo a centrarme en el presente.
Estoy aquí, con un hombre maravilloso que me quiere, al que yo también quiero.
Uno que ha decidido tenderme la mano y compartir conmigo estas fiestas.
Y, por alguna razón, eso me ayuda a no sentirme tan…
perdida. Aunque no hace que deje de doler.
Casi sin que me dé cuenta, las calles se vuelven más estrechas y elegantes, con urbanizaciones protegidas por setos altísimos que resguardan casas que prometen ser enormes.
Sobresalen de ellos las puntas de los abetos, que deben de ser descomunales y están decorados con esferas y luces acordes a la época en la que nos encontramos.
Un par de minutos después, el coche se detiene ante una verja metálica pintada de marrón oscuro, que Markus abre con un mando que lleva en la guantera.
Accedemos por un camino de grava flanqueado por árboles altísimos, los cuales ocultan hasta el último segundo la vista de la mansión, que se eleva grandiosa, sumida en esa calma fría del invierno.
Mi mandíbula se desploma por un segundo ante la panorámica, que bien podría ocupar la portada de una revista de lujo.
—Parece que Max ya está por aquí —comenta mi novio mientras aparca en la entrada, junto a un SUV negro de gama alta y ruedas imponentes con pinzas de freno rojas, que brillan incluso bajo la tenue luz del jardín.
Yo soy incapaz de decir nada, y Markus repara en mi nerviosismo.
—¿Qué pasa? —pregunta sin dejar de observarme.
—Es que… tal vez debí ponerme otra ropa.
—Estás perfecta así. No te preocupes, Elise.
—Pero tus padres…
—Ayer les caíste bien. Relájate, de verdad. Confía en mí.
—Vale… —murmuro, no muy convencida. Me invaden las dudas. Anoche me vieron enfundada en un Dior impresionante y hoy llevo un jersey de lana rosa palo que me tejí hace tres años.
—¡Buenas noches a los dos! Pasad, pasad… —Sabine nos saluda con entusiasmo.
Markus se adelanta para darle un abrazo rápido, y ella enseguida se centra en mí.
—Elise, querida, anoche apenas pudimos hablar, pero espero que hoy podamos conocernos mejor —dice. Su sonrisa parece sincera, aunque algo en mi interior me dice que me está evaluando.
Para mi sorpresa, me ofrece un abrazo, que acepto, algo tensa pero agradecida.
Nos conduce hasta un amplio salón decorado con un gusto exquisito.
En realidad, todo en la casa destila elegancia clásica, de la de las películas: techos altos, madera oscura y una chimenea encendida que aporta la atmósfera perfecta al momento.
Max y Hans están junto a un carrito de bebidas, charlando, con un vaso de whisky en la mano cada uno, pero los dos nos brindan toda su atención al vernos llegar.
Para mi alivio, todos los presentes visten con jerséis de punto, excepto Sabine, que lleva una blusa de seda que le queda impecable.
—Markus, ¿un whisky ? —pregunta su padre, alzando el vaso en señal de ofrecimiento.
—Claro que sí, por favor.
—¿Y tú, Elise? ¿Te sirvo uno?
—Eh…, no, gracias.
—Hans, estoy seguro de que Elise tiene un gusto más parecido al mío —interviene Sabine—. ¿Te apetece una copita de champán?
—Eso definitivamente me convence más —respondo, aliviada y con una sonrisa.
—Bueno, Elise, cuéntanos. ¿De qué parte de Alemania era tu familia? —se interesa Hans.
—De Frankfurt, aunque ya no me queda ningún pariente allí.
Él no dice nada más, y los chicos se abstraen en una conversación en la que el objetivo parece ser picar a Max con respecto a su ajetreada agenda y apostar si cierto equipo ganará el partido de fútbol o no.
Sabine no tarda en colocarme la prometida copa en la mano, y decido tratar de acercarme a ella.
—La casa es preciosa —comento.
—Gracias, querida. Yo estoy enamorada del jardín. Ya verás lo bonito que se pone en primavera.
Que, en medio de tantas dudas, y con todo lo que me pesa dentro, me hable de futuro de una forma tan natural se asemeja casi a un abrazo.
Más tarde, una mujer que debe de pertenecer al servicio nos avisa de que ya se puede pasar al comedor, donde una mesa disparatadamente grande, y decorada con flores naturales, nos da la bienvenida. No voy a mentir: me resulta muy difícil sentirme del todo cómoda entre tanta grandeza.
—Espero que tengáis hambre —anuncia Sabine cuando pasamos y nos sentamos.
—Oh, sí —dice Max, entusiasmado al ver los platos.
—Todo tiene una pinta estupenda —comento—. Muchísimas gracias por invitarme.
—Nos alegra poder tenerte con nosotros en una noche como la de hoy —tercia su padre, y Sabine asiente con la cabeza.
Markus posa su mano sobre la mía para darme un apretón cariñoso y Max me dedica una sonrisa auténtica.
La cena transcurre tranquila, en un ambiente mucho más distendido de lo que imaginé. La conversación fluye entre anécdotas, piques simpáticos de los hermanos y algún que otro chiste malo de Hans que arranca sonrisas a todos, incluso a Sabine, quien finge indignarse, sin demasiado esfuerzo.
Después regresamos al salón para continuar la velada junto a la chimenea, y el agradable crepitar del fuego nos acoge. Max y Markus ahora sostienen sendos vasos de agua con gas y rodajas de limón, como en la comida. Ambos conducirán más tarde, y son muy responsables con esa cuestión.
—Bueno, antes de que os vayáis tenemos que repartir los regalos —dice Sabine, ilusionada.
Por un instante, me parece que Markus cruza una mirada cómplice con Max, quien se levanta y se acerca a mí con una cajita celeste en las manos.
—¿En serio queréis que empiece yo? —pregunto, algo cortada.
No esperaba que me incluyeran esta noche, más aún teniendo en cuenta lo precipitado que ha sido el que viniera a cenar con ellos.
Como no lo tenía previsto, me sumé en el último momento a colaborar con los regalos que Markus ya tenía comprados.
—Por favor, ábrelo ya —me anima Hans con una sonrisa divertida.
Al repasar los gestos de todos, no puedo evitar preguntarme si me estaré perdiendo algo.
Cojo la caja con cuidado y desato el lazo blanco.
Al abrirla, descubro un llavero del que cuelga una pequeña vaca blanca de plástico, con manchas negras y una expresión bobalicona de felicidad.
Frunzo el ceño, desconcertada, hasta que veo un pequeño botón en el costado.
Lo pulso, y la vaca muge. El sonido es tan ridículo que me entra la risa.
Por fin lo entiendo. Miro a Markus, quien me extiende un brazo por los hombros, mirándome con ternura.
Me cuesta pronunciar cualquier palabra debido al nudo que se me forma en la garganta.
—Esto es… —Trato de hablar mientras las lágrimas se agolpan en mis ojos—. Me encanta. Gracias, Max. De verdad.
—Sabía que te gustaría —responde él con su habitual sonrisa.
—Les conté la tradición que tenías con tu padre de daros un regalo absurdo antes del de verdad.
—Se nos ocurrió que podríamos adoptar esa costumbre esta noche. Nos pareció una forma preciosa de honrar su memoria e intentar que te sientas un poco más en casa —explica Sabine. Hans asiente con la cabeza.
Sus palabras y el detalle me llegan al corazón de una forma que no puedo verbalizar, y finalmente una lágrima se abre camino por mi rostro.
—Gracias —repito, emocionada y encantada por el gesto—. No sabéis lo mucho que significa para mí.
Todos sonríen comprensivos mientras Markus me sostiene bajo su brazo, sin separarse de mí. Estoy convencida de que, a pesar de todo, estoy justo donde debería estar. No necesito nada más.