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Elise
Cuando llego a la oficina, Nora me recibe con una sonrisa traviesa en los labios.
Anoche me bombardeó a mensajes para que le contara mi cita, pero no he sido capaz de darle muchos detalles, y menos por escrito.
Intenta atraer mi atención, pero, salvada por una llamada entrante, me escabullo hasta mi mesa. Al llegar, mientras realizo el ritual de colocar mis cosas, lanzo una mirada furtiva hacia la cristalera, donde Markus me mira risueño mientras atiende a alguien por el móvil.
Se ha quitado la americana y lleva una camisa celeste de puños y cuello blancos. Los tirantes, a juego con la corbata azul marino. Sin querer, yo también sonrío. Confirmado: me he pillado por un hombre que usa tirantes. ¿Quién me lo iba a decir?
—Bueno, bueno… —Mi amiga me saca de la burbuja, y alterna la vista entre el destinatario de mis miraditas y yo.
Es increíble que me hallara tan ensimismada que ni siquiera me haya enterado de que ella se aproximaba a mí.
—Hola, Nora, ¿qué tal?
Hablamos en susurros y muy cerca la una de la otra para que no nos oigan alrededor. Aunque todos están concentrados y llevan auriculares, más vale prevenir que curar.
—Eso es lo que necesito que me digas tú.
Pongo los ojos en blanco.
—No ha pasado nada.
—Claro… ¿Pretendes que me lo crea? —Baja la voz—. O mejor te traigo un babero, porque se te cae la baba.
—¿Cuándo te he mentido yo?
—En ese caso, permíteme decirte que te estás durmiendo en los laureles. —Se acerca a mi oído para cuchichear—. El chico está de toma pan y moja.
—Nora, ¡por favor!
Me sonrojo y ella ríe.
—Igualmente estoy deseando que me cuentes todo.
—Tampoco hay mucho que contar.
Suspira, dándose por vencida.
—¡En fin! Eres incorregible. Tal vez ahora no sueltes prenda, pero esta noche me pasaré por tu casa. Llevaré pizza y vino, ¡avisada quedas!
—¿Necesitas inspiración para tus novelas?
—Tampoco me vendría mal, pero ya sabes que mi vena romántica me empuja a averiguar todas estas cosas. Además, necesito asegurarme de que mi mejor amiga está recibiendo el trato que merece, o de lo contrario ese hombre no tendrá isla suficiente para correr.
Niego con la cabeza.
—Está bien. Te prometo que esta noche te contaré hasta el último detalle, pero, insisto, tampoco hay gran cosa.
—Dame solo un avance —vuelve a acercarse a mi oído—: ¿hubo beso?
Asiento y ella muestra una sonrisa triunfal.
—Ahora sí que estoy satisfecha. —Se despide con un gesto de la mano—. Me vuelvo a mi recepción.