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Markus
¡Maldita sea!
Williams me ha echado a los leones para que intente venderle algo a este tipo y después se ha escabullido como si nada.
Llevo más de quince minutos sonriendo y fingiendo que lo que digo tiene sentido, cuando en realidad lo único que hago es pensar una y otra vez en Elise. Estoy fallando a mi promesa, y me juré no volver a hacerlo.
En la vida hay prioridades, y ella es la primera de todas para mí. Así que, con toda la educación que me inculcaron, decido poner fin a la conversación. Insisto en que lo contactaré por e-mail para concertar un encuentro y salgo de ahí quizás más rápido de lo que debería.
Miro en derredor y localizo a Sophie riendo en un corrillo, pero Elise no forma parte de él. Busco a mis padres. Tampoco está allí.
Williams, sí, pero no con ella.
Por fin, la diviso junto a una pared. Está con Max, tiesa como un palo, con la vista clavada en su copa de champán.
Me acerco y, cuando ella me ve, sus hombros parecen distenderse.
—Voy a matar al capullo de Williams —le susurro al oído—. Pero ya estoy aquí.
Ella sonríe, y estrecho la mano de los dos tipos con los que Max está charlando.
—Si nos disculpáis… —digo, posando una mano en la cintura de Elise para llevármela lejos del ruido, hacia el palco que ocupará mi familia más tarde.
Ahí, el silencio es casi absoluto.
Abajo, en el patio de butacas, algunas personas ya han tomado asiento. Ella observa todo con asombro antes de elegir la última silla, la que queda más cerca de la cortina que esconde la puerta. Yo me siento a su lado.
—Si lo prefieres, no tenemos que quedarnos a la cena de después —le propongo.
—¿Y qué excusa pondrías? —pregunta, aunque sé que la idea la tienta.
—Que me duele la cabeza.
Ella ríe por fin.
—¿No resultaría más creíble que lo dijera yo?
—¿Acaso un hombre no puede tener jaqueca?
Me mira con esa ternura que solo ella puede albergar en una mirada, y después niega con la cabeza.
—No, Markus. Estoy aquí y me quedaré hasta el final. Lo último que quiero es que tu familia me odie.
—Max no te va a odiar.
—Puede que él no, pero ¿qué hay de tus padres? —suspira—. Se trata de hacernos el camino más sencillo, no de ponernos piedras delante.
—Está bien —cedo, esbozando una sonrisa—. Pero que sepas que la oferta seguirá en pie por si en algún momento de la noche necesitas acogerte a ella.
—Vale. Lo tengo en cuenta. Y te lo agradezco, de verdad.
Estoy a punto de besarla, cuando escucho la voz de mi madre detrás de nosotros.
—¿Ya estáis aquí? —pregunta con una sonrisa.
—¡Qué impacientes! —comenta mi padre, también de buen humor.
Max llega unos pasos por detrás.
—Elise, querida, ¿te gusta la ópera? —inquiere mi madre.
—Pues… es la primera vez que asisto.
—¿Y qué haces sentada en la peor silla de todas? —Alza las cejas—. Ven, ven, siéntate aquí, conmigo.
—Mamá… —empiezo, pero Elise me interrumpe:
—Eh…, está bien.
Me lanza una mirada rápida antes de obedecer. La silla que deja libre la ocupa Max, quien me da una palmada en el hombro para que me relaje.
Observo como las dos comienzan a conversar. Elise está atenta, sonriente, midiendo cada palabra. Sé que intenta agradar y que quiere que todo salga bien.
Y aunque una parte de mí agradece el esfuerzo que está haciendo, la otra solo desea que esta noche termine pronto y pueda volver a tenerla a solas, lejos de todo. Y es que cuando la invité a venir a Berlín, nada de esto entraba en mis planes.