54
Elise
Fuera ya está oscuro y las farolas desprenden una luz anaranjada que ilumina la carretera. Markus conduce hacia mi casa, sumidos en el ruido de la lluvia golpeando el vehículo y de los limpiaparabrisas funcionando a un ritmo constante.
—Tú también lo has notado, ¿verdad? —pregunto al detenernos en un semáforo.
Aprieta los labios, probablemente midiendo sus palabras porque sabe a lo que me refiero: papá se está apagando.
—Sí —responde.
Un relámpago, seguido de un trueno que retumba varios segundos después, hace que me hunda todavía más en mi asiento. Ninguno de los dos vuelve a hablar hasta que llegamos a mi casa y aparca frente a la puerta.
—No quiero estar sola esta noche.
Él me mira, y en su expresión hay ternura, comprensión… y una tristeza que parece reflejar la mía.
—Elise… —susurra. Cierra los ojos un instante. Cuando los abre de nuevo, sé que ha tomado la decisión que espero.
Lo observo apearse del coche; saca un paraguas del hueco junto al asiento y camina bajo la lluvia hasta mi portezuela, que abre con cuidado. Me tiende la mano para ayudarme a salir, protegiéndome de la lluvia y manteniendo alejados mis pensamientos más dolorosos, aunque de eso él no sea consciente.
Las llaves se me caen al suelo hasta en dos ocasiones mientras trato de abrir.
Estoy nerviosa, ha sido un día complicado…
, pero él no dice nada y se muestra paciente.
Cuando por fin le gano la batalla a la cerradura, su mano se posa con suavidad en mi cadera, como si quisiera recordarme que está aquí, a mi lado.
Linux, como siempre, nos recibe en la puerta, aunque a una distancia prudente, ya que no le gusta mojarse. Una vez que cierro la puerta, nos quitamos los zapatos. Markus se demora un momento más, para acariciar entre las orejas al gato, que ronronea encantado.
Otro trueno retumba a lo lejos.
Markus se incorpora y nuestras miradas se cruzan unos segundos antes de que él me rodee con sus brazos.
Yo me dejo abrazar, apoyando la cabeza en su pecho; escucho el latido de su corazón y el ritmo pausado de su respiración mientras sus dedos acarician mi pelo con una delicadeza que me derrite por dentro.
Alzo la vista hacia su rostro y me pongo de puntillas para que nuestros labios se rocen; al principio es un beso suave, que profundizamos poco a poco, sin prisa. Como si el tiempo, en realidad, fuera eterno.
—Entonces…, ¿te quedarás? —pregunto en voz baja. Necesito oírlo. Confirmarlo.
—Toda la noche —responde sin dudar, antes de volver a probar mi boca.
Cuando nos separamos, me coloca detrás de la oreja ese mechón que siempre se interpone entre nosotros y me observa.
—¿Qué te parece si preparo algo de cena mientras te pones cómoda?
—Tú eres el que va con traje y corbata.
—Eso tiene arreglo. —Esboza una sonrisa mientras comienza a aflojársela con calma.
—Vale, vale… —No puedo evitar sonreír yo también—. Aunque no tengo gran cosa para cenar. La verdad es que tengo la nevera casi vacía, perdona. Últimamente… solo sobrevivo.
Me sonrojo un poco. Lo he invitado sin tener nada que ofrecerle.
—Sobrevivir es importante, pero tienes que cuidarte más. ¿Qué te parece si pido algo a domicilio?
—Me parece bien. Tengo los panfletos pegados en la nevera, con los imanes.
—¿Alguna preferencia?
—Pizza. Carbonara.
—Perfecto, yo me encargo. —Saca el móvil del bolsillo y se dirige a la cocina.
Me doy cuenta de que sigo sonriendo, y no precisamente por la pizza.
Es por él.
Por cómo es. Por cómo se ha colado en mi rutina sin hacer ruido.
Por todo lo que despierta en mí… y por cómo, sin darme cuenta, lo necesito un poco más cada día.
Decido hacerle caso. Subo las escaleras, entro en el baño y me regalo una ducha larga bajo el agua caliente. Y no sabía cuánto necesitaba algo tan simple hasta que salgo y me pongo ropa limpia para estar en casa.
Cuando bajo de nuevo las escaleras, la tormenta ha amainado y Markus está cerrando la puerta de entrada con un par de cajas de pizza en las manos.
Se ha quitado la americana del traje, lleva los dos primeros botones de la camisa desabrochados y las mangas remangadas hasta los antebrazos.
Me detengo un poco más en esos tirantes que me resultan terriblemente atractivos.
—Justo a tiempo —dice al verme, con una sonrisa que le ilumina el rostro.
Nos sentamos en la cocina, uno frente a otro, compartiendo algún trozo de mi pizza y de la suya, de pepperoni .
Hablamos de todo y de nada, y también nos sumimos en pausas silenciosas que se me antojan cómodas y naturales.
Y debo confesar que hay algo muy extraño pero bonito en cenar en pijama con alguien que aún lleva tirantes y pantalones de traje, pero, de alguna forma, resulta perfecto.
Markus encaja a la perfección en mi mundo y en mi momento.
Una vez que acabamos de cenar, recogemos juntos: yo friego los vasos y él tira los restos de pizza y pliega las cajas de cartón. Mientras los aclaro bajo el agua, siento sus manos en mi cintura y, cuando levanto la mirada buscando la suya, a mi espalda, sus ojos bajan a mi boca y me besa.
Sin importarnos que yo tenga las manos mojadas, giro entre sus brazos y rodeo su cuello con los míos. El beso se hace más profundo, más intenso, y un millón de sensaciones se propagan por todo mi cuerpo haciéndome llamear.
Entonces él rompe el contacto, como si doliera, como si le costase respirar. Apoya su frente en la mía y nos mantenemos así unos segundos que podrían pasar por interminables minutos.
—Vamos a mi habitación —susurro.
Abre los ojos y me mira sin eludir la escasa distancia que nos separa. Parece asombrado al ver la intención en mi rostro.
—¿Estás segura?
Asiento.
—Sí, muy segura.
Le tiendo la mano, que él acepta enseguida, y lo guío hasta mi dormitorio, al que entramos a oscuras, despacio.
Enciendo la lámpara de la mesita de noche, para contar con una luz cálida, sin escondernos, y nos acercamos de nuevo como si camináramos hacia algo inevitable y hermoso.
Su mirada me hace sentir todavía más deseada y, sobre todo, segura de esto, por lo que caemos sobre mi cama y nos entregamos a esas caricias que me hacen perder la cabeza.
Siento los labios sensibles de tanto besarnos, pero no me importa porque con Markus resulta una de las mejores experiencias del mundo. Mi mente está obnubilada, así que, cuando se separa apenas unos centímetros de mí, tardo en percatarme de que, en algún momento, me ha desabrochado la blusa.
Lo miro a esos ojos plateados, con los que llevo días y noches soñando, y deslizo los dedos por su cabello rubio, de un tono pajizo oscuro, que tanto me gusta.
Nos entendemos sin palabras, y llevo las manos hasta el inicio de su camisa para desabrochar los botones.
Él se recrea en observarme, en apartarme el pelo detrás de las orejas, primero de un lado y luego del otro.
Con el dorso de los dedos me acaricia la mejilla; baja después por la mandíbula y, cuando llega a las clavículas, deposita pequeños y tiernos besos sobre mi piel.
Su barba me provoca cosquillas, y eso hace que se me escape la risa y encoja las piernas, sacándole así una sonrisa.
Sigo con mi cometido de quitarle la ropa, aunque, como si no le importara mi torpeza, me da un apretón cariñoso en las manos para que le permita hacerlo a él, y termina de desabotonarse la camisa.
—Está claro que no se me dan bien los botones de otros… —digo con un deje de humor, un poco nerviosa.
—No pasa absolutamente nada —susurra, sosteniéndome el rostro con delicadeza.
Después se inclina hacia atrás para quitarse los tirantes y, con ese movimiento, la camisa se abre, mostrándome su torso definido, a pesar del tiempo que lleva sin hacer ejercicio, como me dijo.
Cuando se la quita, la boca se me seca al contemplarlo: su físico resulta imponente.
Enseguida me rodea con los brazos, acercándome a él de nuevo, besándome el cuello, el lóbulo de la oreja y subiendo hasta mi sien.
Cierro los ojos y exhalo despacio, intentando controlar el temblor de mis manos cuando las acerco a su cinturón.
No sé si es nerviosismo o deseo, o quizás ambos, pero a él no se le escapa el detalle cuando me las aparta para llevárselas a los labios antes de recostarnos de nuevo.
Siento el peso controlado de su cuerpo sobre el mío y me abandono a esos besos en los que nuestras lenguas se entrelazan sin miedo, extraviándonos entre caricias que se prolongan en el tiempo mientras él nos despoja de toda nuestra ropa.
Una vez expuestos, desnudos, nos acariciamos, conociéndonos más el uno al otro, descubriendo qué toques nos erizan o de qué otra forma se nos pueden dibujar sonrisas…
Hasta que ya no aguantamos más, y Markus coge un preservativo que llevaba en un bolsillo del pantalón que hemos dejado caer hace un rato.
—Si en algún momento no quieres que sigamos…
—Lo sé. —Pongo un dedo en sus labios para impedir que continúe—. No te haces a la idea de cuánto tiempo llevo deseando hacer esto. Contigo.
Sus ojos brillan.
—Y yo contigo, Elise. Llevo demasiado soñando con este momento.
Markus vuelve a situarse sobre mí y nos rendimos otra vez a esos besos tan nuestros. Busca mi mano y entrelazamos los dedos; poco a poco siento que me abro a él como una flor que se entrega a la luz. En mi pecho crece una sensación poderosa que me hace sentir más viva que nunca.
Experimentamos cada instante, cada oleada de placer, sin prisa. Markus marca el ritmo, y es como si hablásemos con la mirada, porque, cuando quiero que aumente la intensidad, él lo entiende sin que yo tenga que decírselo.
La cúspide se cierne sobre nosotros y a mí se me escapa algún gemido, a veces ahogado por sus labios.
—Mírame —me pide, justo cuando me hallo al borde del abismo, y algo en su voz me dice que él está en el mismo punto.
—Oh…, Markus… —Su nombre es lo único que soy capaz de pronunciar mientras me zambullo en esas aguas plateadas de sus iris y en el remolino de emociones que me invaden.
—Elise —susurra, y me estrecha más fuerte contra él.
Y entonces me dejo llevar, deshaciéndome en sus brazos, temblando, arrastrada por una corriente que me atraviesa entera y cuyas olas se intensifican con el eco de su voz.
Siento que salto con él, de la mano, hacia un momento que se ha detenido solo para nosotros dos, a donde sé, sin lugar a dudas, que él también ha volado conmigo.
Y me abraza. Fuerte.
Y lo estrecho entre mis brazos, deseando que sea eterno.
Y noto nuestras respiraciones acompasarse poco a poco. Hasta que nos quedamos en silencio, unidos de esa forma tan especial, tan única… y ahora tan nuestra…
En algún punto, yo comienzo a acariciarle la espalda con las yemas de mis dedos. Parece que Markus se ha propuesto ordenar todos los mechones de mi pelo, desparramado por la almohada. Decido dar voz a mis pensamientos:
—No sabía que podía llegar a ser tan… bueno.
Asiente con la cabeza, sin dejar de hacer lo que está haciendo.
—Es porque somos nosotros —me mira antes de seguir—, y ha sido muy real.
Sonrío, y él me devuelve el gesto antes de lanzarse a saborear mis labios de nuevo.