El caos que nos une (Lo que nos une 1) 44
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Markus

Resoplo e inclino la cabeza hacia atrás, apoyándola en el respaldo del sofá. Un mechón de cabello me cuelga delante de un ojo y vuelvo a resoplar, con el fin de apartarlo.

Esto es ridículo. Todo es ridículo…

Durante la última década siempre he tenido el control: sabía qué decirles a las mujeres y cómo gestionar todo tipo de situaciones.

Pero, claro, las salidas con ellas consistían en cenas y encuentros que nunca incluían un amanecer en la ecuación.

Yo no tenía que mostrar interés, ya que este siempre procedía de ellas, quienes, además, se adaptaban a mi agenda.

Y, por supuesto, yo no tenía que planear citas en las que ejercer de conquistador y desear conocernos mejor.

En resumen, aquello no tenía nada que ver con lo que siento ahora.

Porque, aunque suene a cliché, Elise es diferente para mí y quiero que todo sea único; dejarme absorber por esa emoción que me embarga al pensar en ella.

Y quizás por eso me descubro devanándome los sesos para escribir un maldito mensaje y proponerle un plan que le guste de verdad.

Me siento como un crío de instituto enamorado por primera vez…

Vuelvo a mirar el móvil; llevo media hora observando la pantalla, sin teclear una sola palabra.

Escucho el ruido de la puerta de entrada y Max aparece con el pelo húmedo y la bolsa de deporte. Hace un buen rato se fue a la piscina climatizada del edificio para hacerse unos largos. Al pasar por delante de mí, se para y frunce el ceño.

—Dime que no llevas así desde que me fui.

—No. —Miento—. Solo estoy pensando en mis cosas.

—¿Pensando? —Suelta el macuto y se acerca a mí—. No hace falta ser adivino para saber quién ocupa tu mente.

No respondo y él ríe, negando con la cabeza.

—Joder, mi hermano, el hombre más serio y cuadriculado que te puedas echar a la cara, paralizado porque no sabe qué escribirle a una mujer.

—Parece que hablas de cualquiera, pero no lo es. Elise no es una más —protesto.

—¡Vale! Calma, Markus. No lo saques de contexto, porque no era mi intención.

Vuelvo a resoplar. Es lo único que soy capaz de hacer desde hace una hora.

—Venga, quieres proponerle una cita, no que sea la madre de tus hijos.

Le echo una ojeada, malhumorado.

—¿Por qué no inicias la conversación con el clásico «qué tal»?

Ahora lo observo con interés.

—Sí, eso suena bien.

—¿Ya has pensado a dónde quieres llevarla?

—Le gustan los videojuegos, y he visto que hay una exposición dedicada a Nintendo hasta finales de mes… Además, me he asegurado de que el aforo sea limitado, para que no se junten masas de gente.

—¿Alguna alternativa para compensar esa frikada?

—Pensaba complementarlo con una cena en un buen restaurante, pero en plan casual. Puede que un pub .

—Oye, pinta bien. ¿Ves como no es tan complicado?

Lo ignoro. Mis dedos comienzan a deslizarse por el teclado, decidido a proponerle el plan.

El corazón me late como un idiota, y Max se asoma por encima de mi hombro y lee lo que acabo de enviarle a Elise.

—Eres un romántico, pero aparca los ramos de momento, hazme caso —añade cuando ve que abro la página de una floristería.

—Tú cállate —le digo, ahora con una gran sonrisa.