El caos que nos une (Lo que nos une 1) 47
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Elise

Se podría decir que, para ser una primera cita, ha sido más intensa de lo esperado.

Llena de emociones, de confesiones… Pero, teniendo en cuenta la relación que mantengo con Markus en el trabajo, y la situación en la que me hallo en este momento de mi vida, ha superado todas mis expectativas, y es justo lo que me hacía falta en este terreno.

Aunque, hasta hace unas horas, ni siquiera sabía que lo necesitaba.

Cuando salimos del pub , mi mente está un poco nublada a causa de las dos cervezas, pero voy bien. Sopla el viento, y me abrazo al peluche mientras paseamos de nuevo a orillas del Támesis, de la mano, ambos intentando alargar la velada.

—Hacía tiempo que no venía por aquí. No recordaba la ciudad tan bonita de noche —comento, observando las luces titilantes de los edificios más lejanos. La estampa urbana me parece fascinante.

—Tal vez depende de la compañía.

Me río, no puedo evitarlo. Me encantan algunas salidas que tiene, y que en la oficina no muestra tan a menudo.

—Hacía siglos que no hablaba tanto en alemán. De vez en cuando leo algunos libros, o ayudo a Nora con las traducciones, pero… no es lo mismo —suspiro—. Gracias por hacerme sentir mejor también con esto.

—Podemos hablar en inglés o en alemán.

—Está bien así.

No se lo confieso, pero el segundo me resulta ahora incluso más especial, por nosotros. Y me apetece seguir así.

Él se detiene entonces y me hace mirarlo.

—Solo quiero que sepas que no lo pasaba tan bien con nadie desde hace muchísimo tiempo.

Sus palabras me pillan por sorpresa. Me centro en sus ojos plateados y algo en ellos provoca que el corazón me dé un vuelco. Soy incapaz de responder: de pronto mis nervios se hacen notar. Nunca desaparecieron, siempre han estado ahí, pero, ahora que algo ha cambiado en el ambiente, han resurgido.

—Cuánto viento… —Rompo la magia con esas palabras que me sirven de paraguas, mientras finjo colocarme bien un mechón que ha escapado de mi coletero.

—Un poco sí que hace. —Markus parece divertido, aunque no capto por qué, y volvemos a caminar juntos—. Intuyo que alguien se ha puesto nerviosa…

Me muerdo el labio inferior, aunque sé que a él tampoco eso le pasa desapercibido.

—Qué va… —No me lo creo ni yo.

Y entonces ambos nos echamos a reír y, de alguna forma, nuestras risas disipan esos nervios traicioneros míos. Y lo agradezco.

—Se está haciendo tarde… —Observo el reloj del móvil, que he sacado para comprobar que no había notificaciones nuevas.

—Te acompañaré a casa.

Abre la app para pedir un coche.

—Markus…

—Voy a pedirlo igualmente para ir a la mía, así que lo único diferente es que primero pararemos en la tuya.

—Pero tú vives en Chelsea y mi casa queda en el quinto pino.

—No importa.

—Bueno, pero… deja que te pague algo, por favor. —Me agobio—. Has pagado las entradas de la exposición, la cena y…

—¡Ya está pedido! Greg nos recogerá en cuatro minutos.

Es su forma de poner fin a mis peticiones.

—Pero…

—No le des más vueltas.

Cuando llega el coche, Markus me abre la puerta para que pase. Tras cerrarla, lo rodea por detrás y accede por la otra.

Durante el viaje, no decimos nada, pero a veces nos encontramos por el rabillo del ojo, y eso nos hace dibujar alguna que otra sonrisa.

—Vuelvo enseguida —avisa Markus al conductor al parar delante de mi casa.

Salimos del coche y, en unos pocos pasos, cruzamos la valla que da a la entrada. Yo, sin soltar el peluche, saco las llaves del bolso bandolera.

—Me lo he pasado muy bien, Markus, en serio. Gracias por todo.

—Gracias a ti. Yo también lo he disfrutado mucho.

Estamos cerca. Muy cerca. Y nos miramos a los ojos, conscientes de que ninguno de los dos quiere que la noche termine, hasta que en un momento dado me sorprendo contemplando sus labios.

—Debo confesarte algo más —susurra.

—¿Qué?

—Llevo todo el día queriendo besarte.

Es todo lo que necesito escuchar para reunir el valor de ponerme de puntillas y acortar la escasa distancia entre nosotros. Porque yo también deseo hacer esto, tanto como él o más.

El primer roce es suave, contenido, pero no tardo en dejarme llevar. Y él, conmigo. Lo que en mi cabeza iba a ser un breve contacto se convierte en un beso que me deja sin aliento.

Y, ¡oh, por favor!, ¿cómo he podido estar sin esto tanto tiempo?

Cuando nos separamos, sonreímos. Él se muerde el labio.

Todavía no se ha ido y ya quiero volver a verlo. ¿Debería proponérselo? No quiero que piense que soy una impaciente o atosigarlo o…

—Mañana —dice, como si me hubiera leído la mente—. Te dejo que me invites a un café.

—Eso me parece bien.

—Buenas noches, Elise.

—Buenas noches, Markus.

Me cuesta soltarle la mano. Pero lo hago.

Él se aleja solo unos pasos, a la espera de que yo abra la puerta y entre. Después, cuando escucho la verja del jardín cerrarse, sé que ya se ha marchado.