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Markus
El laboratorio donde se desarrolla el prototipo se ha convertido en parada obligatoria durante la visita con nuestros clientes.
Elise camina un paso por delante, sin mirar apenas las notas, y hace gala de una mezcla de firmeza y entusiasmo que logra captar la atención.
Sin duda, cree en el producto al cien por cien, y está transmitiendo esa sensación a todos.
Williams, que suele monopolizar estos encuentros, hoy se limita a asentir y a completar alguna frase suelta, seguro que por lo bien que se está desenvolviendo Elise.
—Como ve, este módulo reproduce fielmente las condiciones de la cabina —explica ella mientras la directora de formación de la aerolínea canadiense pasa la mano por uno de los mandos, con genuina curiosidad—. Permite a la tripulación entrenarse sin riesgo ni coste operativo.
Yo me mantengo un paso por detrás, observándola. Su voz suena un poco más aguda de lo habitual, señal de que está nerviosa, pero sus gestos son seguros y naturales.
Cuando volvemos a la sala de juntas, es mi turno.
Elise se sienta a mi lado, desde donde proyecta las diapositivas, con diferentes escenarios y casuísticas.
Cuando preguntan por detalles más técnicos, decido volver a darle la palabra; ella me lanza una mirada fugaz a causa de la sorpresa; yo la animo a proseguir.
Tras un par de segundos de titubeos, responde a todas las preguntas que le hacen, e incluso añade ejemplos que no estaban en la presentación, pero que funcionan de maravilla.
Williams levanta discretamente las cejas, impresionado, y algo en mi interior se agita satisfecho.
Al final de la reunión, Williams acompaña a la visita hacia los ascensores, mientras que Elise y yo regresamos a mi despacho. Ahora que todo ha terminado, la tensión parece abandonarla, y exhala todo el aire de golpe.
—¿Crees que ha ido bien?
—Tan bien que ya está vendido. Créeme —afirmo con una sonrisa.
—Buff…, no sé. Hoy solo eran dos personas, pero, si me expones a más gente, puedo terminar vomitando, te lo aseguro.
Recuerdo el vídeo, del cual ya no queda ni rastro en internet, y finjo plancharme la corbata con la mano.
—Pues lo has hecho genial, y quiero que sepas que estoy orgulloso de ti.
El brillo en sus ojos me hace pensar que esas palabras valen más que cualquier bonus.
Williams llama a la puerta y asoma la cabeza.
—Markus: un trabajo ejemplar, como siempre —dice, de buen humor, y después se dirige a ella—: Elise, me has sorprendido.
¡Lo has bordado! Sigue trabajando en esas dotes ocultas que tienes, porque me encantaría que asistieras a un congreso que se celebrará en San Francisco a mediados del año que viene. ¡Tienes que volver al ruedo!
La cara de ella se transforma en ese instante, aunque lucha por ocultar la sombra del pánico que la ha abordado.
—Puedes irte a casa sabiendo que ha sido magnífico —continúa él.
—Gracias —responde, no muy convencida.
Williams mira la hora en su reloj de muñeca y sonríe.
—Bueno, yo me marcho ya. Que disfrutéis del fin de semana —añade antes de irse.
Ella asiente con la cabeza, agradecida, y él se va, dejándonos a solas de nuevo.
—Bueno, ¿vas a ir al hospital?
—Sí, pensaba ir ahora.
—¿Puedo acompañarte? —Tal vez mi atrevimiento haya sido demasiado.
—Por supuesto que puedes. Y a mi padre le encantará.
—Será estupendo echar una de nuestras partidas.
Ella vuelve a esbozar una de esas sonrisas que van mucho más allá de los labios.
—¿Taxi o metro?
—He venido en mi coche.
Parpadea, confusa.
—¿Has venido conduciendo? ¿Tú?
—Sí, bueno… Ha sido un regalo de mi hermano y quería probarlo antes de ir con nadie. Ya sabes… Es la primera vez desde el accidente.
—Me parece genial que hayas vuelto a conducir.
—Gracias. —Me repaso la cicatriz, nervioso—. Y, bueno, si confías en mí…
—Markus —me interrumpe—, me encantaría ser tu copiloto, aunque te advierto que tengo un gusto pésimo para las emisoras de radio, así que no me pidas que ponga yo la música.
Rompo a reír, y ella conmigo. Me siento aliviado y entusiasmado, y no tardamos en ponernos en marcha hacia el garaje.
El aire huele a gasolina y mi coche destaca bajo la luz blanca de los fluorescentes.
—Déjame adivinar: ¿el de la matrícula alemana? —pregunta Elise antes de que yo tenga ocasión de indicarle cuál es.
—Sí, y el volante está donde debe estar. —Trato de aparentar seriedad, y ella pone los ojos en blanco antes de que ambos volvamos a reír.
Elise lo bordea despacio, observando cada detalle de la berlina gris antracita, con esas líneas elegantes que la hacen tan especial. Es diferente a todos los vehículos que yo había tenido hasta ahora, pero sin duda Max ha acertado de pleno con mi gusto actual.
Entramos en el habitáculo y ella sigue observando todo. El coche huele a nuevo y destila seguridad en cada centímetro.
—Tu hermano no se anda con tonterías.
—Se le da bien cuidar de los demás.
Durante el trayecto no hablamos y mantengo la radio apagada, así que solo nos acompaña el sonido del tráfico londinense, junto con el del motor.
Aferro el volante con las dos manos, atento a las señales y a cada vehículo que se cruza.
Ver a Elise relajada en el asiento me infunde cierta tranquilidad y, de alguna forma, aumenta la confianza en mí mismo.
Al llegar al parking del hospital, no nos apeamos de inmediato. Algo en el ambiente nos insta a esperar en ese silencio cómodo.
—Gracias por venir y por… acompañarme.
—No tienes por qué darlas.
—Tengo miedo —confiesa con un hilo de voz.
—Lo sé.
Suspira.
—¿Y si no puedo con todo esto?
—Tarde o temprano encontrarás la forma, y no estarás sola.
—Pero… ¿y si no es así?, ¿y si me derrumbo?
—Siempre que me lo permitas, estaré a tu lado para ayudarte a que vuelvas a ponerte en pie, incluso cuando te encuentres en medio de la tormenta.
Sus ojos se llenan de lágrimas, que trata de retener a toda costa, y entonces se acerca a mí, buscándome, hasta que nuestros labios se rozan. Es un beso breve, suave, pero cargado de todo lo que no sabemos cómo decir. Todo lo que es demasiado complicado y doloroso como para nombrarlo.
Al separarnos, apoya su frente en la mía y nos quedamos así, respirándonos, como si quisiéramos mantenernos a salvo en ese refugio que hemos construido solo para los dos a base de palabras y sentimientos.
—¿Lista? —pregunto.
Asiente y ambos salimos del coche, rumbo a la habitación de su padre. Esta vez lo encuentro más pálido y alicaído que en otras ocasiones.
—¡Hola, papá! —Ella trata de permanecer serena mientras se acerca a darle un beso en la mejilla.
—Hola, cariño. —Luego Michael clava su mirada en mí—. ¿Has vuelto para recibir otra paliza?
—Tal vez hoy vuelva a dejarte ganar —bromeo.
Él ríe, aunque la tos se entromete. Su hija lo mira con preocupación extrema, pero trata de disimular.
Elise nos ayuda a sacar el tablero, acerca una silla para que yo me siente y después ocupa su lugar en el sofá, como la otra vez.
Mientras teje, nos lanza alguna que otra mirada.
Su padre hoy está más torpe: las piezas parecen pesarle toneladas entre los dedos, le tiemblan las manos y algo en él se ha extinguido, aunque nos esforcemos por fingir que todo sigue igual.
En mitad de la partida suena el teléfono de Elise, y su gesto se ensombrece al ver el número. Decido no darle importancia. Si quiere compartirlo conmigo, sé que lo hará.
—Ahora vuelvo, ¿vale?
No decimos nada. Ella sale de la habitación y nosotros continuamos absortos en el ajedrez. Estoy a un par de movimientos de hacerle un jaque.
—La gente suele obsesionarse con ganar, y eso ocurre tanto en el ajedrez como en el día a día, pero no hay que olvidar que, en realidad, lo importante es con quién compartes esa partida que es la vida, ¿no crees?
—Estoy de acuerdo —coincido, moviendo el alfil. Michael muestra una sonrisa torcida, a sabiendas de que acabo de derrotarlo.
—Gracias por jugar conmigo, Markus, y también por cuidar de mi hija.
Trago saliva, sin saber qué decir, y entonces él me extiende la mano, mirándome a los ojos.
—Ha sido un honor compartir estos ratos contigo.
—Para mí también, de verdad. —Se la estrecho, y es entonces cuando lo entiendo.
Esta ha sido nuestra última partida, y él lo sabe.
Un recuerdo que se me quedará grabado para siempre.