El caos que nos une (Lo que nos une 1) 59
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Elise

Hace rato que la noche ha teñido la ciudad cuando me meto en la boca de metro. Pensaba ir directa a casa, pero, casi sin pensarlo, cambio de tren en la siguiente estación. Mis pasos, más guiados por el corazón que por la lógica, me llevan hasta Chelsea.

No lo he avisado, simplemente he venido.

Al abrir la puerta de su piso, Markus no me pregunta. En su mirada plateada hay un brillo de comprensión que no necesita explicaciones. Solo me abraza, y yo me entrego a esos brazos que se han convertido ya en mi refugio.

Levanto el rostro hacia el suyo, buscando sus labios, que me responden con la ternura exacta que necesito. En algún momento, mis manos se cuelan debajo de su camiseta blanca, pidiendo algo más que consuelo, y él me las toma con cuidado y me conduce hasta su dormitorio.

Allí, en silencio, comenzamos a despojarnos de la ropa sin prisa, cuidándonos el uno al otro.

Nos concedemos todos los besos del mundo, y cada caricia eriza la piel que entra en contacto con la del otro.

Cuando me tumba sobre la cama, lo hace como si yo fuera un valioso tesoro.

Se coloca sobre mí controlando su peso, envolviéndome con su calor, y, entonces, por fin, nos fundimos como solo nosotros sabemos hacerlo.

Y es simplemente maravilloso.

Él.

Esto es cuanto necesito esta noche.

El tiempo se detiene, como siempre que terminamos entre las sábanas.

Sus movimientos, suaves al principio, se transforman en una danza que interpretamos a la perfección.

Me aferro a su espalda cuando estoy al borde de alcanzar la ansiada cima, y, justo cuando estoy a punto de romperme en millones de partículas brillantes, sus labios rozan mi oído.

— Ich liebe dich —me susurra.

Sus palabras de amor son el detonante que me lanza al abismo. Me dejo caer al tiempo que lo hace él, olvidándome de que en el universo existe algo más que nosotros dos.

Nos quedamos disfrutando del latido acompasado de nuestros corazones. Markus me acaricia el hombro con la yema de los dedos, trazando círculos invisibles que descienden por mi brazo y después se desvían, lentos, hacia mi pecho.

—¿Qué te parece si nos damos una ducha y luego te preparo la cena?

—¿Pretendes malcriarme?

—Me encantaría. Ojalá me dejaras hacerlo a diario.

Suena tan bonito que por un instante me permito creer que es posible.

Me he entretenido secándome el pelo, y, cuando llego, Markus está terminando de emplatar un par de tortillas francesas acompañadas de un revuelto de espinacas con champiñones.

—Eso tiene una pinta fabulosa.

Él sonríe sin decir nada, pero algo en su expresión hace que se me encoja el alma.

Mientras coloca los platos sobre la isleta de la cocina, donde ya están dispuestos los cubiertos, me doy cuenta de que hay algo a lo que no paro de dar vueltas, y que no puedo seguir guardándome.

Así que, justo antes de sentarnos, decido lanzarme.

—Antes… dijiste algo. En alemán.

Asiente con la cabeza, pues sabe perfectamente a lo que me refiero. Ich liebe dich , o lo que es lo mismo, «te quiero».

—Lo dije porque lo siento.

Su confesión, tan directa, me deja sin aliento unos segundos.

—Sabes que me están pasando muchas cosas.

Con mi padre, contigo… y conmigo misma también.

Y trato de ordenar toda la maraña de sensaciones, pensamientos y sentimientos que llevo dentro, pero no consigo desenredarla como me gustaría.

Lo que intento trasladarte, y sin intención de herirte, porque para nada es lo que pretendo, es que no sé muy bien qué siento ahora mismo.

Hago una pausa, durante la que él no dice nada. Solo me escucha. Y eso me da el valor para seguir.

—Lo que sí puedo decirte es que, cuando estamos juntos, todo mi mundo se calma.

Me haces sentir bien. Segura. Tranquila.

Como si fueras justo lo que necesito en mi vida.

Cuando despierto, mi primer pensamiento es para ti, y, al acostarme, el último también te lo quedas.

Me hace feliz estar contigo, hacer planes juntos, y me encanta pasar tiempo a tu lado.

De alguna manera, creo que encajamos a la perfección.

Y eso jamás me ha pasado con nadie. Pero tampoco estoy cien por cien segura de cómo interpretarlo… porque nunca he estado enamorada.

Markus me coge las manos con delicadeza y sus ojos se clavan en los míos.

—Elise, con tus palabras me lo estás diciendo todo.

Y no te preocupes: no tienes que ponerle una etiqueta a esto.

Me basta con la valentía y la sinceridad que muestras al contarme lo que te pasa por la cabeza, y me siento muy afortunado de que conmigo puedas abrirte así.

Me hace muy feliz saberlo. Yo sí lo tengo claro, pero estate tranquila, tampoco tengo prisa.

No decimos nada más; no hace falta. Y me sorprende de nuevo esa sensación de seguridad, calma y bienestar que despierta en mí. Porque con Markus no tengo dudas, ni miedo. Vamos a nuestro ritmo y así nos entendemos bien.

Posa sus labios en los míos y me proporciona el alivio que mi pobre corazón necesita. Esta es la respuesta que buscaba, aunque no me atreva a verbalizarla.

Y por fin, gracias a él, el invierno que me asola remite momentáneamente, y le doy la bienvenida a una fresca primavera que, poco a poco, comienza a florecer en mi interior.