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Elise
Me despierta la luz del día que se cuela entre las finas cortinas lisas que cubren las altas ventanas de la habitación.
Estoy realmente descansada y… feliz. Una sensación que no tenía desde hace tanto tiempo que casi había olvidado cómo era.
La respiración acompasada de Markus detrás de mí me sugiere que sigue dormido. Me rodea con un brazo, atrayéndome hacia él incluso en sueños. Con cuidado, me giro y lo observo relajado, en nuestro pequeño paraíso de sábanas blancas.
Entonces parpadea, inspira largamente y, al abrir los ojos, los posa en mí.
—Buenos días —digo, sin poder esconder una sonrisa.
—Buenos días. —Su brazo se afianza aún más en mi cintura, como si temiera que fuese a alejarme—. ¿Has dormido bien?
—Mejor que bien. No sé si será la cama o la compañía, pero me ha sentado de lujo.
Por fin, una sonrisa en su rostro.
—O puede que la forma en la que nos dormimos.
—Sin duda le dedicamos horas… —Me muerdo el labio inferior al recordar la noche pasada.
Markus ríe y me planta un beso en la frente.
—Bueno, ¿y qué te apetece que hagamos hoy? Tengo todo el fin de semana reservado para ti.
—Pues… tal vez podríamos seguir donde lo dejamos anoche, y después ya vamos viendo. ¿Qué te parece?
—Me parece que eres mi pequeña perdición… —susurra—. Pero me encanta.
Y de nuevo se hace con el control antes de que me dé cuenta. Atrapa mis labios entre los suyos y enreda sus piernas con las mías, dispuestos los dos a volver a perdernos en el otro.
Cuando salimos de casa, ya es más de mediodía. Hemos desayunado tarde, pero en abundancia, así que nos lanzamos a recorrer las calles con intención de aprovechar las pocas horas de luz que quedan.
Los dos vamos bien pertrechados con abrigos de plumas, gorros y bufandas de lana y unos buenos guantes. Markus aparca en pleno centro, y desde allí empezamos por la puerta de Brandeburgo, donde nos hacemos unos cuantos selfis, riendo, mientras el aire frío nos enrojece las mejillas y la nariz.
En una calle menos concurrida, me fijo en el escaparate de una librería y un rincón dedicado a literatura infantil, lleno de peluches y ediciones ilustradas.
Entre todos, un ratón con pinta de sabio y gafas redondas, que custodia un ejemplar de Rapunzel , llama mi atención.
Algo en mi interior se encoge. Cuando aparto la mirada, mis ojos tropiezan con una edición preciosa de Hansel y Gretel , lo cual tampoco ayuda.
—Los hermanos Grimm —comenta Markus a mi lado, siguiendo la dirección de mi mirada.
Me esfuerzo por contener un ligero sollozo.
—Elise, ¿estás bien?
Niego con la cabeza y me escondo en la bufanda, como si esta fuera a protegerme de los sentimientos que comienzan a abrumarme.
—Mi padre… —consigo decir—. Me leía esos cuentos en alemán por las noches, cuando era pequeña. Trataba de ponerles voces diferentes a los personajes en sus diálogos, aunque le salía muy mal.
Una lágrima desciende por mi rostro mientras sonrío.
Él suelta mi mano y me extiende el brazo por la espalda, para envolverme con su cuerpo.
No dice nada, pero sé que lo entiende. Y también sé que en cualquier esquina volveré a toparme con algo inesperado que me desgarre por dentro, que me transporte al pasado, porque este país parece empeñado en que lo recuerde.
Este fue el inicio de su historia, su mundo, y ahora yo lo recorro de la mano de Markus, quien, pese a todo, consigue que duela un poquito menos.
—Este país guarda una parte de ti, Elise. Tu padre comenzó aquí su vida… y tal vez regresar a tus raíces sea el primer paso para retomar la tuya, a tu manera.
Suspiro, dando vueltas a sus palabras, que me dan que pensar.
Continuamos caminando por amplias avenidas, rodeados por el bullicio de los turistas, un coro que entona villancicos y el olor a castañas asadas de un puesto cercano.
Markus me cuenta detalles sobre el pasado reciente de la ciudad, que fue dividida después de la guerra, y cómo, a pesar de las cicatrices, Berlín consiguió reinventarse.
Lo escucho un poco más animada y también fascinada con él y con la pasión con la que relata pedacitos de una historia tan dura y difícil.
—Es una ciudad complicada —explica—. Estuvo rota, y hay que saber entenderla para amarla como se merece.
Sonrío, invadida por la ternura con la que habla del lugar en el que vive, y que ahora comparte conmigo.
—Supongo que resurgió gracias al cariño y dedicación que le pusieron —comento.
Me mira. Ambos sabemos que ya no hablamos solo de Berlín.
—Gracias, Markus —susurro, deteniéndonos en mitad de la calle—. Por lo que has hecho… y sigues haciendo por mí.
Él alza una mano enguantada y me acaricia la mejilla con una delicadeza que me hace sentir de nuevo mariposas en el estómago. Se inclina y junta nuestros labios, dándome uno de esos besos capaces de calentarme hasta el alma.