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Elise
Linux llega a la puerta antes de que suene el timbre. No tengo pruebas pero tampoco dudas. En cuanto abro, mi amiga aparece haciendo malabares con dos cajas medianas del Domino’s Pizza y una botella de vino blanco.
—¡Hola! —saludo, tratando de ayudarla con las cajas.
—Ni hola ni nada. Empieza a largar por esa boquita, ¡ya!
Dejamos todo en la cocina y después Nora se agacha para darle al gato unas galletitas que se saca del bolsillo. Le encanta malcriarlo.
—Como te dije en la oficina, no hay mucho que contar —comento, buscando el sacacorchos.
—¿Dónde y cómo fue el beso?
Saca las copas del armario correcto. Después de tantos años, se conoce mi casa igual o mejor que yo.
—En la puerta, cuando nos despedimos el primer día.
Antes de tirar del corcho de la botella, se queda pensativa.
—Cuando dices «el primer día»…, ¿habéis quedado más veces en el fin de semana?
—Sí, me trajo el desayuno el domingo y después fuimos a ver a papá al hospital.
El pop al abrirse la botella bien podría haber sido el ruido de la mandíbula de Nora desplomándose.
—¿Ha estado aquí dentro?
—Sí.
—¿En tu cama?
—¡No!
—Vale… Empieza por el principio. —Sirve el vino y agarra la copa; mientras, yo me hago con una porción de la pizza carbonara. La de piña se la dejo enterita a ella.
Le relato todo, punto por punto, para complacerla y también porque no me vendría mal su opinión más sincera.
En el campo del amor, Nora es la más experta de las dos, aunque no haya tenido la suerte que merece.
Por supuesto, ella permanece atenta a cada palabra, y sé que en su cabeza está analizándolo todo.
De vez en cuando asiente y otras muestra una sonrisa, mientras bebe vino y va devorando la pizza hawaiana, su favorita.
—Ay, Elise, estás coladita por él.
—No sé… —Le doy un buen trago al vino—. No paro de debatir conmigo misma porque, por un lado, me siento feliz, pero, por el otro, algo dentro de mí me hace pensar que no tengo derecho a estarlo, ¿me explico?
Dejo la copa sobre la mesa y resoplo.
—Es por tu padre, ¿verdad?
—Sí. Me siento… egoísta, hasta mala persona.
—Elise, no puedes ver tu relación con Markus como egoísmo.
La vida no planea cuándo nos ocurren las cosas.
El amor aparece sin cita previa, y mereces dejar que se cuele en tu corazón.
Concédete un rayo de luz, algo bonito. Llevas toda la vida tirando del carro y soportando desgracias y desdichas. ¡Tienes que vivir! ¡Te lo mereces!
Me llevo las manos a la cara, abatida, y trato de asimilar sus palabras antes de volver a hablar.
—No estoy siendo totalmente sincera con Markus. Y tampoco contigo ni con mi padre…
—¿A qué te refieres?
—He estado vendiendo cosas para poder pagar facturas. El seguro no cubre todo, y mis ahorros se han esfumado con el ingreso y los tratamientos.
—Elise —Nora me coge la mano—, podrías haberme pedido ayuda. Sabes que puedo apoyarte.
—Gracias, pero de momento quiero gestionarlo yo.
—Eres muy cabezota, y por eso sé que no vale la pena insistir contigo, pero piénsalo, por favor te lo pido. No tienes que cargar con todo sola.
—Vale, lo pensaré. Gracias.
Nora deja la copa, se inclina y me aprieta la mano.
—No tienes por qué darlas. Y tampoco tienes por qué contárselo a nadie más si no te sientes cómoda. Pero no olvides que estoy aquí para lo bueno y para lo malo. Siempre.
Asiento con la cabeza y entonces mi móvil vibra sobre la mesa. Es un mensaje de Markus dándome las buenas noches.
Nora sonríe cuando se lo enseño.
—Me alegro de que por fin te esté pasando algo bonito. ¡Y ahora, no te hagas de rogar y contesta al chico! Los inicios siempre son lo mejor.