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Elise
Cuando llego a la oficina, Nora atiende una llamada.
Me saluda con su semblante habitual, aunque en esta ocasión hay algo distinto, un matiz en su expresión que prefiero no descifrar.
Le dedico un leve ademán con la mano y continúo hacia mi mesa, atravesando el meollo de la oficina agarrada a la correa de mi portadocumentos como a un salvavidas que me ayuda a mantenerme a flote.
El sonido de los teclados, las voces de mis compañeros, un par de teléfonos en la distancia…
todo forma parte de esa atmósfera rutinaria que, por un instante, e inesperadamente, siento como un refugio.
Porque, a veces, lo cotidiano es la mejor distracción posible.
Y, al mismo tiempo, un golpe de realidad: el mundo no se ha detenido a pesar de que el mío sí lo hiciera.
Me siento en mi silla y observo mi escritorio.
Sigue igual. Nada ha cambiado, aunque mi mundo sea totalmente distinto.
Repaso el bolígrafo olvidado sobre las teclas de los comandos F, un pósit que me recuerda un correo que nunca llegué a enviar…
Cuando lo escribí, no imaginaba que todo se derrumbaría a mi alrededor de forma tan abrupta.
Ahora, mientras camino sobre los pedazos rotos de mi corazón, aquí la vida sigue.
El mundo no parece consciente de lo mucho que ha cambiado todo para mí.
Alzo la mirada por encima de las pantallas. Mis compañeros trabajan, absortos en sus ordenadores. Alguno levanta los ojos y me dedica una expresión fugaz de pena antes de volver a lo suyo. Respiro. Y respiro. Y… respiro.
Entonces mi mirada se desvía hacia la cristalera de cierto despacho en concreto: hay cajas de cartón, muebles nuevos, y mis compañeros parecen estar montando una especie de laboratorio dentro.
Me equivocaba. Algo sí que ha cambiado.
Y eso me hace echarlo inmensamente de menos.
Una parte de mí desea salir corriendo, pero no me veo capaz de atravesar de nuevo ese océano de mesas y miradas distraídas. Así que me entrego a la rutina, obligándome a respirar, a teclear y a fingir una normalidad en la que debo aprender a vivir, ahora que papá ya no está.
Cuando por fin abro mi correo electrónico, una marabunta de e-mails pendientes me hace querer cerrar el portátil y abandonarlo ahí mismo, pero respiro. Puedo con esto. Es más, tengo que hacerlo.
Desciendo por los mensajes, tratando de identificar alguno interesante o realmente importante. Y, entonces, lo veo.
De: Markus Schröder
Asunto: Solo quería saber cómo estás
Es de hace un par de días y no contiene cuerpo de texto, pero algo en mi interior se enciende. No ha insistido, como me dijo. No me ha escrito al móvil ni tampoco me ha llamado, pero este mensaje significa mucho. Porque siento que me está concediendo el espacio que le pedí.
Después de todo lo que ha ocurrido, debo aprender a sostenerme sola y descubrir cómo va a ser mi vida en adelante. Pero eso no me impide sonreír un poquito y lanzarme a contestarle.
Releo mi respuesta y después pulso la tecla de enviar.
Y me dejo llevar por la corriente de la mañana.
Quizás, después de todo, esto también sea volver a vivir.