72
Markus
Hoy, sábado, decido acercarme a su casa a media mañana, a sabiendas de que Nora está con ella.
Llevo más de cuatro meses en Londres y empiezo a hacer falta en Berlín.
El proyecto aquí ya está más que encaminado, y mi presencia es más una excusa que una necesidad.
No puedo desatender una empresa que me ha costado tanto llevar al punto en el que se encuentra hoy en día, y que está valorada en unas cuantas decenas de millones.
Pero tampoco quiero irme en estas circunstancias…
¿Por qué tiene que ser todo tan complicado?
—Hola, Nora —saludo cuando me abre la puerta.
A diferencia de las otras veces en que he estado aquí, el gato no aparece para recibirme.
—Hola.
—¿Cómo está?
—Ahí anda. Puede que hoy un poquito mejor.
No comento nada, pero algo en mi interior siente cierto alivio.
—He traído sopa casera, y también comida para llevar del restaurante japonés que le gustó cuando… —No termino la frase; los recuerdos duelen.
—¿Has preparado sopa?
—Sí.
—¿Sabes cocinar?
—¿Tan raro te parece?
—Sí, pero, en fin, lo guardaré todo y prometo ofrecérselo después.
Muestro una sonrisa torcida y hago un gesto con la cabeza hacia el piso superior.
—¿Está en su cuarto?
—Como siempre… Pero sube; tal vez a ti te haga esta vez más caso que a mí.
—Lo dudo…
Me dirijo hacia su habitación, que tiene la puerta entreabierta. Doy unos golpecitos, y un susurro me invita a pasar.
—Hola, Elise.
No se molesta en incorporarse o cambiar de posición: permanece hecha un ovillo en la cama, con el gato a su lado, como asegurándose de que ella está bien.
—Hola —murmura.
Que no me pida que me vaya me infunde cierta esperanza, no voy a mentir.
—Te he traído algo de comer.
—No tengo hambre.
—Lo sé, pero tienes que hacer el esfuerzo, por favor.
No responde.
—He venido para recordarte que me gustaría servirte de apoyo. Solo tienes que llamarme y estaré aquí.
—No tienes por qué. Y ahora no puedo pensar en nada que tenga que ver con nosotros.
—Vale, lo entiendo. Tampoco es mi intención presionarte. No he venido para eso, pero sabes que no puedo verte así.
—Siento que ya no soy la misma.
—Yo tampoco soy el mismo que hace unos meses, o unos años. Las personas evolucionamos y cambiamos con lo que nos vamos encontrando en el camino, forjándonos con cada golpe que recibimos, pero dejar de vivir no va a traer a nuestros seres queridos de vuelta.
—Lo sé. —Cierra los ojos—. Sin embargo, ahora estoy muy rota y siento que, si te dejo entrar, te arrastraré conmigo.
—Eso no va a suceder, pero, como ya dije antes, no he venido para insistir. Quiero estar, pero sin presiones.
—Dime una cosa, Markus.
—¿Qué?
—¿Deja de doler algún día?
Sé perfectamente a lo que se refiere.
—Creo que aprendes a llevarlo. Que cada día resulta un poco más sencillo que el anterior. Habrá unos mejores y otros peores, porque a veces los recuerdos te jugarán una mala pasada.
Ella asiente con la cabeza y después se abstrae en sus cavilaciones, volviendo a sumirnos en el silencio.
En algún momento, me paso la mano por la cicatriz de la frente, pensando en cómo abordar lo que he venido a decirle.
—¿Tan malo es?
—¿Cómo…? —pregunto.
—Si fuera fácil, no estarías dudando tanto, así que venga, dilo, por favor.
—Yo… —suspiro— debo regresar. A Alemania.
Sus ojos se agrandan en cuanto pronuncio esas palabras.
—¿Cuándo? —pregunta con un hilo de voz.
—La semana que viene. —Hago una pausa—. Ambos proyectos aquí están encarrilados, y… tengo que volver a ocuparme de mi empresa. No es fácil para mí irme en este momento, pero es lo que debo hacer o me desbordarán los problemas. Aun así, podría venir algunos días. Si me lo pides, lo haré.
Ella no contesta, solo me mira.
—Elise, yo… Me encantaría que vinieras conmigo. No para escapar de esto, sino para respirar un poco. Cambiar de aires puede sentarte bien, te lo digo por experiencia. Y te lo propongo sin ningún tipo de intención oculta, sino porque quiero verte bien.
Me callo. Siento que solo estoy enredando las palabras y que nada suena como pretendía.
Para mi sorpresa, ella se sienta en la cama y deja que el gato se acomode en su regazo. Lo acaricia con gesto distraído.
—No puedo pensar en algo así ahora.
—Lo entiendo.
—Markus —clava su mirada en mí—, quiero que sepas que te he perdonado. Lo he estado pensando, entiendo por qué lo hiciste, y te lo agradezco.
No me esperaba algo así, y tampoco sé qué decir.
—Más adelante, cuando tenga la mente más clara, me gustaría que habláramos del tema.
—Cuando tú quieras —respondo. Irremediablemente, un hálito de esperanza vuelve a invadirme.
—Te voy a echar mucho de menos —añade.
—Y yo a ti también, Elise.
Linux salta de su regazo, como adivinando unas intenciones que yo no he sido capaz de presentir, y entonces ella se levanta, con torpeza, y se para delante de mí, a escasos centímetros, antes de abrazarme.
La estrecho entre mis brazos; no quiero soltarla jamás, pero soy realista y sé que no puedo salvarla, ya que la única que puede hacerlo es ella misma. No obstante, algo me dice que está más cerca de conseguirlo.
Más tarde, cuando ya voy de salida, Nora, en el rellano, parece buscar las palabras adecuadas.
—Eres lo más bonito que le ha pasado en mucho tiempo, Markus. Solo que no has aparecido en el momento más oportuno.
—Así es la vida, ¿no? Inoportuna.
—Sí, bueno… —Chasquea la lengua—. Lo que intento decirte es que no la des por perdida, por favor. Elise necesita tiempo.
—Lo sé. —Nos quedamos en silencio—. Cuídala, ¿vale?
—Siempre. La una apoya a la otra cuando lo necesita.
Sonríe y nos despedimos con un gesto.