El caos que nos une (Lo que nos une 1) 42
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Markus

Pienso que Max se ha olvidado las llaves al irse al gimnasio; por eso, lo último que espero es encontrarme con Elise al otro lado de mi puerta. También por eso, tal vez no sea capaz de decir nada más que su nombre al verla.

—Elise…

—¿Estás bien? —me pregunta, visiblemente emocionada.

No hay un saludo, pues ella va al grano. Está claro que le importo más de lo que he llegado a pensar, o de lo contrario no estaría aquí, así.

—Sí —respondo mientras proceso el hecho de que esté en mi casa y tan… cambiada—. ¿Y tú?

Ignora mi pregunta y me lanza otra a mí:

—¿Por qué no me lo habías contado?

Yo guardo silencio, todavía atónito, y ella continúa:

—Markus, he estado preocupada por ti, imaginándome lo que no es… Y tú no respondías a mis preguntas.

—No quería inquietarte con esto; ya tienes demasiadas cosas y…

Me interrumpe.

—Pues lo has hecho.

—Está claro que me equivoqué.

—No entiendes nada, ¿verdad? Me he pasado toda la semana esperando.

—¿Esperando?

—Sí. Te estaba esperando a ti, ¡pedazo de cabezota! —Esa frase asesta un golpe en mi corazón—. Pero desapareciste sin darme explicaciones, y, para colmo, mi mejor amiga se negaba a decirme nada porque tú se lo habías pedido.

—Elise, yo… No sé qué decir.

Me repaso la cicatriz, nervioso.

—No debí venir. Lo siento. —Se gira, abatida y dispuesta a marcharse ante mi repentina parquedad.

—Espera, por favor. —Con la mano que no sujeta el dichoso bastón, cojo la suya antes de que dé un paso más y se aleje de mi alcance.

—Creo que esto ha sido un error. No pretendía incomodarte al presentarme en tu casa. He actuado de forma impulsiva y no debí hacerlo. Perdóname. —Ni siquiera se atreve a mirarme mientras habla.

—No. —Me muestro firme. Decido ser claro con ella—. Te echaba de menos. No tienes ni idea de lo mucho que he pensado en ti estos días, Elise. Yo también te estaba esperando, y no sabes cuánto…

Ella parpadea, sorprendida, como si no estuviera segura de haber escuchado bien.

—¿Por qué no pasas dentro y hablamos con calma? —añado— No me vendría mal sentarme, si te soy sincero.

Por fin sus labios esbozan una ligera sonrisa y parece relajarse un poco.

—Vale.

Cuando cruza el umbral de mi casa, el silencio helado que me acompañaba se quiebra, como si su sola presencia llenara el aire de algo cálido y hermoso.

Elise accede un tanto insegura, probablemente por el hecho de haber llegado hasta aquí siguiendo sus impulsos, como me ha confesado.

Mira a su alrededor y la hago pasar al salón, sin soltarle la mano.

—Tienes un piano de cola —apunta, con los ojos muy abiertos.

—Venía con los muebles. Otro día que me encuentre mejor te haré un tour por el piso.

Ella muestra de nuevo una tímida sonrisa, quizás por la promesa de futuro que implican mis palabras.

Nos sentamos en el sofá, frente a frente, pero su gesto cambia al ver el mío.

—¿Te duele mucho?

—No. Por suerte me han recetado unos calmantes maravillosos que, aunque me dejan un poco grogui, cumplen su función.

Ella asiente, más tranquila.

—En realidad, creo que me duele más el no haberte dicho la verdad. Temía preocuparte, pero no fui consciente de que iba a conseguir lo contrario. Supongo que una parte de mí no creía que fuera posible todo esto.

—Me parece que esos calmantes también te sueltan la lengua —bromea.

Bajo la vista hasta nuestras manos, todavía entrelazadas, hasta que me percato de algo.

—¿Llevas solo dos uñas pintadas? —Además, tiene parte del pulgar manchado de pintaúñas.

—Vaya… —Va a apartar la mano, pero se lo impido dándole un tironcito cariñoso. Vuelve a sonreír ligeramente, aunque se esfuerza en no mirarme, y el color sube a sus mejillas—. Salí corriendo de la manicura cuando Nora por fin confesó.

No puedo evitar sonreír.

—Es una buena anécdota, ¿no crees?

—Supongo… No te enfades con mi amiga por no guardarte el secreto.

—No podría hacerlo, tratándose de ti.

Por fin me mira, permitiéndome navegar de nuevo a través de esos ojos azules tan especiales.

—Y no creas que no me he dado cuenta.

—¿De qué? —se extraña.

—Tu pelo. Estás preciosa, Elise.

—¡Ah, eso! —ríe, y yo la imito.

Seguimos contemplándonos sin articular palabra, pero comunicándonos en ese idioma silencioso que solo nosotros entendemos.

—Tenía miedo de perderte —expone, nerviosa—. Creía que podría estar pasando.

—Lo siento. Por favor, perdóname. No he hecho las cosas bien.

—Estás perdonado.

Guardamos silencio, hasta que decido lanzarme:

—He pasado pensando en ti más horas de las que me gustaría reconocer.

Sonríe, y algo en mi pecho comienza a fundirse. Adoro causar ese efecto sobre ella. Un gesto que rara vez concede, y que, sin embargo, conmigo deja aflorar cada vez más a menudo.

Me aproximo un poco más a ella, que me imita, acercando su rostro al mío sin dejar de mirarme a los ojos, atrayéndonos mutuamente. Mi mirada desciende hasta sus labios, perfectos y rosados: su forma de corazón se me antoja tan deliciosa que solo puedo pensar en probarlos, por fin.

Estamos tan cerca que su respiración se entrelaza con la mía. Otra vez nos encontramos perdidos el uno en la mirada del otro cuando me obligo a no sucumbir al momento, por miedo a estropear algo tan especial y delicado como lo es ella en este instante de su vida.

—Elise. —Cierro los ojos y pego mi frente a la suya.

—Markus —dice, como si le faltara el aire.

—Acabo de percatarme de algo —susurro.

—¿Cómo? —pregunta ella con idéntico tono de voz.

—Todavía no he hecho lo más básico: invitarte a salir como es debido.

Su sonrisa se amplía como nunca, y siento que el hielo de mi corazón se resquebraja como si un iceberg se partiera en dos.

—¿Me estás proponiendo una cita?

—Claro. ¿Acaso lo que te he dicho tiene otro significado en tu mundo?

Ella se encoge de hombros y, después, estalla en carcajadas, echando la cabeza hacia atrás. Yo me permito admirarla, totalmente rendido ante ese sonido tan maravilloso. Tras unos segundos, vuelve a centrar su mirada en la mía.

—Me encantaría tener una cita contigo, Markus.

Y, para mi sorpresa, me lo dice en alemán, con ese timbre que me pone la piel de gallina por todas las sensaciones que me transmite.

—Vas a volverme loco, ¿verdad? —Le contesto también en mi idioma materno, y ella se limita a sonreír, de nuevo con esos colores en las mejillas.

Y es entonces cuando reparo en que hay algo más en ese rubor repentino, o en cómo a veces baja la mirada y se ríe sola…

Sin duda, me hace pensar. No por lo que esconde, sino por todo lo que deja entrever sin darse cuenta.

Y lo comprendo. Todo. Y sé que quiero ir más despacio.

Porque Elise ha demostrado la valentía de venir hasta aquí, de ser honesta conmigo y de traslucir todos sus sentimientos, probablemente sin quererlo.

La abrazo lentamente, como si temiera que se fuese a romper. Y me prometo que esta vez voy a hacerlo bien. Porque no quiero perder lo que acaba de nacer entre nosotros.