55
Markus
La luz suave del amanecer se filtra por la cortina, tiñendo la habitación de un tono cálido y acogedor. Es sábado, y todo parece indicar que la tormenta de anoche ha quedado atrás.
No estoy seguro de qué hora es, pero tampoco me importa.
Estoy despierto, en su cama, pero no me muevo; no quiero despertarla todavía.
Y es que tener a Elise entre mis brazos se ha convertido, sin darme cuenta, en mi momento favorito del día.
Su respiración tranquila roza la base de mi cuello.
Su cuerpo está enlazado con el mío de una forma que parece hecha a medida, inesperadamente perfecta.
Siento el deseo de inclinarme y volver a besarla, de alargar una noche que ya empieza a desvanecerse… Pero no lo hago. Prefiero quedarme aquí, en este instante, saboreando el silencio, el calor compartido entre las sábanas, y la certeza de que quiero más de esto. De ella.
Sin prisa.
Sin dudas.
Quiero que esto signifique algo. Que sea de verdad. Y, esta vez, quiero ir en serio.
La observo dormir, despeinada, con la boca entreabierta y una pierna cruzada sobre la mía. Y, en ese momento, algo dentro de mí sana. O simplemente deja de doler.
Elise se ha colado en lo más profundo de mi alma y mi vida ya no será la misma.
No hay marcha atrás. Tampoco quiero que la haya.
Acaricio su mejilla con la yema de los dedos, muy despacio, con cuidado de no despertarla.
Suspiro.
No quiero estar en ningún lugar del mundo sino aquí, escuchando su respiración, sintiendo su corazón contra el mío.
Y aunque todavía no reúno el valor de decírselo, sé con total claridad que quiero hacerla feliz. Quiero quedarme con ella.
Y no pienso alejarme, salvo que me lo pida.