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Elise
Markus conduce hasta el garaje de un edificio acristalado de cinco pisos.
—¿En qué planta estás tú?
—¿Planta? —Me mira divertido—. Elise, el edificio entero es mío.
—¡¿En serio?! —No puedo evitar hablar más alto de lo que debería.
Subimos hasta el vestíbulo, donde una de las dos recepcionistas me entrega una tarjeta de visitante con la que podré moverme por el edificio y salir más tarde por los tornos sin problemas.
Después, él me guía por los pasillos, mostrándome algunos departamentos, mientras encadena anécdotas y datos que me hacen sonreír.
El laboratorio de pruebas es, sin duda, lo que más me llama la atención. Hay varios prototipos de gafas de realidad virtual, brazos robóticos y un montón de artilugios que parecen sacados de una película de ciencia ficción.
Markus me observa en silencio, con una expresión que mezcla orgullo y ternura.
—Ahora mismo somos quinientos treinta y cuatro empleados —me explica mientras avanzamos—. Y, si todo va según mis planes, me gustaría abrir una sucursal en Zúrich en un par de años.
—¡Caray! —respondo, impresionada—. Esto no tiene nada que envidiarle a la oficina de Londres. De hecho, ahora esa me parece un tugurio en comparación con lo que tienes aquí montado.
Markus ríe y me abre la puerta de su despacho. El espacio es amplio, sofisticado, y sin indiscretos tabiques de cristal. Hay un gran ventanal que deja entrar la luz y contemplar las calles y edificios aledaños, creando un ambiente muy acogedor.
—En Londres estáis más enfocados en el producto —me explica—. Aquí, además, ofrecemos gestión de talento y recursos a las empresas que buscan externalizar servicios.
—Lo entiendo, sois más polivalentes. No metéis todos los huevos en la misma cesta.
—Exacto.
Recorro con la mirada los estantes llenos de libros técnicos y repaso el lomo de uno que me llama la atención.
—A veces siento que en Londres ya no puedo crecer más —comento mientras sigo ojeando los títulos—. Por eso me siento un poco… estancada. Williams debería darle una vuelta a eso. Muchos compañeros se van por lo mismo.
—Lo sé, y él también, créeme. Y tú podrías tener muchas más opciones de las que imaginas si llegas a plantearte un cambio.
Me giro hacia él sin entender muy bien a qué se refiere.
—¿Opciones?
—Aquí, por ejemplo. No lo digo como una propuesta formal, solo… me gustaría tenerte más cerca.
Eso me pilla por sorpresa.
—Markus…
—Ya hemos trabajado juntos y ha funcionado bien. Y no quiero que te sientas presionada, de verdad. Es solo que no soporto la idea de tenerte en otro país, a kilómetros de distancia.
Su sinceridad se me clava en el pecho. Las palabras salen de lo más profundo de mi alma sin pararme a evaluar los riesgos de tal confesión:
—Yo tampoco quiero estar tan lejos de Berlín. De ti.
Me toma las manos, esperanzado.
—Pero… —continúo, buscando las palabras adecuadas— entiende que debo encontrar mi propio camino, en lugar de trabajar para ti. Al menos al principio.
—Lo entiendo. —Me aparta un mechón de cabello y lo coloca detrás de mi oreja—. Pero entonces, ¿puedo interpretar tus palabas como la esperanza de que vendrás a Alemania?
—Quiero hacerlo, pero todavía no sé cómo ni cuándo.
Me acaricia la mejilla con delicadeza.
—Por ahora, me basta con eso. —Acerca su rostro al mío, fundiéndonos en un beso que promete mucho más que las palabras.