61
Markus
Hace rato que intento concentrarme, pero la cabeza se me va una y otra vez hacia Elise.
Ayer estaba devastada cuando salió del hospital, y esta mañana se marchó de mi casa sin darme opción a llevarla a donde tuviera que ir.
No lo compartió conmigo, y yo tampoco quise agobiarla; me repito que debo concederle su espacio.
No obstante, una vocecita dentro de mí me dice que algo no va bien.
Resoplo, me paso una mano por la cicatriz y trato de abstraerme en el informe.
Justo entonces la silueta de Williams pasa frente a la cristalera, se detiene y, acto seguido, llama a la puerta.
—Schröder, perdona que te moleste —dice, cerrando tras él y acercándose a mi mesa.
—Nunca molestas. ¿En qué puedo ayudarte?
—Necesito tu opinión.
Se sienta frente a mí, acomodándose en una de las dos sillas libres. Sube el talón a la rodilla opuesta y me mira.
—Claro, ¿de qué se trata?
—Verás, Elise ha solicitado a Recursos Humanos un adelanto bastante cuantioso, y, dado que lleva tantos años en la empresa y está tan implicada en sus funciones, han considerado que debían comentarlo conmigo antes de rechazar la solicitud, por si yo quería hacer una excepción.
Me ha dejado algo preocupado y, puesto que tú eres quien trabaja a diario con ella, quería preguntarte cómo la has visto últimamente.
—¿Cuánto dinero ha pedido?
—Tres meses de salario. —Se frota la barbilla, pensativo—. La política de la empresa no permite más que uno, pero me planteaba ser un poco más benevolente.
Asiento con la cabeza, esforzándome por mantener una expresión neutra, aunque la preocupación me golpea de lleno.
No puedo permitir que Williams empiece a desconfiar de Elise, pero tampoco quiero traicionar la confianza que ella ha depositado en mí, y sé que prefiere no compartir lo de su padre con la gente de la oficina.
—Te aseguro que sigue siendo una empleada muy competente y comprometida. Ojalá más personas así, porque es de lo mejor que tienes en el equipo, y no es fácil encontrar perfiles tan buenos como el de ella.
—¿Pero?
—¿Siempre tiene que haber un pero?
—Sí.
Resoplo.
—Creo que deberías hablar directamente con ella.
—Lo he intentado. Nadie sabe dónde coño se ha metido.
Nos quedamos mirándonos, aunque percibo un atisbo retador en su mirada, como si me estuviera poniendo a prueba. ¿Qué pretende?
—¿No vas a cubrirla? —Alza las cejas.
Qué cabrón. Lo sabe.
Cojo el teléfono móvil que descansa sobre mi escritorio y marco el contacto de Elise antes de llevármelo a la oreja.
—Elise, ¿dónde estás? ¿Te encuentras bien? —le digo en cuanto descuelga, en alemán, para que Williams no se pispe y ella sepa que no pueden entendernos.
—Tenía que hacer unas gestiones, llegaré pronto. —Habla en voz baja y un tanto apurada—. ¿Ha pasado algo?
—Eso es lo que quiero que me expliques. ¿Has pedido un adelanto?
—Ah, eso… Voy enseguida.
Dejo que se instale un breve silencio en la línea, en el que Williams me observa con curiosidad, y yo giro un poco la silla, como si así fuera a encontrar algo de intimidad.
—Por favor, date prisa. —Después, en un tono diferente, más cercano, añado—: No hagas que me preocupe más.
Cuelgo. Al alzar la vista de nuevo hacia Williams, este me observa con redoblado interés.
—¿Habláis en alemán? —pregunta, ladeando la cabeza.
Me encojo de hombros.
—La costumbre —miento.
—Vaya, Schröder… Ahora me pregunto si los rumores que circulan por ahí son ciertos.
—¿Qué rumores?
—Que tienes un lío con ella.
Él sonríe, pero no es un gesto amable, y se percibe cierta tensión en el ambiente.
Aprieto la mandíbula, resistiéndome a mostrar cualquier emoción.
No se lo niego, pero tampoco se lo confirmo.
No es necesario, llegados a este punto. Sé que las relaciones entre empleados no están permitidas, pero yo no trabajo para Williams, solo estoy aquí colaborando con él, por lo que no puede tomar represalias contra mí.
Pero, claro, me pregunto qué repercusiones tendría para Elise.
—No sabía que te gustaba cotillear —le suelto.
Williams menea la cabeza. Parece divertido por mi comentario.
—Venga, no te lo tomes a mal. No voy a indagar respecto a ti, precisamente; qué demonios, ya sabes que soy un enamorado del amor, pero córtate un poco, ¿quieres?
No digo nada.
—En fin… —Se levanta—. Estaré en mi despacho.
En cuanto cruza la puerta, permito que la inquietud me aborde. ¿Qué me está ocultando Elise? ¿Tiene problemas? ¿Por qué no me ha dicho nada?
Mi cabeza no para de pensar en el hecho de que vendiera las videoconsolas o el televisor, y sospecho que esto viene de más atrás. ¿Qué está ocurriendo?
Me levanto y me dirijo hacia las persianas de la cristalera. Las bajo, de manera que no se pueda ver el interior del despacho, porque lo último que necesitamos es que encima la gente hable sobre nosotros.