El caos que nos une (Lo que nos une 1) 43
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Elise

La cantina huele a café de máquina, plástico, friegasuelos y comida recalentada en el táper. Nora me mira con desaprobación cuando regreso a la minúscula mesa con mi sándwich recién adquirido en la máquina.

—En serio, Elise, no puedes alimentarte a base de esas cosas todos los días…

Pelea por abrir la tapa de su fiambrera, la cual parece haber hecho vacío, y, cuando lo consigue, un olor a tomate frío y un tanto rancio me golpea la nariz.

—No tengo tiempo ni ganas para prepararme algo. Además, lo tuyo no pinta mucho mejor.

Ella continúa con su perorata en plan madre.

Siguiendo mi instinto de supervivencia, la ignoro y aprovecho para leer el mensaje que he recibido en el móvil.

Sonrío sin poder evitarlo, aunque un segundo después me desinflo, como si fuera un pez globo.

No puedo permitirme vivirlo del todo. Siento que no tengo derecho de hacerlo.

—¿Quién te hace poner esa carita? —A Nora no se le escapa ni media.

—Nadie —digo rápidamente, aprovechando para darle un bocado al sándwich.

Está asqueroso, por cierto, pero me esfuerzo por masticarlo.

—¿Es Markus?

Se inclina sobre la mesa y baja la voz. Yo me limito a asentir con la cabeza, pues de nada va a servir ocultárselo.

Por fin consigo tragar esta bazofia.

—¿Os decís cochinadas? —Intenta picarme.

—Solo me pregunta si ya he comido. Luego le contesto.

—Ajá… Estoy segura de que le encantará saber lo mucho que te cuidas en su ausencia. —Su tono es sarcástico, y el comentario no mejora mi humor.

No digo nada y Nora suspira, adoptando un gesto más serio.

—¿Por qué no te permites disfrutarlo aunque sea un poquito?

—¿En serio me lo estás preguntando? —Mi tono ha sido más brusco de lo que pretendía; aun así, busca mi mano y la sostiene, clavando su mirada esmeralda en mí.

—Mira, sé que lo de tu padre duele, y no es mi intención minimizarlo, pero no puedes apagar tu vida porque la de él lo esté haciendo.

Trago saliva, incómoda.

—No sé si puedo con las dos cosas. Es como saltar entre mundos paralelos e ir eligiendo a cuál lanzarme después, o cuál se me echa encima antes.

—No se trata de elegir, sino de aceptar todo lo que llega. A tu padre le haría feliz verte vivir, porque tú sí puedes hacerlo. Permítete un halo de luz que inspire tu propio bienestar, aunque sea para sobrevivir a todo lo que está por venir.

Me cuesta mantenerme fuerte, pero no me permito derramar más lágrimas. No voy a hacerlo. No voy a llorar.

—¿No es egoísta que sea justo ahora cuando yo me estoy… enamorando? —digo en voz alta por primera vez, etiquetándolo frente a Nora y ante mí misma.

Ella me estrecha la mano con más fuerza y yo se la sostengo de la misma forma, como si fuera un ancla que me impide hundirme en este remolino de emociones.

—El amor no se programa, Elise —responde Nora—. Llega cuando menos lo esperamos y, a la vez, cuando más lo necesitamos. ¿Lo entiendes?

Sus palabras se cuelan en mi corazón y guardo silencio, dejando que la esperanza y el miedo libren una batalla en mi pecho.

—Además, por si te ayuda, creo que Markus es un buen hombre, y que podría ser el indicado para apoyarte y que recuerdes no olvidarte de ti misma y de lo que necesitas. Me parece que formáis buena pareja.

Dejo el sándwich dentro de su envoltorio y me quedo en silencio. No tengo hambre suficiente como para comerme esa basura, y las palabras de Nora me han removido tanto como para cerrarme el estómago. En el fondo, sé que tiene razón.

Aunque duela. Como todo ahora mismo.