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Elise
El coche se para frente a la Ópera de Berlín, un edificio que vi por primera vez hace tan solo unos días y que jamás sospeché que visitaría por dentro para acudir a uno de sus espectáculos.
Al menos, no en estas condiciones. Yo, que nunca he ido a una ópera, no sé qué esperar ni con qué compararlo, más allá de las imágenes que busqué en internet.
Alguien nos abre la puerta del coche desde fuera y Markus es el primero en salir.
Unos pocos flases le dan la bienvenida mientras extiende la mano hacia mí.
Respiro hondo antes de tomársela y él me ayuda a salir del vehículo.
Un fogonazo de luz blanca me paraliza unos instantes, pero no termina ahí: de pronto es como si todas las cámaras del mundo apuntasen hacia nosotros.
Markus me aferra con seguridad a su brazo, pero yo me siento clavada en la alfombra roja.
—Respira —me susurra al oído, pero no puedo. Los nervios se han apoderado de mí y soy incapaz de reaccionar.
Le estoy fallando antes siquiera de haber comenzado. Voy a desmayarme en cualquier momento. No puedo protagonizar otro vídeo de YouTube, o peor: seguro que me convertiré en un meme internacional, de esos que se envían por WhatsApp en formato GIF.
—Elise. —Su tono se vuelve más firme. Me sujeta por la cintura y me insta a mirarlo—. Respira.
Respiro.
—Mírame a los ojos.
Lo miro.
Poco a poco me invade esa calma que solo él logra transmitirme.
—Así. Todo va bien. Tú solo mírame a mí.
Asiento con la cabeza y entonces me besa, logrando que mis pensamientos intrusivos, junto con el resto del mundo, queden silenciados. Todo a nuestro alrededor se apaga: el sonido de los flases, las peticiones de los fotógrafos…
Cuando nos separamos, sigo prendida de su mirada gris. Ya no me fijo en las personas que nos rodean, ni en el ruido de fondo; simplemente, avanzamos. Markus mira al frente y yo lo miro a él mientras me guía.
Una vez dentro, Max nos recibe con su habitual sonrisa.
—Menuda entrada triunfal —comenta, alzando las cejas.
—Déjalo… —le advierte Markus.
—Vale, sí, tienes razón.
—Markus, Maximilian —escucho detrás de nosotros, y una señora impecable, ataviada con un vestido negro que le queda espectacular, aparece ante nosotros. Antes de que me la presenten, sé, por sus ojos, de quién se trata. Sin duda es su madre.
Trago saliva cuando su mirada se posa en mí y me escanea. Literalmente.
Yo intento esbozar una sonrisa lo más natural posible y, por fin, ella me devuelve el gesto.
—¿Es que no me vais a presentar a esta encantadora mujer que hoy nos acompaña?
—Mamá, ella es Elise, mi novia.
La palabra «novia» me atraviesa. Oírla de boca de Markus, delante de todos, me produce sorpresa, orgullo y algo que no sé si es amor o vértigo, pero que me roba el aliento. Soy su novia, ya lo sabía, pero no nos habíamos visto en la tesitura de que me presentase como tal.
—Elise —continúa Markus—, ella es Sabine, nuestra madre. Y él es Hans, nuestro padre.
El hombre que se acerca es tan alto como sus hijos, de cabello canoso y gesto afable.
—Un placer, Elise. Estábamos deseando conocerte. Markus nos ha hablado mucho de ti.
—Así que eres medio alemana. Qué curioso —añade Sabine, con una sonrisa que yo no sabría definir.
Yo también sonrío, porque no sé qué otra cosa hacer o decir. Max interviene, y le agradezco mentalmente que nos eche un capote.
—No os he contado la última sobre los contratos de Weber —dice, desviando la atención.
—¿Ah, sí? —se interesa su padre.
Markus aprovecha para que nos hagamos a un lado, y entonces nos topamos con Williams y su mujer. ¡Por fin una cara conocida!
—Pero ¡qué sorpresa! —exclama mi jefe, dándome un toquecito en el brazo—. ¡Si es que lo sabía! Cuando el río suena…
—Hola, Elise —me saluda su esposa, que sostiene una copa de champán casi vacía en la mano con la que no sujeta el bolso.
Es más alta que yo. Su cabello negro contrasta con su tez pálida, y sus ojos castaños resultan como una extensión natural de su sonrisa sincera.
—¡Sophie! ¡Cuánto tiempo! —exclamo, sintiéndome de pronto más relajada. Sé que Markus lo nota, porque afloja el brazo que aún mantiene en mi cintura.
—Esperaba encontrarte en la fiesta navideña de la oficina el viernes por la noche, pero ya veo que tenías un plan mejor.
Me guiña un ojo, y a mí se me escapa una risa nerviosa mientras siento que mis mejillas se sonrojan.
—Por cierto, ¡estás divina! —añade.
—Gracias. Tu vestido me encanta. El morado te queda increíble.
—¡Eres un encanto, gracias!
—Elise, ¿conseguiste hablar con Roger? Lo de la agenda no se soluciona.
—Le escribí un correo ayer, pero no me ha respondido.
—Será posible… —Luego se dirige a Markus—: Por cierto, he visto a Hugo; necesito que vayamos a hablar con él, aunque será mejor que le entres tú, que lo conoces mejor. Intuyo que el proyecto para las tripulaciones le va a interesar mucho.
Markus me mira y leo la duda en sus ojos, seguramente por su promesa de no separarse de mí.
—Oh, ya se van a poner aburridos… —masculla Sophie—. Id a hacer lo que queráis. Elise y yo nos vamos a por otra de estas.
Señala su copa, ya vacía, y yo le hago un gesto a Markus para que acompañe a Williams tranquilo. Sophie es una buena opción con quien pasar el rato sin sentirme apabullada o ansiosa.
Las dos compartimos un rato agradable, aunque más breve de lo que yo imaginaba. Unas mujeres la reclaman desde lejos y Sophie se disculpa conmigo para ir hacia ellas, dejándome sola entre una columna de mármol y la pared.
Williams aparece entonces caminando sin rumbo, oteando entre el gentío.
—Elise, ¿has visto a mi mujer?
—Eh… —El grupo con el que se marchó ya no está a la vista— Se fue por allí.
—Bueno… —Parece resignado—. Ya aparecerá. Aquí suele coincidir con amigas, ya sabes.
—Sí —respondo, por seguirle la corriente.
Hace una pausa, en la que se ajusta la chaqueta y me mira con cierta emoción.
—¿Sabes qué? Pensaba esperar a comunicártelo en Londres, pero, ya que estamos aquí…, ¡allá va! ¡Notición! Voy a reestructurar parte de la compañía, y creo que tienes potencial para ocupar un puesto más próximo a la dirección.
—¡Vaya! —Eso no me lo esperaba—. Yo… ¡no sé qué decir!
«Oh, oh…», resuena en mi cabeza.
—Sabes que valoro tu trabajo, y, definitivamente, necesitamos más gente como tú para que la empresa siga funcionando bien.
—Gracias, de verdad.
—En fin, no quiero agobiarte con esto ahora, pero, cuando pasen las fiestas, hablaremos. Tenemos mucho que planificar.
—Sí… ¡Qué sorpresa! —Bebo un sorbo de champán para ahogar mis pensamientos y las palabras que no consigo expresar.
No puedo decirle ahora que estoy considerando dejar mi puesto, y mucho menos que barajo la idea de trasladarme a Berlín.
—Bueno, luego nos vemos. —Y se aleja entre la multitud.
Me quedo inmóvil, con el corazón acelerado. Doy unos cortos pasos hacia atrás, buscando refugio tras la columna, pero entonces choco con alguien. Una espalda firme.
Me giro y… no puede ser.
¿Estaba ahí todo el tiempo? ¿Nos habrá escuchado?
—Elise —dice Max, sonriendo—, ¿te han dejado sola?
—Eh…, sí, eso parece.
—Ven, te presento a George y Matt, unos amigos de Dublín.
—Encantada. —Me obligo a sonreír mientras me uno al grupo.
Por la conversación distendida que mantienen, deduzco que Max no ha escuchado nada. Siendo sincera, una parte de mí siente un profundo alivio.
Y ya sé que ni siquiera ha comenzado el espectáculo, pero ¿puede terminarse ya la noche, por favor?