El caos que nos une (Lo que nos une 1) 63
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Elise

Cuando subo al coche de Markus, ese aroma a jabón y a madera tan característico, y que siempre lo acompaña, me inunda las fosas nasales y hasta me apacigua. Él es mi lugar seguro…, aunque me asuste reconocerlo.

—Hola —saludo tras sentarme en el asiento del copiloto y cerrar la puerta.

—Hola —responde.

Su tono es sereno, pero sé que está dolido. Yo también lo estaría si la situación fuera al revés.

—Lo siento —murmuro.

—¿Significa eso que has dejado de esquivarme?

Me atraviesa con su mirada plateada y yo suspiro, perdiéndome en esos ojos que tanto significan para mí.

—No me parecía justo compartir contigo absolutamente todo lo feo, lo que duele… Lo que me pesa.

—Así no funcionan las relaciones.

—Lo sé, pero me he pasado la vida luchando sola. Perdona si ahora no sé abrirme del todo.

Asiente, rendido.

—Elise, yo quiero ayudarte. Formar un equipo. Vivir todo contigo, aunque duela. Siempre habrá tiempos más difíciles y otros más llevaderos.

Cierro los ojos un instante.

—Imagínate mi cara cuando Williams vino a pedirme opinión sobre tu trabajo y me soltó esa bomba…

—No quería compartirlo con nadie. Pedir ese adelanto ya fue… demasiado. Me causa vergüenza, nunca me había visto en una tesitura así.

—¿Me lo vas a contar, entonces?

—Sí. —Me observo las manos, abro y cierro los dedos, y luego fijo la vista en el parabrisas. No puedo mirarlo a la cara.

Él guarda silencio. No me presiona mientras busco las palabras.

—Cuando a mi padre le dieron la peor noticia imaginable, pidió ingresar en el hospital.

Tienen un área para pacientes en fase terminal.

En casa llevábamos años con la ayuda de una persona que iba de lunes a viernes a cuidarlo; su pensión costeaba una parte, pero no era suficiente.

Pregunté al seguro si cubriría este ingreso, pero no…

Así que usé mis ahorros, aunque sabía que no bastarían.

Quería darle el final que él quisiera, con dignidad, aunque ocultándole también todo esto.

Él piensa que todo está incluido, y no puede enterarse de que soy yo quien está haciéndose cargo.

Me tiemblan las manos, pero prosigo:

—Ahora ya no me queda nada. Y, aunque espero que el banco me conceda esta semana un segundo préstamo para pagar las facturas pendientes, los trámites parece que se han demorado y todavía no he obtenido respuesta.

Por eso pedí el adelanto, para ganar al menos un par de semanas, porque las facturas llegan cada siete días y tienen que abonarse como sea.

Ya debo dos… Y no puedo fallarle. No en esto.

Markus me mira en silencio y entonces formula la pregunta evidente, pero que probablemente necesite confirmar:

—¿Estás diciendo que un mes de tu salario no cubre una semana?

—Eso es…

Apoya las manos en el volante, procesando la información a toda velocidad, y después me mira. Por fin me atrevo a girar mi rostro hacia el suyo.

—Puedo ayudarte.

—Lo sé, pero no voy a pedirte eso.

—No me lo pides, soy yo quien quiere hacerlo.

—No, por favor. Sería demasiado para mí… Y confieso que me atormentaba la idea de que pudieras pensar que estoy contigo por dinero, porque no es así. Por eso tampoco quería que te enterases.

—Elise, jamás se me pasaría por la cabeza tal cosa. Pero te estás arruinando en silencio.

—Cuando todo esto termine, venderé la casa, ¿vale? Así podré pagar todo y…

—¿Y después, qué? —me interrumpe.

—¡No lo sé! —replico en un tono demasiado alto, sin querer.

—Elise, permíteme ayudarte. Por favor…

—No puedo aceptarlo. Entiéndelo.

Nos quedamos en un silencio frío y afilado, como si a nuestro alrededor flotara un millón de esquirlas de cristal.

En los ojos de Markus se acumulan demasiadas cosas que no soporto ver: preocupación, reproche, amor y, quizás, incluso…

dolor. Y todo eso me destroza todavía más, haciendo que las lágrimas afloren de forma incontrolada.

Entre sollozos, le describo a duras penas la conversación con Williams esta mañana.

—Es muy honorable por su parte que te ayude de esa manera.

Asiento mientras intento secarme las lágrimas y recomponerme como puedo. Nos sumimos en un silencio roto únicamente por mi respiración, entrecortada a causa de los sollozos que no logro contener.

Cuando ya estoy más calmada, él habla por fin:

—No quiero que te vuelvas a ver en una situación como esta. Si decides no aceptar mi ayuda, tendré que respetarlo, pero prométeme algo: no me lo ocultes si las cosas se tuercen de nuevo, te lo pido por favor. No permitiré que te hundas, y eso tienes que comprenderlo también.

—Está bien…

Eso parece bastarle, al menos por ahora, porque me toma las manos y me da un apretón firme. Después se inclina y sus labios rozan los míos; yo no dudo en corresponderle, con una mezcla de alivio y culpa todavía en el pecho.

—No tienes que cargar con todo sola. Deja que yo sea tu puerto seguro. Prometo que, pase lo que pase, no te soltaré. Pero, por favor, confía en mí.

Cierro los ojos, dejándome envolver por esas palabras que tanto significan, hasta que soy capaz de mirarlo otra vez. Y, a pesar del caos que nos une, me sumerjo en una calma que solo encuentro con él.

Un instante después, el sonido del motor rompe el silencio del coche. Es el punto final a mi confesión, aunque en mi interior sé que no he hecho más que abrir la primera grieta, porque una parte de mí tiene miedo de no saber cómo gestionar en el futuro ese todo que Markus me pide.