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Elise
Papá no está bien. Apenas permanece consciente, debido a la medicación que le suministran para el dolor, y eso me deshace por dentro.
Sé que su respiración lenta está marcando la terrible cuenta atrás, y me aterroriza.
Mientras tanto, me aferro al trabajo para no derrumbarme.
Por las mañanas sigo yendo a la oficina, aunque casi siempre salgo antes para venir al hospital.
Mi terapeuta diría que es un mecanismo de supervivencia, ya que enfocarme en la rutina ya conocida es una forma de mantenerme en pie.
Pero creo que incluso ese refugio empieza a resquebrajarse…
Markus está concertando casi a diario reuniones con clientes interesados en el proyecto, y temo que el cansancio me pase factura, aunque me obligo a seguir afrontándolas a pesar de que cada día me cuestan más.
Sé que esto es importante tanto para mi carrera como para asegurarme un futuro estable dentro de esta tormenta, así que dejo que tanto Williams como Markus lleven la batuta en ciertos momentos, y ellos parecen comprenderlo.
Y es que no puedo pinchar también en esto.
Ese empleo es como un salvavidas que me mantendrá a flote.
Cuando creía que nada podía empeorar la situación, hoy he recibido la estocada final: un correo, frío e impersonal, del banco, informándome de que no me concederán un nuevo préstamo.
Y por eso aquí, en la habitación de papá, me hundo en lágrimas silenciosas.
Temo no llegar a tiempo. Esta será ya la tercera semana de impago y, aunque el hospital dice estar haciendo una excepción con mi caso, la soga aprieta cada vez más.
Por otro lado, la empresa todavía no ha hecho la transferencia que Williams prometió; debe de ser cuestión de días, pero no logro eliminar la sensación de estar fallando a papá cuando más me necesita.
Aquí, a su lado, le acaricio la mano, pero él ya no me responde.