49
Markus
Londres ha amanecido gris, pero yo no. Desde que he colgado el teléfono, no puedo quitarme de la cabeza la imagen de Elise riéndose, medio adormilada. Apostaría lo que fuera a que el gato negro estaba a su lado.
Me sorprende la facilidad con la que se ha colado en mi rutina, y lo que me despierta cuando pienso en ella. Por fin me siento bien. Hacía años que no estaba tan contento por algo o por alguien.
Y, al mismo tiempo, soy consciente de que esto no va a resultar sencillo.
No se trata de una historia ligera, ni de dos vidas perfectas.
Elise está en el ojo del huracán, y yo también arrastro mis cicatrices.
Los dos estamos sumidos en un caos que, de alguna manera, nos une.
Habrá días en los que ella se hunda y yo no sepa cómo sacarla a flote, y momentos en los que mis propios fantasmas me alcancen a mí.
Pero, mientras camino hacia la pastelería, aquí en Chelsea, con la ciudad aún mojada por la lluvia, me sorprendo deseando ser suficiente para ella.
No pretendo salvarla, porque no creo que nadie pueda salvar del todo a otra persona, pero espero poder acompañarla, sostenerla cuando se tambalee y, si me lo permite, ser un puerto seguro en el que pueda anclar cuando las cosas se pongan más difíciles o todo se venga abajo.
Eso es lo que me repito una y otra vez. No debo olvidar que estamos empezando algo y debo mantener los pies en la tierra, pues, por mucho que me gustaría, no puedo anticipar a dónde nos llevará la vida.
Solo sé que merece la pena luchar por esta chica, y que lo que siento por ella ha conseguido deshelar mi corazón.
Una cálida sensación se ha apoderado de todo mi ser, y va en aumento con cada minuto que paso a su lado.
El taxi me deja delante de su casa y, cuando me planto en el rellano de la puerta, me percato de que estoy un poco nervioso. Ni yo mismo me reconozco. ¡Será posible…! Respiro hondo antes de llamar, y enseguida escucho unos pasos apresurados que deben de estar bajando las escaleras.
Elise aparece con el pelo todavía húmedo y un vestidito corto azul con florecillas blancas, que le aporta un aire fresco e irresistible de domingo. El gato se asoma entre sus piernas, con la cola en alto, dispuesto a someterme a una nueva inspección.
—Llegas puntual. —Ella esboza una sonrisa tímida y me invita a pasar.
—Y traigo lo prometido —comento, alzando la bolsa.
Antes de que pueda reaccionar, poso mi mano libre en su cadera y la atraigo un poco más hacia mí para juntar sus labios con los míos.
Lo que iba a ser un simple beso se convierte en algo más intenso e…
inevitable, porque los dos lo necesitamos.
Elise me rodea el cuello con los brazos y desliza los dedos por mi pelo, completamente entregada al instante.
Un gemido escapa de su boca y, si no fuera porque sigo sujetando la bolsa del desayuno, creo que yo perdería el escaso raciocinio que me queda.
Me recuerdo que no quiero apresurarme con ella; necesito que Elise se sienta totalmente segura conmigo para dar cualquier otro paso, por lo que me separo un poco de ella, haciendo acopio de toda mi fuerza de voluntad.
—He traído tarta Victoria sponge. —Me obligo a devolvernos a los dos a la realidad.
—Eh…, sí, vale… —carraspea, y se atusa el pelo—. Vamos a la cocina.
Cruza la puerta que tenemos a nuestra izquierda y yo la sigo.
Abre unos armarios y se pone de puntillas para alcanzar un par de platitos; con ese movimiento, consigue que el vestido se acorte, atrayendo mi mirada expectante hacia su trasero, cubierto todavía por la tela. Pero ¿qué demonios me ocurre?
—No te quedes ahí, Markus, siéntate.
Sin poder articular palabra, hago lo que me indica.
Cuando deposita frente a mí uno de los platos, junto a su correspondiente cucharilla, me doy cuenta de que estoy tan anonadado que no he sido capaz ni de sacar los cafés de la dichosa bolsa, y me pongo manos a la obra.
Ella se sienta a mi lado: por un instante su rodilla roza mi pierna, produciéndome ese cosquilleo que me embarga cada vez que Elise me toca.
—Este café huele maravillosamente —comenta cuando coloco los vasos de cartón frente a nosotros.
Yo sonrío y a continuación saco la tarta. Ella alza las cejas.
—¡Tiene una pinta increíble!
—Me alegro; espero que sepa igual de bien.
Elise se muerde el labio inferior. Su mirada me hace preguntarme si por su cabeza desfilarán las mismas inquietudes que por la mía en este momento, porque no paro de pensar en lo cerca que queda su dormitorio y en las horas que me pasaría descubriendo todos sus secretos, recorriendo su piel, haciéndola suspirar…
Carraspeo y me centro en el desayuno.
—Se me hace raro.
—¿El qué? —pregunto. La veo llevarse un pedacito de tarta a la boca y cerrar los labios en torno a la cucharilla, que retira despacio.
Joder, estoy enfermo. Puede que Max tenga razón y lleve demasiado tiempo solo.
—Que estemos desayunando juntos, un domingo, así…
—Pues acostúmbrate. Si me dejas, me reservo todos tus fines de semana.
Ella ríe, y vuelve ese delicado rubor a sus mejillas.
—Me gusta la idea de aparecer en tu agenda para algo más que para comidas de trabajo.
—Ya sabes que fueron una excusa.
—Y tú, que yo me di cuenta más tarde. Pero me gustaban demasiado como para suspenderlas. Es más, espero que no lo hagamos.
—Sabes que no las cancelaría por nada del mundo.
—Y hablando de trabajo… —Le da un sorbo al café, como si quisiera ganar tiempo para buscar las palabras adecuadas—. No me malinterpretes, pero creo que deberíamos mantener esto ajeno a la oficina. Ya sabes… Aunque tú no trabajas para Williams, las relaciones entre compañeros no están bien vistas.
—Por supuesto —respondo enseguida—. Si eso te hace sentir cómoda, no hay problema. Me parece muy profesional por tu parte.
—Gracias. —Dibuja una pequeña sonrisa, aliviada.
—No me las des. Esto no es un favor, es como debe ser.
—Ya, pero no todo el mundo respetaría una petición así —murmura, bajando la vista al café.
—Pues yo, sí —digo sin pensarlo, y sonrío.
Seguimos desayunando tranquilamente y, cuando terminamos, la ayudo a recoger.
Elise sube a su dormitorio a por el bolso y yo permanezco al pie de la escalera, esperándola.
Contemplo el salón; muy noventero, por cierto.
Hay una de esas camas eléctricas articuladas, de lo que deduzco que aquí es donde su padre hacía vida.
Pero lo que realmente llama mi atención es el hueco enorme en el mueble del televisor.
En su lugar, una sombra marcada por el polvo y unos cuantos cables sueltos me hacen pensar que su desaparición es reciente.
—¿Te has quedado sin tele? —pregunto cuando regresa.
—Eh…, sí, algo así. —Parece sorprendida por mi pregunta, y de pronto se tensa—. La vendí.
La miro, extrañado, pero no comento nada más. Pienso en lo que me contó ayer acerca de las consolas; hay algo que me chirría en todo esto.