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Markus
En el ascensor, de camino a la planta donde está ingresado el padre de Elise, doy vueltas a la idea de que no estoy siendo el apoyo que necesita.
Últimamente me asalta el temor a no ser suficiente para ella, y ni las reuniones ni la fisioterapia consiguen despejarme la mente.
Cada paso que doy me recuerda que también yo lucho por volver a estar entero, aunque no siempre lo consiga.
Las puertas se abren, acompañadas del sonido de una campanita, y me recibe ese horrible pasillo de luz fría. Camino despacio, todavía un poco cansado por la sesión de rehabilitación que acabo de tener, hasta que escucho la voz de Elise antes de doblar la esquina y me freno.
A pesar de que sé que no debería escuchar, me quedo quieto, invadido por la culpabilidad.
—Nos han pasado el aviso a nosotras porque no logran contactar con usted por otros medios —dice una de las recepcionistas de la planta, en un tono bajo—. Ya son varias semanas de retraso, y el hospital no puede seguir sin recibir ningún ingreso.
—Lo sé. —La voz de Elise suena devastada—. El banco me ha denegado el préstamo, pero el viernes recibiré un pago de mi empresa y podré saldar la deuda. Solo necesito unos días más.
—Entiendo la situación, de verdad, pero necesitamos un ingreso antes del viernes. —La mujer parece incómoda y nerviosa.
—Por favor, solo un poco más. Si te soy tan sincera es porque de verdad pienso pagar. Estoy desesperada. Por favor…
Se hace un silencio, ya que el personal no puede decidir nada. Escucho un suspiro de abatimiento de labios de Elise y, después, sus pasos, alejándose.
Se le agota el tiempo. Por un segundo estoy a punto de coger el teléfono y llamar a Williams para que en la oficina hagan la transferencia inmediatamente, pero eso podría empeorar las cosas.
Y yo, mientras tanto, desde esta esquina, me voy consumiendo por dentro, sintiéndome un completo inútil.
Quiero respetar su decisión y su independencia, pero escucharla suplicar de esa forma, con esa mezcla de vergüenza y desesperación, me afecta demasiado.
Me sorprendo al notar mis puños tensos a los costados mientras no paro de repetirme que tengo que poner fin a esta situación.
No puedo verla sufrir de esta manera que también me duele a mí.
Cierro los ojos y respiro, buscando la solución a todos los problemas, aunque creo que hace rato que he tomado una decisión.