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Markus
Salgo de la ducha con una toalla en la cintura y miro el móvil, que descansa sobre el mármol del lavabo. Tengo varios mensajes de Max y una llamada perdida de mamá.
Aprieto los labios, pesaroso; ninguno de los dos parece aceptar mi decisión de desvincularme de los compromisos sociales de la familia.
Bueno, Max lo hace a medias, ya que insiste en que al menos le dé una oportunidad al evento de mañana, pero me niego a exponer a Elise así.
No puedo. Y menos en su estado ahora mismo. Necesita paz, tiene que descansar.
Observo su cepillo de dientes junto al mío y me reafirmo en mi decisión de mantener lo nuestro tal y como está.
Vuelvo a dejar el teléfono en su sitio. Demasiado pronto para lidiar con eso ahora mismo.
Después de secarme el pelo, camino hacia el vestidor para elegir un traje con el que acudir a la oficina.
Mi secretaria no ha conseguido liberarme toda la agenda, pero al menos ha concentrado lo más importante en la jornada de hoy, así no tendré que volver en unos cuantos días y podré quedarme con Elise y disfrutar del tiempo juntos. Eso es lo que realmente me apetece.
Cuando salgo del vestidor, ella sigue en la cama, adormilada, con el pelo revuelto sobre la almohada, y lo único en lo que pienso es en las ganas que tengo de volver a amarla de nuevo durante horas.
Empezar la mañana con esta sensación en el pecho es mucho mejor que cualquier otra cosa en el mundo; ojalá pueda conservarla para siempre. Ese sería el mejor regalo.
—Buenos días. —Sonríe al verme. No ha dejado de hacerlo desde que llegó a Berlín.
—Hola, mi amor.
—¿Mi amor? —repite, estirándose—. ¿Los alemanes decís esas cosas?
—¿Intentas burlarte de mí?
—Quizás… Pero es la primera vez que me llamas así.
—¿Y no te gusta? —Me acerco para darle un beso.
—Me encanta, mi amor.
Yo sonrío, divertido.
—¿Has descansado bien?
—Mejor que bien, de verdad.
—Me alegra saberlo. —Me anudo la corbata sin poder dejar de mirar a Elise.
—¿Puedo acompañarte hasta el trabajo y luego me voy por ahí a turistear?
—¡Claro! Te enseñaré la empresa por dentro, ¿qué te parece?
—Eso suena estupendo.
—Si quieres, puedes quedarte en la oficina hasta que termine. A partir de la hora de comer seré libre y podremos hacer lo que quieras.
—Gracias, pero no quiero correr el riesgo de toparme con Williams cuando te visite. Prefiero recorrer los alrededores y tomar café en algún sitio hasta que te liberes.
—Me parece un buen plan.
Se queda observándome.
—¿Qué?
—Nada… Es solo que en Londres te compré un regalo. Pensaba dártelo en Navidad, pero… ¡Espera aquí un momento!
Sale de la cama y corretea hacia el vestidor con su pijama rosa, lo que me saca otra sonrisa. Me gusta que haya llenado mi espacio con su presencia, con sus cosas, con esa luz suya tan especial que ilumina cada rincón de mi casa y de mi corazón.
Cuando regresa, me tiende una caja fina y rectangular, envuelta en papel verde.
—¿Para mí?
—¿Para quién si no? ¡Ábrelo!
Me río al descubrir unos tirantes azul marino estampados con muñecos de nieve.
—¡Me encantan! —Y lo digo en serio.
—¿Sí? —Ella se muerde el labio, expectante.
—Pienso usarlos todas las fiestas. Es más, voy a llevarlos hoy a la oficina.
Elise sonríe, y en ese gesto hay algo tan puro y bonito que todo lo demás pasa a un segundo plano.