57
Elise
Tras la llamada de Markus poniéndome sobre aviso, voy pitando a la recepción, donde encuentro a Nora junto al mostrador, con una americana gris oscura que le queda enorme y la tapa casi hasta las rodillas.
Intuyo enseguida que es de Max, quien la observa desde un par de metros de distancia, con las manos en los bolsillos del pantalón y semblante serio. Le está dando su espacio.
Ella, con el rostro enrojecido y los ojos todavía húmedos, mete su botella de agua y un par de cosas más en su bolso de cuero negro, evitando mirarnos directamente.
—Pero… ¿qué ha pasado?
—El imbécil de Anthony, eso ha pasado —me responde, cortante.
—¿Anthony? ¿El mismo Anthony en el que estoy pensando? ¡Markus me ha contado algo y no me lo creía!
—Pues créetelo. Definitivamente, no era el más listo de su clase… Y, después de este numerito, no pienso volver a salir con ningún hombre en mi vida.
—¿Y qué vas a hacer ahora? —No sé ni qué decir. Tengo demasiadas cosas en la cabeza y, después de lo que Markus me ha relatado, esta escena me parece surrealista. ¿En serio ha ocurrido lo que creo que ha ocurrido?
—Ese imbécil me ha dejado medio en pelotas en la entrada, Elise. Ya he tenido suficiente por hoy, así que me voy a casa. Y me da igual si me lo descuentan del salario. Seguro que estarán encantados de usarlo como excusa para seguir probando ese robot de mierda que están programando.
—Nadie va a descontarte nada de tu sueldo hoy —interviene Max con calma—. Me aseguraré de eso.
Nora le lanza una mirada rápida, un tanto desconfiada, pero no responde.
—Te acompaño a casa. Solo deja que vaya a por mis cosas… —comienzo, pero ella me interrumpe con firmeza.
—Por favor. Hoy es tu día de terapia. No puedes saltártelo por una estupidez como esta.
—No creo que sea ninguna estupidez. Y no deberías irte sola en este estado —interviene Max, adelantándose a lo que yo estaba a punto de decir.
—Lo ha sido —suspira—. ¿Puedo devolverte la chaqueta más tarde, por favor? Si me dices dónde te alojas, prometo llevártela después, o cuando tú me digas. O se la doy a Elise para que se la dé a Markus y…
—La americana es lo de menos —interrumpe Max, tranquilo— Y, además, yo te acompañaré.
—No tienes por qué hacerlo. —Nora parece un poco descolocada por su ofrecimiento.
—Lo sé. Pero quiero.
Se miran durante un segundo que parece alargarse más de lo normal. Al final, la rendición se apodera del rostro de mi amiga, que exhala un leve suspiro.
—Está bien. —Se vuelve hacia mí—. Gracias por ofrecerte, Elise, de verdad, pero, por favor, no faltes a tu sesión. Es importante.
—De acuerdo… Te llamaré más tarde.
El ascensor se abre y tres compañeras salen cuchicheando sin disimulo. Una de ellas incluso ríe por lo bajo, mirando a Nora.
Max las sigue con la mirada, cada vez más serio; se está cabreando. Mucho.
Nora baja la vista, traga saliva y se cuelga el bolso al hombro. Está al límite, y no me extraña. Esto parece el patio del recreo, por increíble que pueda parecer.
—Podemos irnos ya. Por favor… —No es una pregunta, sino una súplica.
—El chófer está abajo. Vamos.
—Te llamo luego —le repito, acercándome para abrazarla. Ella me corresponde con fuerza, como si de repente todo su cuerpo necesitara apoyo físico para no venirse abajo.
La veo marcharse con Max y sé que está en buenas manos.
Y no puedo evitar pensar que, por alguna razón, estará más tranquila con él de lo que ella misma admitiría.
Por la noche, cuando llego a casa después de la sesión de terapia y de visitar a papá en el hospital, me doy una ducha y, agotada, me como el único yogur que queda en la nevera antes de dejarla literalmente vacía.
Suspiro, cojo el móvil y llamo a Nora con el manos libres. Linux me observa desde el marco de la puerta. Por un instante juro que el gato sacude la cabeza a modo de reproche silencioso.
—Hola —saluda ella al descolgar, con un tono que suena a aburrimiento y derrota.
—Veo que has sobrevivido.
—Bueno…, yo sí. Pero mi orgullo pereció en la escena del crimen, justo al lado de mi falda.
—Ay, Nora… Cuánto lo siento, de verdad. Si no fuera porque la policía se lo llevó tan pronto, habría bajado a darle una patada en las pelotas.
—Tranquila. No me he sumido en la desdicha absoluta ni nada por el estilo. Solo estoy tirada en el sofá, comiendo helado de brownie de Ben si no lo hacemos, una de las dos, si no ambas, terminará llorando.
—¿Y Max? ¿Se portó bien?
—Demasiado bien, lo cual ya es raro en alguien con su perfil. Seguro que es un picaflor de manual.
—Pero ¿qué dices? Si no lo conoces.
—Lo intuyo, porque parece lo contrario a su hermano.
—Te cubrió como un auténtico caballero. Lo cual, por cierto, es lo opuesto a lo que acabas de decir.
—Seguro que lo hizo solo porque soy tu amiga, aunque reconozco que en el trayecto no dijo nada fuera de lugar. No intentó hacerme sentir mejor con tonterías, ni se rio, ni hizo comentarios incómodos. Solo… estuvo. En silencio.
—Vamos, que fue respetuoso.
—Lo fue —coincide, bajando un poco la voz—. En fin…, puta vida.
—Sí, a veces es asquerosa.
Se instala el silencio.
—¿Cómo estás hoy?
—Ya ni lo sé. Sigo con mis dilemas emocionales.
—Elise —suena resuelta—, no hay nada de egoísta en buscar un poco de luz cuando todo está oscuro. A veces, el amor es justo el refugio que uno necesita.
—Gracias, Nora.
—Para eso estamos las amigas. —Hace una pausa—. En fin, buenas noches; quiero ponerle ya punto final a este día horrible. Te veo mañana, ¿vale?
—Buenas noches. Descansa.
—Lo intentaré.
—Lo mismo digo.
Cuando colgamos, sus palabras resuenan en mi cabeza.
Sé que Nora tiene razón. Solo necesito creérmelo.