50
Markus
Cuando llegamos al hospital, me resulta raro hacerlo junto a ella. Nunca he estado en esa habitación y, por ende, en el universo más doloroso de Elise.
Soy consciente de que estoy a punto de cruzar otra línea invisible, solo que esta separa a la chica que yo conozco de la que lidia, día tras día, con la enfermedad de su padre.
Y que me haya abierto la puerta a todos sus mundos me conmueve, pues su confianza es un regalo invaluable. Pero, al mismo tiempo, me asusta no estar a la altura de lo que necesita.
Al pararnos frente a la puerta de la habitación, leo la duda repentina en sus ojos. Las manos le tiemblan sobre el pomo, que no mueve.
—Pasa tú primero y, si a él le apetece jugar, entonces entro yo. Y, si no, me voy a casa, ¿vale?
Asiente con la cabeza y por fin abre. Capto un repentino alivio en su mirada antes de acceder, señal de que hoy no es uno de esos días sumamente malos en los que la enfermedad acecha desde cada rincón.
—Hola, papá —la escucho decir en inglés cuando entra, sin cerrar del todo.
—Elise, pequeña —susurra él—. Qué guapa estás esta mañana.
—Será el vestido —bromea ella—. ¿Cómo estás hoy?
—He tenido días peores… —Lo escucho toser.
—¿Recuerdas que el otro día me echaste en cara que Markus te debía una revancha?
—Rencorosa…
Ella ríe.
—Si quieres, está ahí fuera.
—¿En serio? Porque, sí, me apetece, y mucho.
Espero a que ella me invite a pasar. Cuando por fin lo hago, encuentro a Michael en una cama articulada, incorporado gracias a la elevación del respaldo, con su manta azul de punto sobre las sábanas que le cubren la parte inferior del cuerpo.
Al verme, sus ojos se iluminan apenas un instante.
No parece sorprendido por mi presencia, lo que me lleva a preguntarme si él ya sospechaba que en algún momento yo acabaría entrando aquí con Elise.
—Vaya, el berlinés en persona —dice en alemán, tosiendo un poco—. ¿Has venido a perder otra vez?
—Eso está por ver, ¿no te parece?
—¿Dónde anda el tablero? —pregunta Elise en el mismo idioma, mirando a su alrededor.
Y entonces sí que su padre se sorprende. Alza las cejas y la observa, como si la oyera por primera vez después de muchos años. Luego esboza una sonrisa lenta.
—Vaya… Hacía mucho que no te escuchaba hablar así —murmura, sin cambiar de lengua—. Está dentro de ese armario de ahí, como siempre.
—Me ha salido sin pensar —responde ella en voz baja, consciente de que la estoy mirando.
—Trae, yo me encargo. —Cojo el tablero plegable con las piezas y lo extiendo sobre la mesa auxiliar, que deslizo por encima de la cama. Elise acerca una silla y la coloca junto a mí.
—Veo que vas mejorando —dice Michael, señalando mi pierna.
—Sí, ya solo cojeo un poco, pero el dolor ha remitido con la operación.
Colocamos las piezas y empezamos a jugar, comentando el tiempo y poco más. De reojo miro a Elise, que está en el sofá, con las piernas cruzadas, un ovillo de lana encima y el hilo entre las manos. Verla así me resulta hipnótico. Me descubro sonriendo y finjo concentrarme en el tablero.
—Hoy estás jugando peor —comenta él, moviendo su caballo.
—Reconozco que no es mi mejor partida.
Levanta una ceja, con esa chispa de diversión que todavía suele mostrar.
—Claro…, claro… Si te centraras más en el juego y menos en la señorita del sofá. —Baja la voz con una sonrisa ladeada.
Sin querer, golpeo el tablero y tiro mi torre y dos peones, que trato de recolocar lo antes posible.
Él lanza una breve carcajada, y, cuando me fijo de nuevo en Elise, su gesto me dice que ha escuchado el comentario de su padre, porque está como un tomate.
Sigue moviendo las agujas, conectadas mediante un cable, de las que parece brotar un jersey al que todavía le faltan las mangas.
Michael mueve otra pieza, pensativo.
—Esta la tienes casi perdida.
—Bueno, al menos estoy disfrutando del juego.
Sonríe y luego se dirige a su hija.
—Elise, ¿por qué no me consigues un chocolate caliente de la cafetería?
—No deberías tomar azúcar…
—Por favor, pequeña. No me quites ese placer también.
Ella se lo piensa.
—Está bien. ¿Tú quieres algo, Markus?
—No, gracias, estoy bien.
Deja el proyecto y el ovillo a un lado del sofá y coge su bolso para ir a por el encargo.
—Ahora vuelvo. —Me dedica una de sus dulces sonrisas.
Michael la sigue con la mirada hasta que desaparece de la habitación. Después de unos segundos, me mira.
—Puedes pasarlo bien, pero no juegues sucio con ella.
Me atraganto con mi propia saliva. Ese movimiento sí que no lo vi venir.
—No es esa mi intención —le digo, nervioso—. Te aseguro que tengo buenas intenciones y la trato con respeto.
Me siento como en el instituto, justificándome ante el padre de la chica, convenciéndolo de que seremos responsables y la devolveré a casa a la hora establecida.
Él parece satisfecho por mis palabras, porque vuelve a fijarse en el tablero.
—Más te vale —murmura, de buen humor, moviendo otra pieza—. Y ahora concéntrate, que te acabo de poner en jaque.
Me alivia su tono. Tal como me ha pedido, me concentro en la partida. Saber que está al tanto de lo nuestro y que no le importa me proporciona una calma inesperada mientras continuamos jugando.