El caos que nos une (Lo que nos une 1) 56
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Markus

A veces siento que este despacho es como una pecera. Un espacio desde el que puedo observar lo que ocurre en el exterior con cierta distancia. Aunque lo único que realmente me interesa es ella.

Y ahí está, concentrada en su pantalla, con el entrecejo ligeramente fruncido, tan enfrascada en su tarea que parece olvidarse del mundo, y eso, a veces, es bueno.

En el fondo, ella es la única razón por la que vale la pena seguir alargando mis días en esta ciudad y esquivar, al menos por ahora, la presión constante de mi familia para que vuelva a «la realidad de Berlín».

Pero es más sencillo engañarme a mí mismo y a los demás alegando que no he terminado el proyecto que estamos haciendo aquí.

De pronto, Elise gira la cabeza, me mira y dibuja una pequeña sonrisa que yo le devuelvo.

Y no puedo evitar pensar en lo afortunado que soy por tenerla más allá de estas paredes. Por vivir con ella esos momentos íntimos, tan nuestros, entre las sábanas. Por poder imaginar planes a su lado y hacer cosas juntos incluso dentro del caos que nos rodea.

Su mirada se desvía hacia mi puerta, y luego vuelve a fijarla en su pantalla.

Alguien toca a la puerta y, después de que yo dé paso, abren Max y Nora.

—Espero que no te importe que lo haya dejado pasar —dice ella con su habitual gesto alegre, tendiéndome un sobre que reconozco enseguida, ya que me llegan casi a diario. Es de la mensajería que usan en la oficina de Berlín.

—Tengo hambre —dice Max sin más—. Y hoy quiero regresar pronto a Alemania, así que espero que podamos ir a comer ya.

Pongo los ojos en blanco.

—Siempre tan sutil.

Él se encoge de hombros y mira a su alrededor. Este lugar no le gusta, y a mí, en el fondo, tampoco.

La verdad es que, aunque no se lo digo, me alegra tenerlo aquí. Sé que quedarse tanto tiempo en Londres conmigo, después de la operación, teniendo en cuenta lo ocupadísimo que está siempre, le ha supuesto reorganizar media vida, y eso, viniendo de Max, dice mucho.

Me levanto de la silla y echo un rápido vistazo a Elise, que mira hacia aquí, aunque finja lo contrario. Sonrío y, de nuevo, ella lo hace también.

Max no pierde detalle.

—Tienes unas vistas privilegiadas, por lo que veo.

A Nora se le escapa una risita que intenta disimular con una tos falsa. Yo niego con la cabeza, resignado, mientras cojo la americana que cuelga en el respaldo de la silla.

—¿Seguro que eso de mirarse así no figura como conducta inapropiada en el reglamento interno?

Intento congelarla con la mirada, aunque no surte efecto. Mi hermano la mira entre divertido y asombrado.

—Desde luego la androide no será tan mezquina como resultas tú a veces… —bromeo.

—Oye, tampoco seas cruel con la chica. —¿En serio Max la está defendiendo?—. Si yo fuera el responsable de Recursos Humanos, os haría firmar una cláusula de contención de miradas guarrillas.

—¿Podemos disolver ya el comité de pullas contra mí, por favor?

—Este no es el comité de pullas —dice Nora. Sé que en su perversa mente elucubra cómo continuar la frase.

—No, más bien es el comité de observación —termina Max por ella, y ambos cruzan una mirada tratando de no partirse de risa en mi cara.

—¿Nos vamos ya?

—Vale, vale… No gruñas —me dice Max. Luego se gira hacia Nora—. Pocos se atreven a sacarlo de sus casillas. Tú sí que eres valiente.

Ella no le responde, pero no se me escapa cómo se muerde el labio durante un par de segundos.

—Bueno, será mejor que vuelva al sitio que me corresponde… Que vaya bien la comida.

Sale rápido del despacho, algo que me deja un poco confuso, y no tardamos en hacer lo mismo Max y yo, aunque, cuando llegamos al ascensor, ella no está en su mostrador.

A la salida del edificio, el chófer de mi hermano ya nos está esperando. Yo sigo prefiriendo mi independencia al volante, frente a estas comodidades que tanto le van a Max. En estas cosas somos distintos, siempre lo hemos sido.

Ha elegido un restaurante formal; no es especialmente elegante, pero sí bastante más discreto y tranquilo que los que rodean la oficina.

Nos sentamos, pedimos y esperamos a que nos sirvan en un mutismo lleno con el murmullo de las conversaciones ajenas y el tintineo constante de los cubiertos.

Max revisa el correo en su móvil y yo no lo interrumpo.

Cuando llegan los platos, al fin levanta la mirada y, por su gesto, sé que se avecina esa charla que ambos sabemos que es inevitable.

—¿Cuándo vas a volver a Berlín? —pregunta, tan directo como siempre.

Aprieto los labios y me centro en la ensalada, como si hacer pedacitos un tomate fuera más importante que contestarle.

—Mira, Markus —continúa—, mamá no para de encasquetarme todos los eventos de la fundación.

Me llama casi a diario con su agenda de compromisos, discursos, galas insoportables…

Y, joder, hermano, tú sabes cómo es eso.

Yo también estoy hasta arriba de trabajo.

No puedo seguir sosteniendo esta situación por los dos.

Hace una pausa breve en la que me esfuerzo por mantenerme callado.

—Y no solo es eso. Como no reaparezcas pronto, tus inversores empezarán a impacientarse —añade, mirándome con seriedad—.

Llevas meses fuera. No sé si lo recuerdas, pero no eres un consultor freelance con derecho a estas vacaciones emocionales que te estás tomando.

Eres el CEO de una empresa de la que dependen cientos de familias, por la que has luchado años.

Sigo cortando el tomate, como si eso pudiera concederme más tiempo, pero al final claudico. Dejo los cubiertos apoyados en el plato y levanto la mirada.

—Ya lo sé.

—No, no lo sabes —responde Max, serio—. Nuestros padres aún creen que sufres algún tipo de crisis posaccidente.

Que es cuestión de tiempo que vuelvas a la normalidad.

Pero tú y yo sabemos que esto va más allá, y necesito que vayas poniendo una fecha, porque no puedes quedarte aquí de forma indefinida.

Respiro hondo.

—No puedo irme ahora.

Guarda silencio. Por su expresión sé que no es lo que quería oír.

—Elise está pasando por un momento muy complicado con su padre. Y yo… yo siento que por fin empiezo a respirar. Perdona si suena egoísta, para la familia, para la empresa, para todo lo que he dejado en Berlín…, pero no puedo irme de Londres. No ahora. Y tampoco quiero hacerlo. Al menos de momento.

Max asiente. Sé que va a darme algo más de cancha, pero que esto no terminará aquí.

—No te estoy pidiendo que subas a un avión mañana, pero debes volver a asumir parte de tus responsabilidades.

Poco a poco, si es lo que necesitas, pero al menos deja de esconderte.

Y te lo digo de verdad, Markus: entiendo perfectamente lo de Elise.

Sé que esta chica es algo serio para ti, lo he visto en el tiempo que he pasado aquí, pero tampoco puedes abandonarnos a todos los demás, porque, cuanto más tiempo tardes en tomar tus propias decisiones, más posibilidades hay de que otros las tomen por ti. Y, créeme, no te gustarán.

Lo miro unos segundos antes de asentir con la cabeza. Aunque no digo nada más, sé que tiene razón y, no me voy a engañar, me preocupa.

Al regresar a la oficina, salimos del coche para despedirnos. La vista de Max se desvía hacia la entrada del edificio. Nora aparece en ella, radiante como siempre, y, al vernos, alza la mano para saludarnos con su habitual alegría.

—Me cae bien esa chica —comenta Max, devolviéndole el saludo con la misma efusividad. Yo me limito a hacer un pequeño gesto con la cabeza.

Y entonces…

Un tipo de aspecto descuidado, piel pálida, pelo negro alborotado y una enorme mochila de montaña a la espalda irrumpe en la acera a trompicones, en dirección a Nora.

—¡Gisela, cariño! —grita, demasiado alto para la distancia que los separa.

Nora frena en seco, desconcertada, y luego trata de esquivarlo.

—¿Gisela? Pero ¿qué dices?, ¿estás pirado?

Nos apresuramos a acercarnos al ver que él le coge la mano.

—¿Todo bien, Nora? —pregunto sin perder de vista al zarrapastroso ese. Tiene ojeras marcadas bajo unos ojos oscuros que parecen más cansados que amenazadores; aun así, no me fío de él.

—Está controlado —me responde ella, visiblemente incómoda. Sus mejillas rojas delatan que está pasando una vergüenza atroz, y deduzco que conoce a este individuo tan peculiar.

—Perdona, Nora… Eso, ¡Nora! Mi vida, por favor. Fue un error…, ¡lo de aquella vez! Y no paro de pensar en ti.

—Me estás dejando en ridículo en mi trabajo —responde ella entre dientes, zafándose por fin de él.

—Es que no contestas a mis llamadas ni a mis mensajes. Y tenía que intentarlo… ¡Perdóname!

Trata de agarrarla de nuevo, pero yo le sujeto la muñeca y, antes de soltarlo, le lanzo una mirada de advertencia, que el miserable parece captar ipso facto .

—Te bloqueé el mismo día en que te pillé tirándote a la rubia esa, ¡imbécil! ¿Y ahora vienes aquí, me llamas Gisela y pretendes que te perdone lo imperdonable? ¡Eres patético!

Tanto Max como yo nos miramos, ojipláticos por la revelación.

El tipo levanta las manos en un gesto de derrota.

—Lo sé, lo sé… —Que asienta hace todavía más palpable su desesperación—. Tienes razón, pero Annie me ha echado de su casa, mi madre no me quiere ni ver, y no tengo a dónde ir.

—Te sugiero los bajos de cualquier puente del Támesis; y ahora, desaparece de mi vista para siempre. Si te vuelvo a ver, llamaré a la policía.

—No, eso no. ¡Mi madre me mataría! —Ella lo fulmina con la mirada—. Vale, lo he pillado, ya me voy. No volverás a verme, perdona que te haya molestado…

—Más te vale —sisea.

Nora se gira, dando por zanjado el asunto, justo cuando él da un paso atrás, tropieza con su otro pie y cae, moviendo estrambóticamente los brazos en todas direcciones, tratando de aferrarse a lo primero que encuentra, y que resulta ser nada más y nada menos que la falda de tubo de Nora.

En menos de un segundo la tela se rasga en su totalidad siguiendo la abertura trasera, dejando a la vista unas bragas de encaje de color negro y la parte superior de sus medias hasta el muslo, de color nude y rematadas con puntilla.

La tela cae a sus pies y ella rápidamente se lleva las manos atrás y adelante, tratando en vano de taparse.

Ahoga un grito que bien podría confundirse con un sollozo, mientras algunos compañeros de la oficina se esfuerzan por contener aspavientos, unos, y risitas, otros.

Yo no doy crédito del comportamiento de estos últimos, pero intento quedarme con sus caras.

Max se dirige a toda velocidad hacia ella, quitándose la americana del traje para ponérsela sobre los hombros y así cubrirla.

No le dice nada, solo la observa un segundo más de la cuenta, pero es mi gemelo y logro captar ese gesto casi imperceptible, esa mirada fugaz que va más allá de la caballerosidad.

Diría que mi hermano ha sentido algo más que el mal rato.

Vaya… Qué curioso…

No le voy a comentar nada, por supuesto, pero Max no suele quedarse sin palabras, y aún menos se le nota tanto el interés por alguien.

Un sonido hace que me centre en el indeseable que ha causado este desastre, y que contempla la escena horrorizado y con un diente menos, ya que acaba de perderlo en la aparatosa caída.

—Mierda, lo ziento , ha zido un accidente… —murmura con la boca ensangrentada.

Nora le lanza una mirada asesina mientras se aferra a la chaqueta de Max, pero no le dice nada. Yo me acerco a él.

—Mira, al final igual tienes suerte y te asignan un bonito calabozo donde poder quedarte al menos una noche —le digo mientras marco el número de la policía y me llevo el teléfono a la oreja.

El tipo recupera su diente con manos temblorosas y comienza a llorar, todavía en el suelo. No parece ir a moverse de ahí, así que no le presto mucha atención.

Max acompaña a una avergonzadísima Nora dentro del edificio, bajo las miradas de los compañeros que han presenciado todo el espectáculo y de algunos peatones curiosos que pasaban por aquí.

Mi hermano se gira para mirarme y yo le hago una señal de asentimiento, dándole a entender que me hago cargo de la situación.