El caos que nos une (Lo que nos une 1) 85
83%

85

Elise

Cuando el coche avanza por avenidas más transitadas y decoradas con luces, sé que estamos en el centro. No puedo evitar mirar hacia todas partes con la boca abierta.

Había estado en Frankfurt y en Colonia, pero nunca en Berlín, y no sabía qué esperar cuando lo visitara.

Desde luego, jamás imaginé esta agradable sensación.

Estoy segura de que me hallo en la mejor compañía para descubrir la capital alemana, y me hace inmensamente feliz que estemos juntos de nuevo.

En parte ha sido gracias a él. Markus no se ha rendido.

Aunque tuviera que poner kilómetros de distancia, ha seguido ahí.

Suspiro mientras contemplo las calles; no puedo evitar pensar en papá. Él nació y creció en Frankfurt, pero estar en su país me conecta con su idioma y sus raíces, por lo que me siento un poquito más cerca de él, esté ahora donde esté.

Mis pensamientos descarrilan cuando el coche se detiene frente a un portón, y me obligo a recuperar la alegría.

—¿Vives aquí? —pregunto al ver la fachada.

—Sí, en el ático.

Inclino la cabeza, intentando atisbar algo más allá del parabrisas. Sin embargo, no consigo divisar el tejado del edificio desde aquí, ya que el coche avanza hacia el interior del garaje.

Pensé que estaría más nerviosa, pero es al contrario. Con Markus siempre me siento extrañamente tranquila, como si mi corazón reconociera algo que mi cabeza aún intenta entender. Y eso me confirma que estoy en el lugar correcto, con la persona indicada.

Cuando subimos, lo primero que percibo al entrar es un sutil aroma a flores, dulce y con leves notas amaderadas. Es como si la casa me diera la bienvenida con un cálido abrazo.

Avanzo despacio, sin poder dejar de mirar a mi alrededor.

Los techos son altos; los suelos, de madera envejecida, y los muebles, oscuros, probablemente de nogal.

Las paredes en tono marfil y las luces suaves hacen que el conjunto resulte acogedor y elegante.

Apenas hay decoración, salvo un gran cuadro abstracto sobre un sofá esquinero que parece invitar a sentarse.

Un piano de pared y un carrito con botellas llenas de líquidos ambarinos captan mi atención, hasta que mis ojos se detienen en los ventanales que dan a la terraza.

Me acerco a curiosear más. Desde allí contemplo parte de la majestuosa ciudad de Berlín, iluminada, imponente, y casi mágica al dejarse descubrir así.

Agarro con más fuerza el ramo, que todavía no he soltado, y me giro hacia Markus, quien me observa, nervioso y expectante, con su abrigo doblado en el brazo.

—Bueno… —Se pasa la mano por la cicatriz y sonríe—. Bienvenida a casa.

No dice «a mi casa». Me está incluyendo en su hogar, y eso me enternece.

—Esto es… realmente increíble. No me lo imaginaba así.

—¿Y cómo lo imaginabas? —Deja el abrigo en el sofá y se acerca un poco a mí.

—La verdad, no lo sé. Quizás más parecido al piso de Londres. Algo más pequeño, ultramoderno y gris.

Él ríe, y me encanta oírlo.

—Ese sitio era frío y triste —reconoce, negando con la cabeza.

—Esto, en cambio, parece una extensión de ti —le digo, observando a mi alrededor—. Y me gusta mucho.

—Gracias, supongo.

Nos miramos unos segundos y luego bajo la vista a las flores.

—¿Podemos ponerlas en agua? Son preciosas.

—Por supuesto —responde—. Y después te enseño tu habitación.

—Ah…, sobre eso… —Me sonrojo—. Ya sé que me hablaste de una habitación de invitados, pero…

—¿Pero…? —Me anima a continuar, alzando las cejas.

—Tal vez podríamos compartir la misma.

—Me gusta la idea.

Nos quedamos un instante en silencio, mirándonos, hasta que él reduce la distancia entre nosotros. Primero coge el ramo y lo posa sobre la parte superior del piano, con cuidado de no estropear las flores; después me ayuda a quitarme el abrigo.

—Mucho mejor así, ¿no crees?

No digo nada. Toda mi atención se centra en sus preciosos ojos plateados, que tanto echaba de menos.

—Tenía miedo de que al verte después de tanto tiempo las cosas fueran distintas —confieso.

—¿Y?

—Me alegra que tus brazos sigan siendo el único lugar en el que siento que debo estar.

—Es mutuo, Elise.

Me envuelve en un maravilloso abrazo en el que no pierdo de vista su mirada, que también parece sumergida en la mía. En algún momento nuestras respiraciones se mezclan, en una distancia que inevitablemente termina desapareciendo del todo.

El beso llega despacio, buscado por ambos a la vez; es suave, paciente y delicado. No hay urgencia, solo el deseo de reencontrarnos, sabiendo que ahora sí disponemos de todo el tiempo del mundo.

Una de sus manos asciende hasta encontrar mi mejilla, y las mías recorren su cabello, encendiéndonos poco a poco.

Nuestras bocas se separan unos instantes para recuperar el aliento. Markus apoya su frente en la mía, intentando recomponerse.

—Quédate conmigo —susurra.

Siento su miedo, su vulnerabilidad, y eso me rompe un poco por dentro, pues siempre ha sido él quien ejercía de eslabón fuerte en esta relación.

—No pienso irme a ninguna parte nunca más. —Lo digo totalmente en serio—. Solo quiero estar contigo, Markus.

No sonríe, no dice nada, solo me mira a los ojos, serio y pensativo.

Quiere creerme, y yo quiero que confíe en mí.

Entonces me tiende las manos con las palmas hacia arriba, para que yo se las tome, y me guía despacio hacia su habitación, pintada con colores acordes al resto de la casa, y donde hay una cama enorme que promete albergar mucho más que sueños.

No me suelta, pero permanece atento a cada una de mis reacciones.

—Quiero sentirte muy cerca —susurro, intentando que mis palabras le transmitan todo lo que deseo—. Necesito tenerte.

Su mirada se enciende al escucharme, y me atrevo a guiarlo hasta el extremo de la cama y hacer que se siente. Paso mis manos por las solapas de su americana para quitársela.

—Echaba de menos los tirantes —comento, sonriendo.

Él deja escapar una risa suave y, acto seguido, me toma por las caderas, atrayéndome hacia sí hasta que caigo sobre la colcha blanca. De un solo movimiento ha recuperado el control, pero no me importa: quiero entregarme por completo.

A él.

A este momento.

A las sensaciones que solo Markus es capaz de provocarme.

Y, así, entre besos y caricias, dejamos que la distancia se disuelva, despojándonos sin prisas de la ropa, confiando en el otro, dispuestos a amarnos y a recuperar todo el tiempo que, de alguna manera, sentimos como perdido.