El caos que nos une (Lo que nos une 1) 58
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Elise

Hoy he salido temprano del trabajo para ir al hospital. Le llevo a papá un chocolate para tratar de mejorarle un poco el día, ya que ayer lo vi mucho más alicaído.

La habitación está en penumbra, pero sé que él está despierto aunque tenga los ojos cerrados.

—No te quedes ahí como un pasmarote —dice en voz baja, haciéndome reaccionar.

—Te he traído chocolate.

Abre los ojos y me mira con ternura y cierta tristeza. Yo trato de ocultar la mía tras una máscara.

—Hoy no me veo con ganas, pero gracias, cariño.

—Vale, no pasa nada. Lo dejaré aquí de momento.

Lo pongo con cuidado sobre la mesita que hay al lado de su cama y me siento en el borde del colchón, en silencio. No sé cuánto tiempo permanecemos así hasta que vuelve a hablar.

—¿Cómo está Markus?

Me sorprende que pregunte por él.

—Bien.

Opto por ser escueta. No estoy segura de que compartir detalles con papá sea lo más adecuado en este momento. A decir verdad, nunca hemos hablado de… chicos. Jamás.

—Le importas mucho, Elise. Ese hombre te quiere.

—Creo que estás divagando… —Intento sonar serena, pero no lo consigo del todo.

Una tenue sonrisa se perfila en su rostro.

—Solo deseo que sepas que está bien dejarse amar. Lo que hay entre vosotros parece real, y eso no se encuentra todos los días.

No digo nada; no soy capaz. Siento un peso en mi garganta que comienza a doler. Mucho.

—No quiero perderte —confieso.

—Es ley de vida, y, aunque yo no esperaba irme tan pronto, quiero que te quedes con todo lo bueno. Con lo que te haga sonreír. Que vivas, Elise. —Su voz suena rota—. Que no pongas tu vida en pausa por mí. No te sientas culpable por algo bonito que te está pasando.

Sus palabras me destrozan por dentro, y las lágrimas resbalan por mi rostro.

¿Cómo explicarle que me duele sentir algo tan cercano a la felicidad cuando estoy fuera de aquí, con Markus, y, al mismo tiempo, albergar en mi interior la tristeza más desoladora que puede existir?

¿Cómo decirle que no me considero con derecho a experimentar un amor que ha llegado sin preaviso en el peor momento de mi vida?

—Tengo miedo, papá. Tengo miedo de todo.

Él aprieta mi mano con la poca fuerza que le queda.

—Todos tenemos miedo, pequeña. Pero no lo uses como ancla. Lo que tenga que pasar pasará. Tú tienes toda la vida por delante y debes centrarte en tu futuro.

—¿Cómo puedes decir esas cosas? —pregunto, casi enfadada por sus palabras.

—Porque mi mayor deseo es que vivas y seas feliz —responde, mirándome a los ojos—. Porque te lo mereces, y porque quiero lo mejor para ti.

Asiento con la cabeza porque no puedo responder de otra forma. Me aferro a su mano y le acaricio los nudillos con la yema de los dedos.

Más tarde, cuando salgo de la habitación, me apoyo contra la pared fría del pasillo desierto y me permito derrumbarme, en silencio y en la soledad que necesito.

Qué injusta puede ser la vida.