El caos que nos une (Lo que nos une 1) 78
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Elise

—Tengo que quitarle el juego de llaves a Nora —le digo a Linux cuando escucho la voz de mi amiga resonando en el piso inferior.

El traidor de mi gato me ignora por completo y sale disparado escaleras abajo para recibirla, meneando la cola como si la estuviera esperando desde hace horas.

Suspiro, salgo de la cama y me pongo una sudadera antes de bajar yo también.

—¡Dúchate mientras preparo el café! —grita Nora desde la cocina cuando todavía estoy por las escaleras—. ¡Nos vamos de compras por Oxford Street!

—No me apetece nada salir, y mucho menos al centro —le digo en cuanto la tengo enfrente.

—Elise, tienes que salir de la cueva. —Suena más a orden que a sugerencia—. Además, me tienes que ayudar a elegir decoración navideña.

Y aquí, con el pelo despeinado y las mangas de la sudadera cubriéndome las manos, me pregunto en qué momento nos hemos plantado en diciembre.

Navidad. Otra vez.

No puede ser…

Solo pensar en estas fechas me resulta demasiado doloroso, y no me había dado cuenta de que todo estaba a punto de estallarme en la cara: la fiesta de la oficina, la decoración por todas partes…

Al vivir lejos del centro, me he librado más o menos de ello, pero intuyo que eso está a punto de cambiar.

—Mi plan para este fin de semana no era adentrarme entre hordas de compradores compulsivos, Nora.

—¿Y cuál era? ¿Volver a quedarte en la cama? ¡Venga! Tienes que salir. Y no va a ser tan malo. Quizás luego podamos parar en algún sitio tranquilo a tomar una cerveza. O dos.

—Esa parte suena mejor.

—Entonces, decidido. —Me sonríe con ternura mientras monta mi cafetera italiana de aluminio—. Dúchate. Quiero salir, como tarde, en veinte minutos.

Linux maúlla, probablemente secundando su propuesta, y me da con la cabeza en la pierna, como si tratara de empujarme hacia las escaleras.

—Genial, ahora sois dos contra mí —murmuro.

Una vez bajo el chorro de la ducha, reconozco que me siento un poquito mejor. Quizás salir hoy con Nora me haga bien. Quizás volver a hacer ese tipo de planes me ayude a seguir adelante…

No imaginaba que el paseo me costara tanto, pero prácticamente voy con la lengua fuera y hasta me he aflojado un poco la bufanda para sentir el aire fresco y poder respirar.

—Y pensar que antes te pegabas tus buenas sesiones de carreras y gimnasio.

—Demasiados días sin salir de casa —reconozco—. Debería volver a ponerme en forma. Definitivamente, tengo que hacerlo.

—Bien, el paseo está dando sus frutos.

No respondo, pero pongo los ojos en blanco.

—¿Debería comprarle algo a mi madre? —Nora se para delante de una tienda—. ¿Tal vez un jersey o una bufanda?

—No sé…

La relación de Nora con su madre es muy complicada, y nunca sé qué decirle cuando me hace ese tipo de preguntas.

—¿Vas a ir a Dublín a pasar la Navidad?

—Todavía no lo he decidido, pero no creo. Aunque el otro día me contó que ha cambiado de trabajo y que ahora está en una gasolinera. Parecía contenta de verdad. Creo que nunca la había visto así.

—Eso es bueno, ¿no?

—Nunca se sabe con ella… En fin, ¿qué harás tú? Podríamos organizar algo juntas.

—Mi plan consiste en quedarme en casa. Ahora tal vez alterne con el gimnasio.

—Yo supongo que aprovecharé la mayor parte del tiempo para escribir y ver pelis ñoñas en Netflix.

Contemplamos el escaparate en silencio; las luces navideñas de colores se reflejan en el cristal. Me fijo en unos tirantes estampados con muñecos de nieve.

—¿Debería regalarle algo a Markus?

—¿Vais a veros? —Nora alza las cejas, sorprendida.

—No, pero podría enviárselo por correo. —Mi amiga se queda pensativa y yo niego con la cabeza—. ¡Déjalo!

—¡No, para nada! Creo que es una idea estupenda. ¿En qué estabas pensando exactamente?

—Eso. —Señalo, y siento que me sonrojo.

—¿Tirantes navideños?

—Siempre usa tirantes con el traje… Y esos son diferentes.

—Lo echas de menos, ¿verdad?

—Sí, pero no debería.

—¿Y quién o qué dictamina lo que deberías o no deberías sentir? —Nora se cruza de brazos y me mira.

—Pues mi corazón cuando lucha contra mi razón.

—Creo que ya va siendo hora de que escuches a tu corazón y te dejes llevar. Aunque sea un poquito.

No comento nada, pero mi vista se desvía de nuevo hacia los tirantes. Sé que le harían sonreír, y a mí me gustaría provocar esa reacción en él.

En medio de mis cavilaciones, Nora me toma de la mano y me arrastra hasta la puerta de la tienda. Antes de entrar, ya sé que voy a comprarlos.