El caos que nos une (Lo que nos une 1) 45
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Elise

Estoy nerviosa.

Pero son unos nervios raros. Quiero decir que son diferentes pero agradables. Porque me generan expectación y despiertan en mí una emoción especial.

He tardado casi media hora en decidir qué ponerme; además de las dudas que suelen surgir en una ocasión como esta, Markus me dijo que no fuera muy elegante, que era algo más bien informal. Claro, que se negó a entrar en detalles porque insiste en que sea una sorpresa…

Al final, he optado por unos vaqueros gris oscuro, una camiseta blanca lisa, mi chaqueta de punto negra larguita y las Converse All Star a juego, cuyas suelas piden a gritos la jubilación, pero no me importa.

Linux me ha contemplado con curiosidad durante todo el proceso, seguramente pensando que su humana se ha vuelto una pirada porque he volcado casi todo el contenido del armario sobre la cama para separar lo que sí de lo que no.

Como hace viento, me he recogido el pelo en una coleta desenfadada. Me he aplicado un poco de corrector en las ojeras y cacao de labios con color.

Salgo pitando hacia el metro y, tras un viaje que se me hace eterno y agobiante, por fin llego a la estación de Waterloo, donde me reúno con él. En cuanto lo veo, esbozo una sonrisa enorme. No lo puedo evitar.

Está… diferente.

Acostumbrada a verlo vestido con sus trajes, los tirantes y esa seriedad que proyecta en la oficina, hoy me sorprende verlo con vaqueros, unas zapatillas como las mías (aunque rojas e impolutas) y una sudadera gris abierta, con capucha. De alguna forma, percibo que este es el auténtico Markus.

Me quedo aquí plantada, como un pasmarote, sin articular ni siquiera un simple «hola» y mirándolo como si acabara de aterrizar desde otro universo.

—¿Qué? —pregunta con una sonrisa divertida, aunque hay un brillo expectante en su mirada.

—No llevas bastón. —Me arrepiento en cuanto las palabras abandonan mi boca.

Me da la impresión de que no ha sido apropiado, y siento que he verbalizado una preocupación que no pretendía exteriorizar, pero él no parece ofendido, al contrario; sonríe.

—Ya no lo necesito. Todavía no puedo echar a correr, pero quería probar, y hoy me ha parecido una ocasión lo suficientemente especial como para hacerlo por fin.

Parece muy convencido, pero sé que hay más. Vulnerabilidad, esperanza… Y algo dentro de mí se enciende. Porque, sí, lo ha hecho por él, pero algo me dice que, en el fondo, también lo ha hecho por mí.

—Me alegro. —Poso mi mano en su antebrazo—. Pero, si necesitas cualquier cosa…, estoy aquí.

Él baja la mirada, como si mis palabras pesaran. Doy un paso en su dirección, acercándome mucho, tal vez demasiado, ya que siento hasta el calor de su cuerpo, y percibo como su respiración se altera por un segundo.

Acabamos de cruzar la línea invisible por la que fluctuábamos las últimas semanas, y ya no hay vuelta atrás.

Nos miramos, en silencio, hasta que Markus carraspea, como para serenarse del todo.

—¿Vamos? —pregunta.

Me alejo un paso para echar a andar. Aunque él cojea un poco, apenas se le nota.

—El caso es que todavía no me has dicho a dónde vamos… Solo que era una exposición. —Alzo una ceja.

—Me enteré de que hay una exhibición de Nintendo por la zona de South Bank y pensé que podía ser divertido. La entrada va por horas y el aforo está controlado, por lo que no debería resultar un lugar agobiante.

Me paro en seco para procesar la información. No solo por el detalle que ha tenido de comprobar algo así, sino por la idea y por las vueltas que ha debido de darle hasta encontrar un plan así, perfecto.

—¿Nintendo? ¿En serio?

—¿No te parece bien?

—¡Me parece genial! —digo, y esta vez no disimulo la sonrisa enorme que se me escapa.

Él saca el móvil y busca la ubicación en Google Maps. Mira a su alrededor, dudando de por dónde tirar, y le tiendo la mano.

—Trae, anda. Yo haré de guía.

—Vale, me parece bien. —Me entrega el teléfono sin rechistar.

Memorizo la ubicación y, en cuanto se lo devuelvo, nos ponemos en marcha.

Caminamos juntos pero sin tocarnos, aunque nuestras manos se rozan por accidente en un par de ocasiones. Cada vez que ocurre, un leve cosquilleo me deja sin aire por un segundo.

Porque esto es real. Estoy teniendo una cita.

¡Una cita con Markus!

En algún momento, el río emerge a nuestra izquierda. El sol ya empieza a ocultarse, arrancándole al agua unos destellos dorados que crean una atmósfera preciosa e increíble.

Él lo observa todo, tranquilo y feliz. Yo, en cambio, no puedo dejar de mirarlo a él por el rabillo del ojo, invadida por una alegría que no sabía posible.

Un músico ambulante interpreta la versión de Muse de Can’t take my eyes off you , y no sé si es el momento, la canción o el hombre que tengo al lado, pero siento algo especial flotando entre nosotros.

—Estás muy callada —comenta.

—Tú también.

—Es verdad… —Observa el río y se mete los pulgares en los bolsillos del vaquero—. Pero se está bien hoy aquí. Muy bien.

—Sí, tienes razón.

—¿Te gusta vivir en Londres?

—Pues…, sí y no. Supongo que he tenido mis más y mis menos con esta ciudad, pero luego llegan momentos como este —señalo con la cabeza el astro rey— y pienso que es hermosa, aunque a veces ahogue.

Tampoco tengo otra con la que comparar… Estuve de intercambio en Frankfurt un par de veranos, y también he visitado Colonia, pero eso es todo.

—Volviendo a las raíces familiares.

—Sí, supongo que sí. ¿Y tú? ¿Por qué viniste? —me atrevo a preguntarle.

—Por los proyectos con Williams.

Dudo si ser tan osada, pero finalmente me lanzo a poner en palabras lo que hace tiempo que pasa por mi cabeza:

—Ambos sabemos que podrías gestionarlos desde Berlín. Los chicos harían algún que otro viaje, sí, pero las videollamadas suplirían el resto y…

Me interrumpe.

—Pero entonces no nos hubiéramos conocido en persona, porque tu sitio ahora mismo está aquí.

Me quedo pensando en sus palabras.

—Sí, bueno… Puede ser.

—Tal vez el destino quería que fuese así, ¿no crees? Que coincidiésemos.

—O igual hubiera sido bajo otras circunstancias. El caso es que has evitado contestar a mi pregunta.

Parece dudar unos instantes.

—Para serte sincero, Berlín me estaba superando. Digamos que me dolía demasiado como para seguir allí y, aunque amo mi ciudad, necesitaba un respiro de todos mis compromisos. Williams lo sabía y por eso me propuso trasladarme aquí unos meses.

—¿Me contarás más en algún momento?

—Por supuesto. Responderé a todo lo que quieras preguntarme acerca de eso y de lo que se te ocurra, pero ahora quiero disfrutar del atardecer a tu lado.

Me gusta su respuesta. Lo ha dicho convencido y sin reservas, y con eso me siento más segura.