El caos que nos une (Lo que nos une 1) 68
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Markus

Son las dos de la mañana y sigo despierto en mi dormitorio, dándole vueltas y más vueltas a una situación que espero afrontar después del amanecer.

Sin embargo, el torbellino de pensamientos se ve interrumpido por una llamada telefónica. El nombre de Nora parpadea en la pantalla de mi móvil, iluminando la estancia.

Y sé lo que ha sucedido antes de responder.

—Nora.

Trago saliva. Escucho un sollozo al otro lado, acompañando su voz, rota.

—Su padre se ha ido hace unos minutos.

—¿Estaba junto a él?

—Sí. La avisaron a última hora de que tal vez no pasaría de esta noche.

—No me lo ha dicho.

—Está dolida contigo, Markus. Y yo me quedé con ella.

Se me encoge el estómago.

—Lo sabe.

—Lo sabe —confirma.

—Voy para allá.

—Me parece lo mejor.

Cuando las puertas del ascensor se abren y me encuentro de nuevo frente a ese pasillo frío y aséptico, esta vez la sensación es más dolorosa si cabe. Todo ha terminado, sí, pero Elise debe de estar pasando uno de los peores momentos de su vida, y nadie puede hacer nada por suavizarlo.

Me sorprende encontrar a Nora en la sala de espera de las visitas. Me siento a su lado, sin decir nada, junto a las máquinas de venta automática, envueltos en el ruido del refrigerador.

—Está en la habitación, pero no quiere verte, así que lo mejor por ahora será que nos quedemos aquí.

Aprieto los puños, sintiéndome impotente.

—Debes entender que en este momento no puede lidiar con nada más —continúa ella.

Me levanto y me planto frente a la máquina de café, que probablemente sirva un mejunje imbebible, pero que me ayudará a combatir el cansancio y la frustración.

—¿Quieres uno? —le ofrezco.

—Sí, vale… Buena idea.

—¿Azúcar?

—No.

Nos mantenemos en silencio mientras se preparan los cafés, y cuando se lo tiendo, me quedo en pie, frente a ella. Mi vaso se va calentando hasta casi quemarme los dedos.

—Está… enfadada. —Nora resopla—. Contigo, por el pago, y conmigo por apoyarte en tu decisión. Aunque creo que lo podías haber solventado de otra forma. Te entiendo, pero no has estado del todo acertado, Markus.

—Lo sé. Créeme que lo sé.

Doy un sorbo. Además de tener un sabor pésimo, me he quemado la lengua.

—También está molesta con Williams porque todavía no se ha efectuado el ingreso, a pesar de estar dentro de la fecha que le prometió.

—Está cabreada con el mundo entero, Nora, porque la vida le ha arrebatado a la única familia que le quedaba.

Ella asiente y volvemos a guardar silencio hasta que el café se queda frío.

—No puedo soportarlo más…

Me levanto de la silla, ignorando a Nora, que me llama entre susurros para que espere, y no tardo en llegar frente a la puerta de la habitación.

Llamo. Al no obtener respuesta, decido entrar igualmente.

Elise está sentada en el sofá, en la penumbra de la noche rota por la iluminación que irradian las farolas desde fuera. Tiene la mano cerrada alrededor de un pañuelo de papel. La cama en la que solía descansar su padre ya no está, y él tampoco.

—Lamento mucho… —comienzo, pero ella me interrumpe.

—Dijiste que respetarías mi decisión y que confiase en ti.

—Elise, no es el momento de…

—Me siento traicionada. —Casi escupe las palabras.

—Me resultaba insoportable verte sufrir y no ayudarte.

—Te pedí que no lo hicieras.

—Pero lo he hecho, y ahora ya no puedo volver atrás. Y lo siento, ¿vale? No debí resolverlo sin consultarte antes. No estuvo bien… Tampoco considero que este sea el momento para discutirlo.

—Sigues sin comprender lo que significaba para mí.

—Me equivoqué y lo lamento, de verdad que sí —reconozco.

Ella no dice nada, pero entonces siento como se estremece entre las sombras, quebrando el silencio con un leve llanto que me parte el alma.

No puedo quedarme de pie observándola, así que tomo asiento a su lado.

—Quiero que sepas que estoy aquí para lo que necesites. Aunque me rechaces, puedes contar conmigo.

Puede que sea un momento de debilidad para ella, pero su cuerpo se gira hacia el mío y apoya su cabeza en mi hombro, permitiendo que yo la rodee con mis brazos mientras su corazón sigue agrietándose por el dolor.

Los minutos pasan y, cuando parece algo más calmada, se separa de mí despacio, sin atreverse a mirarme.

—Vete.

—¿Qué?

—Vete, Markus, por favor. Necesito estar sola.

—Elise…

—Ya hablaremos sobre lo que ha pasado.

Ni siquiera me mira. Aunque quiero quedarme, sé que insistir solo empeoraría las cosas, por lo que me levanto y me marcho. No hay nada más que pueda hacer.

No debí cruzar esa línea de forma tan impulsiva. Ahora lo único que me queda es esperar a que esté dispuesta a hablarlo y perdonarme.

Solo espero no perder a la única mujer que me ha hecho sentir vivo de nuevo. Porque la quiero. Y no estoy preparado para perderla. No… Definitivamente, no puedo.