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Elise
Han pasado treinta y cinco minutos desde que le envié el mensaje. He revisado la bandeja de entrada como veinte veces y el gato ha comenzado a mirarme raro.
Estoy nerviosa. Pienso en si él se sintió igual cuando yo lo hice esperar horas hasta obtener una respuesta.
Por suerte, parece más benevolente que yo, y no tardo en recibir la notificación en el móvil.
De: Markus Schröder
Asunto: RE: RE: Proposición
Hola, Elise.
Ya estoy en casa. Puedes llamarme cuando quieras.
Un abrazo.
M.
No me hago de rogar. Marco su contacto de forma instantánea.
—Hola —me saluda.
—Hola.
—¿Cómo estás?
—Bien, ¿y tú?
—Bien, acabo de venir del gimnasio. Estaba con Max.
—Eso es estupendo.
—¿Tú ya estás en casa?
—Sí, hace un rato. He estado mirando lo que necesito para entrar en Alemania y ya tengo todo en orden. Solo me falta confirmar contigo las fechas para buscar los vuelos.
—Genial. ¿Williams te pondrá alguna pega por tomarte unos días?
—¡Qué va! En Recursos Humanos me estaban pidiendo que por favor cogiera vacaciones para liquidar los días que no he disfrutado este año.
—Ven todos los que tengas.
—¡Todavía no te he dicho cuántos son!
—No importa. Me hace mucha ilusión que te quedes aquí conmigo.
—Y a mí.
Me percato de que estoy sonriendo. Sonriendo de verdad.
—Entonces, ¿cuándo podrías venir?
—Tengo dos semanas. Pero el Año Nuevo quiero pasarlo con Nora.
—¿Qué te parece venir el viernes, cuando salgas de la oficina, o el sábado?
—Deja que compruebe antes una cosa en la agenda…
Me dirijo hacia el portátil, que tengo sobre la mesa de la cocina, y abro el calendario.
El viernes no tengo nada después de las once y media.
¡Yupi! Acto seguido abro el navegador web y veo un vuelo que sale de Heathrow a las dos menos cinco, el cual me va perfecto.
Activo el manos libres para estar más cómoda.
—El viernes puedo salir antes de la oficina. Hay un avión que aterriza en Berlín a las cinco menos diez.
—¡Genial!
—Y para el regreso…
—Alarga el viaje todo lo que puedas, Elise.
Yo sonrío por su comentario, pero me encanta que me lo pida.
—Vale, entonces… dos semanas después… El domingo a mediodía, para no llegar muy tarde a Londres.
—Me parece bien.
Selecciono ambos trayectos y saco mi cartera del portadocumentos que descansa en la silla contigua.
—¿Me permites pagar los billetes?
—Gracias, pero justo estoy pagándolos yo. —Tengo ya la tarjeta en la mano y ando tecleando los dígitos.
—Está bien, pero al menos dejarás que te invite a cenar y esas cosas. Eres mi invitada.
Sonrío.
—Vale —accedo.
—Estoy deseando que vengas. Iré a buscarte al aeropuerto, dejaremos las maletas en casa y, después, podemos salir a pasear para ver las luces de Navidad o hacer lo que quieras.
—Quiero ver la puerta de Brandeburgo y todas esas cosas que hacen los turistas.
Lo escucho reír al otro lado de la línea.
—Está bien, pero te aviso de que podrás disfrutar de una gran panorámica de la ciudad desde el salón.
Contengo un aspaviento.
—¿Estás presumiendo de vistas? —bromeo.
—Un poco.
Seguimos hablando de todo y de nada, como cuando él estaba en Londres.
Añoraba esas conversaciones. Le cuento lo de Nora 2.
0 y se indigna. Al parecer él quería llamarla IPU (por las siglas en inglés de Unidad de Procesamiento Inteligente).
Promete escribir un correo a Roger, aunque no cree que sirva de mucho.
Eso sí, asegura que en su oficina jamás habría tenido lugar semejante grosería.
Las horas avanzan. Cenamos juntos, teléfono mediante. Bueno, yo solo tomo un yogur y una banana.
—¿Esa es tu cena?
—No tengo hambre.
—Tienes que cuidarte. —Es casi una petición, pero comedida.
Se me escapa un bostezo.
—Se ha hecho tarde —comenta—. Deberías descansar.
—Tú también deberías.
—Aún tengo que repasar unos asuntos, pero no tardaré en irme a la cama.
—Bueno…, mañana ten cuidado con el coche. He visto la previsión meteorológica y pronostican nieve.
Oigo una risa suave.
—Eres encantadora, Elise. Pero, sí, tendré cuidado. Prométeme tú que intentarás dormir bien esta noche.
—Prometo intentarlo.
Se hace un silencio cómodo. Ninguno de los dos parece preparado para colgar.
—Tengo muchas ganas de que sea viernes —confieso.
—Yo también.
—Buenas noches, Markus.
—Buenas noches, mi Elise.
Cuelgo y suspiro.
Solo espero que los días pasen rápido.