46
Markus
El centro de exposiciones está lleno de luces blancas y rojas, a juego con el logo de Nintendo que traspasamos al entrar.
Elise parece emocionada de verdad, y eso me hace sentir más tranquilo, ya que una parte de mí temía que no hubiera sido buena idea o que lo encontrara infantil.
Haber llegado hasta aquí sin el bastón me produce una sensación vertiginosa que se va suavizando con cada paso que doy, a medida que recupero un poco de confianza, a pesar de que aún cojeo.
Poder mostrarme al fin ante Elise sin tener que aferrarme a algo que me sirva de soporte y sin los límites que hasta ahora ella veía significa más de lo que soy capaz de admitir.
Quiero que vea al hombre que soy en realidad.
Por eso, cada gesto suyo, cada palabra se convierte en un punto de equilibrio, en un apoyo.
En un recordatorio de que, incluso sin bastón, todavía puedo sostenerme, en muchos más sentidos de los que cree.
Aunque ella ni siquiera sea consciente de todo lo que esto supone para mí.
—Estuve horas enganchado a esta… Creo que todavía está en casa de mis padres.
—Jugué con ella años después de que la lanzaran —comenta—. Me la compré de segunda mano siendo una adolescente. La primera que tuve yo fue la Game Boy Color.
—Oh, yo disfruté antes la Game Boy original —añado—. Pantalla verde, píxeles negros… Era indestructible. ¿Qué otras han pasado por tus manos?
—Pues… la DS y la primera Switch. Adoraba mi Switch…
—¿Una amante de Nintendo que no menciona la Wii?
—La tuvo Nora, así que la disfrutaba en su casa.
—¿Y por qué hablaste de la Switch en pasado?
—Es que la vendí recientemente. Todas mis consolas, en realidad… —Detecto una sombra en sus palabras.
—¿Por qué? —Me freno en seco al formular la pregunta, y Elise rehúye mi mirada. Que una fan de los videojuegos decidiera deshacerse de ellas me extraña mucho.
—Supongo que las prioridades en la vida van cambiando, ¿no crees?
Asiento. Hay algo que no me está contando, aunque decido no ahondar en ello por ahora.
—¡Mira! —exclama, recuperando la felicidad que parecía haber perdido hace unos instantes.
Me coge de la mano y me arrastra hasta el siguiente salón, dedicado exclusivamente al Mario Kart . No puedo evitar fijarme en nuestros dedos unidos, y, cuando la acaricio con el pulgar, ella se percata y afloja para soltarme.
—Perdón, no me di cuenta… —De pronto parece cortada.
—A mí me gustaba —comento, y Elise se muerde el labio inferior.
—Y a mí.
Le tomo la mano de nuevo, afianzándola bien.
—¿Por dónde íbamos?
Ella ríe y, a continuación, vamos a hacernos fotos con los karts que hay expuestos, y a los que los visitantes pueden subirse.
Las cámaras de nuestros teléfonos nos inmortalizan también en el espacio dedicado a Zelda , el de Animal Crossing (este le gusta más a ella que a mí), el de Donkey Kong y otros muchos.
Las horas transcurren volando. Cuando pasamos por la tienda de regalos que pone punto final a la exposición, le regalo un Yoshi de peluche en el que ella se había fijado. Aunque trata de impedírmelo, me apetece hacerlo.
—¡No hacía falta! —protesta—. Pero será un recordatorio muy bonito.
—Un recordatorio de nuestra primera cita —apunto.
Ella me dedica una sonrisa espléndida, estrechando a Yoshi contra su pecho con una mano mientras yo vuelvo a entrelazar la que le queda libre, para salir del recinto.
Cuando llegamos al pub más cercano, el local está bastante lleno, pero conseguimos sentarnos a una mesa discreta que nos permite charlar con tranquilidad. Sin duda, está siendo mi día de suerte con respecto a las masificaciones; no quiero que ella se abrume justo hoy.
Ambos pedimos el clásico fish and chips y un par de pintas de cerveza, mientras hablamos de algunas banalidades que nos permiten continuar conociéndonos en un ambiente más informal y alejado del entorno de trabajo. Aquí todo es más ligero, más sencillo, por así decirlo.
—¿Por qué a veces siento que te avergüenzas al utilizar el alemán? —Puede que sea la segunda cerveza que hemos pedido después de cenar la que me envalentone, pero necesito saberlo.
—¿Por qué crees eso?
Me encojo de hombros.
—Te he observado en las pocas interacciones que has tenido conmigo.
—¿Tanto te importa saberlo?
—En realidad, no, pero ¿quién es ahora la que está evadiendo una pregunta?
—Bueno, es que creo que no se me da muy bien… De pequeña lo hablaba con asiduidad con mis abuelos y mi padre, pero, después, faltaron ellos, y más tarde, cuando mi madre falleció, pasamos al inglés. O yo lo hice… Sospecho que a papá le sorprendió, pero nunca cuestionó nada.
—¿Qué le pasó tu madre?
—Una aneurisma cerebral. No pudimos preverlo.
Ella parecía sana, normal… Una mañana me dejó en el colegio y, cuando entré, se desplomó.
Por suerte, yo no lo vi. Tenía ocho años, habíamos perdido al abuelo tan solo dos meses atrás, y poco después también se fue la abuela.
Mi padre y yo nos quedamos solos; fueron tiempos duros. Todo vino de golpe.
—Lo siento mucho. —Le acaricio el dorso de la mano que tiene sobre la mesa.
—Realmente no sé por qué dejé de hablar el alemán; era muy pequeña y, simplemente, lo hice… Solo lo practicaba en las clases y poco más.
—Ahora puedes hacerlo conmigo.
Lo digo en alemán, tratando de romper el ambiente sombrío que se ha instaurado de forma inesperada a nuestro alrededor, y esperando su reacción. Deseo que se lance, pero en sus ojos atisbo la duda.
—En el último intercambio de Frankfurt… —contengo la respiración al ver que se anima a proseguir en mi idioma—, mi forma de hablar fue objeto de burlas por parte de la chica que me acogía en su casa y de todas sus amigas. Fue una de las peores semanas de mi adolescencia.
Compone una sonrisa amarga y le da un trago a su cerveza.
—Estoy seguro de que te tenían envidia, créeme. —Sigo en alemán, esperando que ella no se rinda en esta pequeña batalla.
—¿Envidia?
Decido volver al inglés y no presionarla más.
—Sí, porque te expresas muy bien, aunque tú creas que has perdido práctica.
—No mientas, mi acento debe de ser terrible.
—No miento. Ojalá te escucharas como yo lo hago.
Además, no tienes acento como tal…, no exactamente…
Cuando te oigo, encuentro en ti un tono dulce, amable y especial.
Es encantador, y me gusta muchísimo. Y nunca te he escuchado cometer ningún error gramatical.
Lo hablas bien. Solo necesitas soltarte.
Ella parece sopesar mis palabras.
—Podríamos decirnos cochinadas y nadie sospecharía —le suelto.
Se ríe por mi ocurrencia y yo la imito.
—Eres lo peor.
—Piénsalo: ¿quién lo habla en el trabajo? Williams, te aseguro que no. Nadie sospecharía.
—La verdad es que en la oficina solo lo hablamos Nora y yo.
—¿Por qué me excluís? ¡Yo soy el alemán!
—¡No es eso! Has entendido lo que quise decir.
Sonrío y me quedo pensativo.
—Nora sí que tiene acento. Se nota que no es su lengua materna. Pero tú has crecido con ella. Tus abuelos y tu padre conformaban tu pequeña Alemania, por así decirlo, y te introdujeron al idioma desde pequeñita. Esa es la diferencia. Espero que te tomes esto como una inyección de confianza.
—Entonces, ¿te gusta que hablemos así? —Cambia al alemán, ¡por fin!
—¡Me encanta! Y, además, nadie entenderá nada.
Ella ríe y, después, parece reflexionar.
—¿Y qué hay de ti?
—¿Qué quieres saber?
—Confieso que te busqué en LinkedIn y me salió también un artículo de prensa relacionado.
—Interesante… ¿Qué descubriste?
—Me sorprende que hayas montado tu propia empresa en lugar de continuar con el negocio familiar. Parece que vienes de una muy buena familia.
—Sí, bueno… El legado lo continúa Max. A veces me siento culpable por haberle hecho cargar con ello, pero yo tenía mi propio sueño, por egoísta que suene. Y siento que mis padres están más orgullosos de él que de mí.
—Tampoco te ha ido mal, todo lo contrario.
—En los negocios no me ha ido mal y he gozado de una vida privilegiada, lo reconozco, pero no todo es tan brillante como puede parecer, Elise.
Desvío la conversación, decidido a serle sincero, tal y como Max me aconsejó.
—¿A qué te refieres?
—Cuando te dije que yo también perdí a alguien importante debido al cáncer, me refería a alguien a quien amé.
—Oh, Markus…
—Se llamaba Isabella. Nos conocimos en el colegio, cuando solo éramos unos niños.
Empezamos a salir antes de terminar el instituto.
Luego elegimos carreras diferentes: ella comenzó a trabajar antes que yo; su familia tenía un bufete de abogados, y quería seguir los pasos de su padre.
Mientras tanto, yo continuaba estudiando, soñando con montar algo por mi cuenta.
Y… teníamos planes. De los grandes, ya sabes.
Comprarnos una casa, hacer muchos viajes, adoptar un perro o un gato…
Imaginábamos un futuro juntos. Y, justo cuando todo empezaba a funcionar para mí, cuando la empresa empezaba a despegar, le diagnosticaron la enfermedad.
Pero ya era tarde. Apenas cuatro meses después… se fue. Para siempre.
—Lo siento mucho.
Me da un apretón en la mano, y me percato de que seguimos unidos, que no somos capaces de soltarnos. Suspiro, tratando de romper el nudo que los recuerdos han formado en mi garganta.
—Hace ya nueve años —añado tras una pausa—. Y, sí, lo tengo superado, pero aún me cuesta hablar de ello. Supongo que nunca terminas de acostumbrarte a tratar algo así.
—No tenía ni idea. Lo siento mucho.
—Tampoco suelo contarlo.
Me repaso la cicatriz, buscando las palabras con las que seguir.
—Hay algo más que quiero que sepas sobre mí.
Me mira, en silencio.
—Después de Isabella… no me porté bien. Con nadie. Fui incapaz de mantener una relación. Me gané cierta fama, y no precisamente buena.
—¿Qué tipo de fama? —pregunta, casi en un hilo de voz.
—No buscaba nada serio o estable. Nunca. Lo dejaba claro desde el principio: yo no quería compromisos. Y puede que sonara cruel, pero… era la única manera de no volver a romperme. He sido un auténtico capullo.
Hay un segundo de silencio entre nosotros. Me atrevo a mirarla a los ojos y ella hace lo mismo, sin apartar la mirada.
—Quiero que sepas que no es eso lo que pretendo contigo, Elise.
—¿Y qué es?
—Ser sincero y mostrarte toda la verdad. No puedo prometerte nada…, pero quiero que lo que empiece entre nosotros sea algo real.
No responde; sin embargo, sé que está rumiando toda la información. Suspira y, ahora sí, aparta la mirada, enfocándola en el peluche que le regalé, y que descansa sobre la mesa. Seguimos cogidos de la mano, y tampoco hace amago de retirarse.
—Te agradezco que seas tan sincero conmigo.
Por fin vuelve a mirarme.
—¿Pero…?
—Tengo miedo de perderte antes incluso de comenzar nada.
—¿Qué? ¡No! ¿Por qué piensas eso? Por favor, si es por lo que te he dicho…
—Markus —me interrumpe—, no pongo en duda tus intenciones, y de verdad que yo también deseo algo serio contigo… Pero no sé si soy la clase de chica que esperas, y, además, estoy pasando por un momento complicado…
—No me separaré de ti por muy feas que se pongan las cosas, Elise. Soy consciente de lo que estás viviendo.
—No es solo eso.
—¿Entonces? Cuéntamelo. Puedes decirme lo que quieras.
Parece pensárselo. Escudriña en mis ojos un atisbo de algo a lo que aferrarse, hasta que en su mirada leo que está dispuesta a dar el salto, y trato de animarla con un apretón en la mano.
—No he tenido mucho tiempo para mí —comienza—. Supongo que me centraba en lo más significativo del día a día, y yo no me consideraba tan… importante. Creo que por eso me dejó mi exnovio. Aunque no duramos mucho, la verdad. Y fue hace bastantes años. Tal vez más de lo que se considera normal…
La miro, la escucho, y entiendo lo que intenta decirme a su manera. Está nerviosa, se anda por las ramas, y no habla de exnovios en plural.
—El caso es que… he vivido estos temas románticos más a través de las novelas de Nora, y de otras autoras similares, que en la vida real.
—¿Esas de portadas con torsos perfectos y títulos picantes? —Trato de restarle un poco de hierro al asunto.
—Sí, algunas eran de esas, aunque no todas —ríe, encogiéndose de hombros y volviendo a sonrojarse.
—Qué interesante… —Le guiño un ojo y ella me da un leve manotazo.
—Puede que pienses que son libros ridículos, pero… supongo que eran la opción con la que sentía… mariposas. Y también podía dejarme llevar. A veces.
—A mí no me parecen libros ridículos, sino todo lo contrario. Te hacen desear y pensar en lo que te gustaría experimentar.
Toma aire antes de seguir.
—Bueno…, con todo esto intento trasladarte que… No pienses que no quiero lanzarme a hacer algo más. Porque quiero. De verdad. Pero igual no esta noche…
Me sorprende que haya sido tan directa; no obstante, mantengo una expresión neutral. Sé que le está costando abrirse, pero también que necesita exponerlo y que, al hacerlo, demuestra confianza en mí, algo que, sin duda, representa mucho.
—No estoy pensando nada, y tampoco esperaba nada de hoy, salvo pasar el tiempo como lo estamos pasando. Solo te miro y te escucho. Además, me parece muy valiente que seas tan sincera conmigo, porque significa que podemos hablar las cosas, y eso es muy importante en una relación.
Elise me mira, con un ligero rubor en las mejillas, pero no añade más.
—No quiero que hagamos nada que tú no quieras —continúo—, ni tampoco que escondas nada.
Lo que me has contado no cambia las cosas, puedes estar tranquila.
Y, de verdad, hablo muy en serio. Solo quiero que seas tú misma y que confíes en mí como lo estás haciendo ahora.
Que no tengas miedos y que, si los tienes, los compartas conmigo para que podamos hablarlos.
Ella suspira.
—En realidad, creo que nunca he estado enamorada.
—Eso tampoco es un problema, Elise.
—Lo sé. Pero quería ser honesta también. Si esto va a ser algo…, quiero que comience lo mejor posible.
—Te aseguro que está empezando muy bien.
Por fin sonríe, aliviada, y yo le devuelvo el gesto, agradecido de que hayamos sido tan sinceros el uno con el otro.