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Elise
La mañana huele a lluvia, y, todavía en la cama, me concedo un momento para admirar por el cristal el cielo, del mismo tono que ciertos ojos que avivan las mariposas en mi estómago.
Linux está a mi lado, remoloneando también, como si ninguno de los dos quisiera enfrentarse a lo que nos depare este domingo de principios de septiembre.
Mi móvil vibra en la mesita de noche, y no puedo evitar sonreír al ver un mensaje de Markus preguntando si ya estoy despierta. No tardo en contestarle, con la ilusión instalada en mi pecho.
A los pocos segundos, su nombre invade la pantalla, anunciando una llamada entrante.
—Solo tú puedes atreverte a esto —le digo, retomando el alemán.
—¿A qué te refieres?
—¿Es que no te has enterado de que hoy en día las personas prefieren los mensajes a someterse al aterrador teléfono?
—Ambos sabemos que tú no eres de esa clase de gente, y yo tampoco.
Me río. El humor de Linux también parece haber cambiado junto con el mío: ahora el animalito me observa con curiosidad.
—Tienes razón, a mí esto no me asusta.
—Y es una de las muchas razones por las que me gustas.
—Así que hay más cosas que te gustan de mí…
—Sí, pero ya deberías saberlo, ¿no?
—Me lo imaginaba… —Me muerdo el labio inferior.
—En realidad, te llamaba porque creo que me debes un café.
—Cierto. ¿Tienes algún plan esta mañana?
—¿Qué me propones? ¿Vas a ir al hospital?
—Sí, pero mi padre me comentó algo de que le debes una revancha.
Lo escucho reír a través de la línea.
—Estaré encantado de dejarlo ganar otra vez.
—No te lo crees ni tú.
—Tienes razón, es buen estratega.
—Lo es.
Se hace una pausa, en la que el ambiente se torna algo triste.
—Bueno, ¿paso a recogerte por tu casa? —sugiere. Su tono indica que quiere recuperar la jovialidad de hace unos segundos.
—¿No sería más cómodo para ti quedar en la cafetería del hospital directamente?
—Prefiero servirte el desayuno a domicilio hasta que te lo pueda llevar a la cama.
—¡Markus! —Creo que me sonrojo, y todo. Él ríe de fondo—. Pensé que iba a invitarte yo a ese café.
—¿Me paso en una hora?
—¡Markus! —repito, tratando de reprenderlo.
—Me paso en una hora —confirma.
—Eres muy cuadriculado.
—Y eso te gusta de mí.
Resoplo, dándole la razón al callar.
—Hasta ahora —me despido.
—Hasta ahora.
Cuelgo la llamada y me lanzo a abrazar al gato.
—¡Será mejor que me vaya preparando ya, Linux!