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Elise
En la cama, enfundada en un pijama de borreguito y arropada con el nórdico, no paro de mirar la bolsa que he colgado del tirador de mi armario, y que contiene los tirantes que he comprado antes con Nora. No dejan de recordarme a él.
Cojo el móvil de la mesita de noche y deslizo el dedo por el listado de llamadas recientes.
Hace días que no escucho su voz, pero, cuando su nombre aparece en ella, me dejo llevar no sé por qué.
Pulso la pantalla y me lo pongo en la oreja.
Un tono. Dos. Y entonces escucho su voz, grave y dulce, que me acaricia hasta el alma.
Soy incapaz de contestar cuando dice mi nombre.
—Elise, ¿estás ahí? —insiste, haciéndome reaccionar.
—Sí.
—¿Va todo bien? —Su tono suena cansado pero amable.
—Sí… ¿Te he despertado?
—No, estaba aquí, repasando unos números.
—Lo siento, no quería molestarte. Encima allí es más tarde.
—Tú nunca molestas —dice rápidamente, y lo percibo aplastantemente sincero.
Cierro los ojos. No sé qué decir, pero tampoco quiero colgar.
—Markus…
—Dime.
—Te echo de menos. —Al pronunciar la última palabra, mi voz se quiebra, y me esfuerzo por mantenerme entera.
Siento su respiración, profunda, al otro lado del teléfono, y me invade el miedo por haberle confesado la verdad.
—Y yo a ti, Elise. Estás en mi cabeza a todas horas.
Sonrío, sin querer.
—Perdona por haber sido tan dura contigo. —Me limpio una lágrima que me recorre la mejilla.
—Y tú a mí por haber actuado de aquella forma sin consultarte antes. A pesar de todo, no puedo asegurarte que no volvería a hacerlo. No soporto verte sufrir.
—Gracias por eso. Está claro que no he sabido gestionar lo que se me vino encima. Me siento tan culpable…
Las lágrimas siguen cayendo, ahora a más velocidad, en silencio. No obstante, creo que él se percata, aunque no lo manifieste.
—Nunca te culpé de nada, no te sientas así, por favor —me dice.
Eso todavía me rompe más.
—¿Podemos no hablar? ¿Podemos quedarnos un rato en silencio sin colgar, por favor?
—Claro.
Creo que en algún momento comienzo a calmarme.
—¿Sigues ahí? —le pregunto. Parpadeo, resistiéndome al sueño y al cansancio que ya me pesa.
—Siempre.
Sonrío, dejándome abrazar por esa sensación cálida que solo él es capaz de hacerme sentir, y volvemos a guardar un silencio roto únicamente por nuestras respiraciones acompasadas. La suya me tranquiliza. Mucho.
Antes de rendirme en los brazos de Morfeo, creo escucharlo susurrar algo en alemán, que no logro captar, pero que me suena a amor y a una seguridad que yo misma desconocía que necesitaba.
Y, por primera vez en semanas, consigo descansar bien.