El caos que nos une (Lo que nos une 1) 60
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Elise

Estoy concentrada en la pantalla negra, devanándome los sesos para descubrir qué demonios falla en el código. Me cabrea ser consciente de que, si yo no me encargo, nadie más lo hará. ¿La gente ya no se toma nada en serio?

Sin embargo, mi burbuja de negatividad y frustración se rompe cuando noto cierto revuelo a mi alrededor. Varias cabezas se giran en la misma dirección, asomándose por detrás de los monitores, y yo sigo la corriente.

Nora cruza la sala con un pequeño ramo de rosas rosadas, dispuestas en una elegante caja redonda, de esas estilo sombrerera que están tan de moda. Al principio pienso que serán para otra persona, pero, en cuanto capto la sonrisa traviesa de mi amiga, no me quedan dudas.

—Hola —me saluda al llegar, poniendo las flores delante de mí.

—Voy a matarlo… —murmuro, y trato de esconderme detrás de mis pantallas.

—Trae una nota. —Señala el sobrecito, que, por supuesto, espera que yo abra en este preciso momento.

Lo cojo y, mientras lo leo, no puedo reprimir una sonrisa.

Querida Elise:

En el caos que nos une,

permíteme ser tu refugio.

Incluso en los días más grises.

Aquí estaré.

Siempre.

M.

Tengo que esforzarme por no soltar una lagrimita. Deseo mirar hacia la cristalera, pero me resisto. No puedo levantar sospechas en la oficina.

—Qué envidia me das —suspira Nora—. A mí nunca me han regalado flores.

No respondo, pero me permito disfrutar un poco del momento, de la ilusión y de la complicidad que representa este detalle.

—Seguro que más pronto que tarde encuentras a alguien que sí lo haga —le digo.

Nora esboza una sonrisa sarcástica y niega con la cabeza.

—Cuando digo que no pienso volver a salir con nadie, lo digo de verdad.

Pongo los ojos en blanco ante su comentario y ella termina yéndose a su sitio.

Ya por la tarde, apago mi ordenador para dirigirme al hospital, como todos los días. Markus ha salido a una reunión con Williams e imagino que estará ocupado, pero, cuando miro hacia la cristalera y veo su despacho vacío, el corazón se me encoge.

En esta ocasión, salir de la oficina llevando el ramo aporta algo de color al día; me siento como si enarbolara la bandera de la paz en medio del caos. Tal vez por eso, cuando llego al hospital, no sé muy bien cómo afrontar la situación que me espera.

Papá está en la cama, más pálido que otros días.

Tampoco parece tan animado. Al verme entrar, le da un ataque de tos que sé que le duele más de lo que está dispuesto a reconocer.

Una enfermera viene a ajustar el gotero y yo no puedo hacer otra cosa más que sentarme a su lado y sostenerle la mano, cada día más y más frágil.