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Elise
Cuando llego a la oficina, Nora me intercepta, apurada.
—Williams te anda buscando. Me dijo que fueras directamente a su despacho en cuanto aparecieras.
—¿En serio?
Ella asiente con la cabeza y yo me agobio más si cabe. El dolor en mi estómago se intensifica.
—¿Te ha dicho para qué?
—Ni idea, pero parecía serio. —Nora se encoge de hombros y yo me alegro de que ella no esté al tanto—. ¿Qué ocurre, Elise?
—Seguro que no es nada, luego hablamos.
Trato de restarle importancia y, sin pasar por mi mesa, voy al despacho de Williams. De camino, me sorprende ver que Markus ha cerrado las persianas del suyo.
Subo las escaleras. Cuando llego a la puerta de Williams, está cerrada, así que llamo con los nudillos antes de escuchar su voz pidiéndome que pase.
No me atrevo a mirarlo hasta que he cerrado. Williams levanta la vista de unos papeles y me señala una de las dos sillas que hay frente a su escritorio.
—Siéntate, por favor.
Tomo asiento, tratando de mantener la compostura, aunque el corazón parece que se me va a salir del pecho. Williams entrelaza los dedos y me observa durante unos segundos que parecen eternos.
—Elise, no voy a preguntarte dónde estabas, y tampoco suelo meterme en la vida privada de mis empleados, pero tu solicitud de un adelanto es muy… inusual. Además, deberías saber que no se ajusta a la política de la empresa.
No digo nada, aunque me pongo una mano en el estómago. Creo que voy a vomitar en cualquier momento.
Él resopla, debatiendo consigo mismo.
—Verás, sé que llevas mucho tiempo con nosotros y, aunque yo no tenía dudas, quería comentar con Markus qué piensa él sobre el trabajo que realizas, y solo ha podido dedicarte gratas palabras. Pero, antes de tomar una decisión, necesito hablar contigo. ¿Va todo bien? ¿Hay algo que deba saber?
Voy a hablar, pero cierro la boca, consciente de que lo que diga puede cambiar la opinión de mi jefe, y necesito ese adelanto.
—Es… mi padre. Está enfermo y no le queda mucho… Estoy intentando darle lo mejor, pero el seguro no cubre ciertas cosas y… —Niego con la cabeza, abatida—. Se me ha ido de las manos.
Williams me sostiene la mirada en silencio. No hace falta que diga más, y tampoco me presiona para que continúe. Es un tipo inteligente, y creo que ya lo ha entendido.
—¿Lo sabe Markus? —pregunta entonces.
—Lo de mi padre, sí. Lo demás, no.
Asiente, apretando los labios. Después se reclina en la silla y suspira.
—No voy a darte el adelanto.
Las palabras me golpean de tal forma que creo que voy a romperme aquí mismo.
—Pero…
—Tampoco voy a dejarte sola en esto —me interrumpe—.
Hablaré con Recursos Humanos para que adelanten tu evaluación anual.
Tendrás un buen bono que, sin duda, será mejor que un anticipo como el que habías pedido, y además realizaremos una revisión salarial.
Te prometo que el pago se efectuará, como tarde, a finales de la semana que viene. Les pediré que lo agilicen.
Trago saliva, intentando retener las lágrimas. El alivio me invade. Aunque no es la solución a todos mis problemas, al menos me concede unas semanas más.
—Gracias. De verdad. Muchísimas gracias.
—No me las des —responde, serio—. Solo espero que esto te dé un respiro. Y, Elise…, lamento mucho lo que estás pasando. Si en algún momento necesitas tomarte algún día libre, ven a verme directamente, o llámame si no estoy en Londres.
Asiento, realmente agradecida, y me pongo en pie, dispuesta a irme.
Con lo que no contaba era con el pósit que encuentro pegado en mi mesa al llegar. Es de Markus: me pide ir a su despacho cuanto antes.
Desvío la mirada hacia la cristalera, cubierta por las lamas de las persianas, que impiden ver a través de ellas, y decido que, al menos por ahora, no puedo enfrentarme a él. Lo ignoro el resto de la mañana y, a la hora de comer, me las apaño para darle esquinazo.
No voy a mentir: me siento mal, pero no estoy preparada para enfrentarme a su mirada.
No todavía.