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Elise
Estoy absorta mirando una pluma.
Una simple pluma…
Es pequeña. Gris y blanca.
El viento la arrastra por el suelo de gravilla con ligereza y sin rumbo. Y, por un instante, desearía dejarme llevar igual que ella.
Permitir que todo pase, que no importe a dónde me arrastren si con eso ya no voy a sufrir más. Que todo esto acabe…
Porque no tengo fuerzas. No tengo ganas. No tengo hambre ni tampoco sed. Y siento que no podré volver a ser la misma persona de antes.
Siento un dolor agudo, que explota en mi pecho y se expande por todas las células de mi cuerpo. Y frío. Un frío atroz y cortante que me deja sin aire.
El hielo se ha apoderado de mí otra vez, pero, en esta ocasión, es permanente.
Porque, con esta angustia que me rompe por dentro, es imposible que pueda volver a sentir algo bonito. O, simplemente, percibir cualquier cosa que no sea la desolación que me embarga.
Porque todo ha terminado, sí.
Pero, de alguna forma, también ha acabado conmigo.
Y papá se ha marchado.
Para siempre…